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Opinión

  • | 2015/01/10 22:00

    Je suis Ordóñez

    Agradezcamos que en Colombia el extremismo religioso apenas ha dado para encender la guerra y justificar la creación de grupos paramilitares.

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En mi humilde opinión, la única religión que no es absurda es la nuestra, la católica: aquella en que una paloma engendra a dios a través de una mujer que sin embargo no pierde la virginidad. Ahora lo asimilamos sin problemas, aunque para la propia María no haya sido fácil de explicarlo en casa en un primer momento.

Pero el amor divino todo lo puede y en menos de nueve meses José comprendió la situación y fue padre putativo de dios en persona: un dios que vino a la Tierra en la forma de un hermoso bebé al que tres reyes magos regalaron incienso, mirra y oro: todo con lo que sueña un recién nacido.

Desgraciadamente, algunos ciegos de espíritu creen en otro tipo de seres divinos que, a diferencia del procurador Ordóñez, dejan mucho qué desear: creen en Mahoma, por ejemplo, quien (excluyendo, de nuevo, al procurador) es el único profeta de dios en la tierra, el dueño único de la franquicia. O en Buda, aquel inspirador voluminoso que enseñó el camino medio entre la complacencia sensual y el ascetismo severo, un poco a la manera, sí señor, nuevamente, del procurador. O en el confucionismo, que, como todos sabemos, fue reinventado por el dios Uribe, propagado a punta de trinos distorsionados entre miles de creyentes, y auspiciado en las instancias judiciales, cómo no, acá vamos de nuevo, por el doctor Ordóñez.

Pero solo hay una religión consistente y verdadera, que es la nuestra: la del varón que obtuvo a su mujer de una costilla; la de aquella pareja fundacional que propagó a los de su especie acudiendo a una que otra relación incestuosa, qué más podían hacer, a la manera de los Valencia Cossio con los puestos estatales. Una religión, en fin, que, a diferencia de la musulmana, no ha cometido crímenes en nombre de dios, como no sea una que otra pequeña cruzada por acá, una invasión a sangre y fuego por allá, un par de herejes chamuscados en hogueras ligeras, y una mínima instigación a la violencia en Colombia a mediados del siglo pasado cuyas víctimas, y eso es lo bueno, ya gozan en el cielo, al lado de Laureano Gómez.

Pero no mucho más. Y eso lo podemos ver ahora, cuando somos testigos de la furiosa locura de los extremistas islámicos.

Por eso esta columna es un homenaje a Alejandro Ordóñez, nuestro fundamentalista de cabecera. El mundo enloquece. La religión enferma. Matan a los humoristas. Y entonces brilla, por contraste, la ponderación de que ha hecho gala a lo largo de su vida nuestro extremista mayor.

Porque, si lo comparamos con los árabes, en tanto extremista, y pese a que no está pintado en la pared, el doctor Ordóñez es un hombre atemperado: es decir, pintado, sí, pero acaso con témperas. No niego que comete sus excesos; que es un poco chapado a la antigua; que ordenar aquella destitución contra Copérnico fue una tontería, por ejemplo, al igual que quemar libros impíos durante su juventud. Su constante persecución a las minorías no resulta reconfortante para un estado laico, eso lo sé, como tampoco esa manía que tiene de barnizar con el dogma de la fe las decisiones judiciales, o haber declarado cuando era concejal, como lo ventiló recientemente Daniel Coronell, que las autodefensas se ajustaban a las normas de la moral social y del derecho: autorizar por transitividad las descarnadas matanzas de aquellos grupos violentos no es lo que uno espera del representante de dios en Santander, es verdad.  

Pero, pese a todo, es un hombre contenido. Por férreo y  anacrónico y fanático que parezca, uno no ve a Ordóñez, fusil al hombro, correteando al otro Ordóñez por hacer chistes. Y aunque al suscrito director de SoHo lo hostigó judicialmente por orquestar una parodia sobre la última cena, jamás cruzó las líneas de la ley, ni secuestró avioneta alguna en el aeropuerto de Guaymaral para estrellarla contra la sede de la revista, ni se colgó tacos de dinamita en las calzonarias para inmolarse en TransMilenio a manera de protesta.

Su acto más extremo, a la fecha, consistió en perseguir a Gustavo Petro por los días en que el sexto mejor alcalde del mundo recibió un sartenazo en el coco, al parecer por asuntos de celos: los celos, como todos sabemos, son un derivado natural de la política del amor. Aquella vez fue la única en que, como los extremistas musulmanes, Alejandro Ordóñez persiguió infieles.

Por lo demás, sobrelleva con conmovedora nostalgia la incomodidad que le produce el Estado de derecho, el mundo moderno, la era de la Ilustración; y todo lo soporta con una mansedumbre que, comparada con los árabes, resulta ejemplar.

Vale la pena reconocerlo ahora, en esta semana negra para la libertad de expresión. Vaya, pues, este reconocimiento para  el doctor Alejandro Ordóñez, el fundamentalista mansito. Agradezcamos su temperancia, su contención. Agradezcamos que, en tiempos recientes, en Colombia el extremismo religioso apenas ha dado para quemar libros, encender la guerra, perseguir la diferencia, someter al pueblo y justificar la creación de grupos paramilitares. Pero nada más.

No digo que el doctor Ordóñez sea una mansa paloma. Pero acaso la única paloma mansa que exista fuera la que engendró al niño dios en el vientre virginal de la madre María.
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