Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2015/12/19 21:00

Hagamos el pesebre del año

En manos mías, el otrora vigoroso pesebre navideño con que celebramos tantas Navidades súbitamente terminó convertido en una maqueta de la Bogotá Humana.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Sucedió en un instante: la caja donde guardo el pesebre se desplomó como Vargas Lleras, y todo lo que llevaba adentro –campesinos, ángeles, animales– quedó destrozado por completo. No quedó piedra sobre piedra. En manos mías, el otrora vigoroso pesebre navideño con que celebramos tantas Navidades súbitamente terminó convertido en una maqueta de la Bogotá Humana; la misma réplica de Belén, pero administrada por Petro: la Belén Humana.

–¿Y ahora qué hacemos? –me increpó mi esposa.

–Ser recursivos –le respondí, mientras ganaba tiempo para dar con alguna solución.

Observé entonces los retazos de papel periódico que envolvían las piezas rotas, y tuve una revelación.

–Hagamos el pesebre con recortes de prensa –le dije–: de paso les mostramos a las niñas en qué país viven.

Tomé, pues, revistas y tijeras, y recorté fotos, fotos y más fotos, y me puse manos a la obra.

Sobre un río de celofán acomodé las imágenes de los colombianos que, por su evidente paramilitarismo, Maduro quiso deportar: niños que cargaban gallinas, ancianas con el colchón al hombro, humildes campesinos con enseres. Para ambientar las montañas con campesinos bíblicos, tomé una foto de Angelino cuando llevaba la barba ya bamboleante a la altura del pubis, pero mis hijas quisieron otorgarle un papel diferente.

–A ese mejor pongámoslo de Papá Noel –dijo una.

–O de reno –la corrigió la otra.

–Pero necesitamos pastores… –les advertí.

Entonces puse a Lucio, porque de Pastor Alape ya tenemos suficiente: puse a Lucio, digo, y lo puse al lado de Viviane, para rescatar los valores de la familia tradicional, exenta de hijos homosexuales, tan propios del demonio. A su lado, además, y como nuevos aditamentos de familias ejemplares, agregué foto de la señora de Bustos, o Mrs. Boobs, primera dama de la Corte Suprema de Justicia, acompañada de su marido; del doctor Jorge Pretelt al lado de su esposa, la señora Patrón, y de la bancada uribista en su totalidad: si se trataba de hacer bulto, todos sumaban. Para agregar algo más de fauna al escenario, de una noticia del Congreso recorté micos, lagartos y delfines, pero me abstuve de poner elefantes, para no herir susceptibilidades familiares. Y una vez ambientado el paisaje, me concentré en la escena navideña, la parte fundamental de la escenografía.

Entonces decidí que los tres reyes magos fueran Tomás Jaramillo, Rodrigo Jaramillo y Víctor Maldonado, y los organicé en fila, cada uno con su respectivo cofre, pero huyendo, bandidos, en dirección contraria al portal.

–¿Y quién guía a los reyes magos? –me preguntó entonces mi hija mayor–; ¿tienen Waze?

–No señora, hay una estrella que los ilumina –le respondí, y pegué contra el cielo de la chimenea una foto de Omar Pérez, astro santafereño.

Solo me faltaba resolver el portal, pero no me resultó complicado.

–¿Qué es esto? –preguntó, asombrada, mi hija menor.

–Este es San José.

–¿Un barco? –se quejó mi esposa.

–No, un galeón. El galeón San José.

–¿Y por qué le pusiste gafas gruesas a la virgen María? –preguntó la mayor.

–En realidad es Natalia Springer, o Marlene Tocarruncho, como la quieras llamar, pero me parece que luce virginal, como la madre María.

–¿Y ese niño?

–Pues es el niño dios.

Y en efecto lo era, pero encarnado por Juan Manuel Santos, una de las versiones mejor logradas del Divino.

–Pensé que era más chiquito –se decepcionó la menor.

–Si quieres pongo a Montealegre –dije, mientras buscaba algún recorte del fiscal– pero mientras tanto dejémoslo a él, que en la foto aparece en calzoncillos.

Me cuidé, eso sí, de que al niño lo abrigara María Fernanda Cabal, a la derecha, a quien le asigné el papel de vaca, como guiño a Fedegán, y Nicolás Maduro, por el flanco izquierdo.

–¿Y este señor quién es? –inquirió mi hija mayor.

–Es el burro: gritará arengas chavistas cerca al niño para calentarlo con su vaho.

Necesitábamos paja, abundante en los discursos de Timochenko, pero escasa para ambientar la escena, de modo que sobre la cuna del niño acomodé recortes con los restos del bigote de Serpa. No ha sido un año fácil en términos capilares, y así se los expliqué a mis hijas. Los bigotes perdieron el prestigio que alguna vez tuvieron. El bigote del general Palomino está untado. El de Serpa ya ni siquiera existe. El de Clarita López se está reinventando. Estamos, pues, en manos del de Uldarico Peña, a quien de paso asigné rol de campesino al lado de la ministra de Transporte: hacían bonita pareja.

Tomé distancia para observar cómo me estaba quedando, y me di cuenta de que acababa de hacer un reguero de recortes harapiento, un potaje informativo espantoso.

¿Y ahora qué diablos hago?, me pregunté: voy a acabar con el espíritu navideño de las niñas.

Pensé en soluciones desesperadas: organizar un plebiscito con preguntas obvias para saber si querían o no que hubiera pesebre, o incluso contratar a Peñalosa para que construyera un portal con el metro elevado.

Pero mientras lo pensaba, mi mujer ya había reparado las piezas rotas, y las niñas terminaban de acomodar el pesebre de siempre, alegre y luminoso, desde el cual les deseo a todos los lectores una feliz Navidad.

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