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Opinión

  • | 2014/05/25 00:00

    La autodefensa de Zuluaga

    ¡Montajes los que hacía Luis Carlos Restrepo con los desmovilizados! ¡Parecía Broadway!

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Mi aporte a la patria iba a consistir en votar por Juan Manuel Santos. O corrijo: en votar contra Uribe, así para ello tuviera que votar por Juan Manuel Santos. No me sentía digno, claro que no. Pero el momento exigía semejante sacrificio: atajar a Uribe a como diera lugar e inmolarse por el país votando por el presidente-candidato, como quien elige sufrir de paperas y no de orquitis. Qué puedo decir: puesto a elegir entre J. J. y el hacker, me quedaba con J. J.

Poco me importaron los debates. Ya habrá tiempo de organizar uno que valga la pena entre Vargas Lleras y Uribe, cruceta en mano, como debe ser; y otro entre Zuluaga y el marido de Clarita López para determinar si es mejor pescar en Taganga o dormir en el meridiano 82. Por ahora, pensaba, hay que ser práctico: adiós dignidad, bienvenido Santos. En esta pelea de gallos, les hago fuerza a los gallos de Gaviria, cosa triste. En eso me convertí. Pero es Santos o intercambiar apartamento con la Coneja Hurtado; y es Uribe o el Estado de Derecho: no hay derecho a que Uribe nos tenga en este estado.

Imaginaba el país de nuevo bajo su garra y sentía escalofríos: ¿qué será de la Justicia con el concepto de ‘prueba’ del exmandatario? ¿Así ha pensado siempre? ¿A Clarita López le pedía “una pequeña información relevante de que lo ama” en lugar de una pruebita?

Me acomodaba a mi nueva militancia con voluntad e incluso celebré el insólito ingreso de Bacatá a la campaña santista, pese a que Germán Vargas Lleras terminará pegándole las malas pulgas: pobre perrita.

Pero antes de ir a las urnas escuché la insulsa defensa del abogado Granados para exculpar a Óscar Iván Zuluaga de su relación con el hacker y me enternecí, esa es la verdad. No me gusta atacar a los débiles. Donde antes veía una furiosa jauría de la ultraderecha, dispuesta a cometer cualquier tipo de delito para retomar el poder, quizá sólo había un aspirante desconcertado, sacudido por un alzheimer selectivo, y ávido, si no de afecto, al menos de consejos: un aspirante triste que ni siquiera pudo sostener una única versión de los hechos y que, incluso, al principio, permitió que su defensa no fuera expuesta por un adulto, sino por Pachito, a quien al parecer también infiltraron desde la campaña de Zuluaga: ¿a quién se le ocurre chuzar a Pachito, por favor? ¿Qué buscaban? ¿Su carta al niño dios?

Por todo lo anterior, abandoné a Santos y asumí la autodefensa del candidato Zuluaga: bien pueden despedir al doctor Granados y reservarlo como ministro de Agricultura dada su habilidad para sembrar, así sea dudas (que se desvirtúan después, cuando ya nada importa). Sus argumentos fueron tenues y dudosos, por más de que los repitiera un perito al que sacó a pasear por varias emisoras: pobre perito.

Seamos francos: la campaña de Zuluaga ha manejado este episodio de forma desastrosa. El nerviosismo con que el candidato desvirtuó el video en una rueda de prensa demostró que Myriam de Lourdes no hizo un buen trabajo y que será necesario matricularlo en la próxima temporada de Protagonistas de Novela para que Jorge Enrique Abello lo obligue a posar en calzoncillos y le enseñe lo que es bueno.

Acá no es suficiente negar la evidencia imperativamente. Es preciso develar detalles del tinglado con vehemencia, y así me permito hacerlo: colombianos, estamos ante un complot del castro-chavismo con la participación de Kim Jong Un, Nicolás Maduro, el presidente de Irán y un poquito Ímer Machado.

El tal video no existe. Y, en caso de que exista, se trata de un vulgar montaje. ¡Montajes los que hacía Luis Carlos Restrepo con los desmovilizados!: ¡parecía Broadway! Esta cinta, en cambio, es esfuercito de caballo discapacitado.

Analicémoslo: en el video aparentemente conversan el hacker, el candidato y Luis Alfonso Hoyos, a quien no vemos, apenas escuchamos, porque el cargo de director espiritual de la campaña le permite ejercer una presencia inmaterial. El candidato que, qué raro, no parpadea angustiosamente como de costumbre, indaga por un informe de inteligencia. Pero –oigan bien– esa voz no es la de Zuluaga, señores: es la voz del hijo de Zuluaga, cuando imita a Vargasvil, cuando este a su vez imita a Uribe. Ahora bien: por primera vez, el candidato habla, y habla bastante, y, oh, sorpresa, nadie se duerme. Nadie. Pero la prueba reina –llámenla “información relevante soberana” si lo prefieren–, es que en la cinta no aparece el doctor Uribe. Ni comiendo algodón de azúcar ni levantándole el brazo a su pupilo ni susurrándole órdenes al oído: nada. ¿De cuándo acá el candidato uribista habla sin permiso y contesta sin consultar? ¿Quién ha visto a una marioneta con vida propia?

Quien aparece en el video, por eso, no puede ser Óscar Iván. Sí: su protagonista también detenta ceja puntuda y ceño atroz mientras conspira en una escena tan cómica como terrorífica. Pero lo que publicó esta revista, señoras y señores, en realidad es un viejo capítulo de La Familia Munster en que el travieso Eddy roza el código penal para boicotear un proceso de paz. Es un capítulo extraño, no lo niego. Pero de cosas extrañas está hecha la vida: que lo digan quienes leyeron las solicitudes que Pachito le hizo al niño dios. 
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