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Opinión

  • | 2014/09/13 22:00

    Historia de dos corazones en la época de Uribe

    “Solo necesito el ‘hacker’ de mi afecto para interceptar el corazón de mis compatriotas” - Álvaro Uribe Vélez.

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“Solo necesito el ‘hacker’ de mi afecto para interceptar el corazón de mis compatriotas”
Álvaro Uribe Vélez.

El abuelo estaba sentado frente a la chimenea, acompañado por su pequeña nieta. El fuego crepitaba. El viejo perro se desperezaba sobre el mullido tapete. Afuera llovía a cántaros. Y en medio de ese cálido marco hogareño, sucedió esta escena de familia.

-Abuelito: ¿quién es Álvaro Uribe?

-Es un presidente que tuvo Colombia, hija, ¿por qué?

-Es que lo sigo en Twitter y dijo algo muy bonito: que él interceptaba el corazón de sus compatriotas… 

-Sí, hijita: el presidente Uribe era un romántico del espionaje; un hacker sentimental: el Ricardo Arjona de las interceptaciones ilegales. Un ángel que chuzaba corazones, a la manera de Cupido.

-¿Y de verdad interceptaba el corazón de los demás?

-Sí, mi tontita, ven: siéntate en mis rodillas que te quiero contar una historia. Cierra los ojos y escúchala…

El abuelo aclaró la voz y empezó su relato:

En los tiempos de la seguridad democrática, muchos corazones de compatriotas vivían arrugados. Era el reino de la mano dura. Estaba de moda no tener hígado, no tener estómago; tener cerebro, pero lavado. Y olvidarse del corazón. Corría el año 2006 y el presidente Uribe causaba furor. Armado por un estetoscopio que le colgaba en el pecho, y enfundado en su famosa bata blanca de paramédico, Uribe recorría toda Colombia exhibiendo el único corazón que estaba bien visto: el suyo propio. Un corazón grande, pero de piedra, que sus partidarios admiraban.

Como los corazones quedan ubicados en el lado izquierdo, durante aquel gobierno los perseguían: interceptaban sus comunicaciones, los señalaban de fraguar infartos, grababan sus cardiogramas. Incluso les instalaban marcapasos para hacerles seguimientos. 

Muchos corazones de periodistas, políticos de la oposición y magistrados de la Corte la pasaron mal. Algunos, incluso, tuvieron que exiliarse al bolero más cercano. 

Un buen día, dos pequeños corazones que solían comentar los pormenores de la realidad, tuvieron una rutinaria y amistosa conversación telefónica:

-- Hola, corazón: estoy preocupado. 

--Yo también: he tomado el pulso de los acontecimientos, y esto no me gusta nada.

-- Sí: merecemos un gobierno que siembre en los corazones semillas de paz, no de odio. 

Pero hete que te hete que aquellos dos corazones no sabían que el doctor Uribe los tenía interceptados. Y con la asistencia de un eficiente grupo de cardiólogos del DAS, a quienes solía dar órdenes.

--Oístes, doctor Noguera: no me gustan esos dos corazones… ¿Y si en vez de sembrar semillas de paz les da por sembrar semillas de marihuana?

--Si quieres les mando un escuadrón de chicharrones para taponarlos, mi cuadro… y de la Bonga del Sinú.

--No, no: el otro día el internista Rito Alejo hizo algo parecido al corazón de Angelino y se le iba yendo la mano: se salvó porque Angelino tenía la barriga llena. Y el corazón contento.

--¿Seguro no les mando su buen cargamento de grasa trans, compa?

--No, mi buen muchacho: por ahora solo interceptémoslos… Ay,  recuerdo cuando intercepté el corazón de una exnovia, la doctora Clara López… Ese sí que era un corazón.

Ajenos a esta situación, los corazones de esta historia seguían  ventilando sus preocupaciones políticas telefónicamente, confiados en que nadie los escuchaba. 

--Este es el gobierno de la cultura del atajo.

--Sí, en cualquier momento nos ponen un bypass.

--Qué porquería. 

La cardióloga estatal María del Pilar Hurtado había instalado electrodos secretos para monitorearlos de cerca, y no pasó mucho tiempo para que organismos del Estado allanaran las respectivas cajas torácicas de ese par de corazones y los capturaran: 

--¿Por qué nos detienen?

--Ustedes no estarían recogiendo café…

--Pero si no hemos hecho nada malo. 

-- No se resistan o les ponemos un stent.

Ambos fueron confinados en una guarnición militar, pero corrieron con suertes distintas. Del más pequeño no se volvió a saber nada durante un buen tiempo: 

--¿Dónde estás, corazón? –lo llamaba su amigo - No oigo tu palpitar.

Y a fe que no lo oía, porque aquel corazoncito perdido apareció en zonas aledañas a Cúcuta envuelto en un camuflado de guerrillero. 

El corazón sobreviviente, en cambio, se acomodó al sistema: ingresó al Centro Democrático, donde Pacho Santos le descargó un desfibrilador en el miocardio, la enfermera María del Rosario Guerra lo obligó a creer en el Sagrado Corazón, Óscar Iván Zuluaga cooptó su sistema simpático y Luis Alfredo Ramos el parasimpático, y el doctor Uribe lo llevó al Senado, lugar en el que se fue marchitando poco a poco.

--Abuelito, abuelito: tengo miedo de que ese señor Uribe intercepte mi corazón…

--No te preocupes, hijita: él ya no es el presidente. 

--¿Ahora es Santos?

--Sí.

--¿Y él es bueno?

--No. Pero jamás va a interceptar el tuyo. No le interesa. ¿Y sabes por qué, hijita? Porque el doctor Santos ni siquiera tiene corazón. 
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