Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/01/16 22:00

La dieta santista

Le pedí a mi mujer que los menús de la casa se inspiraran en el gobierno de Juan Manuel Santos: esto es, que tuvieran mucho huevo.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Supe que enfrentaba la peor semana del año una vez me paré frente al espejo y constaté, en carne propia, los excesos de las vacaciones. “Bienvenido a la realidad”, me dije: “Bienvenido al momento de cumplir las promesas de dieta del año nuevo”; debo iniciar una terapia de choque con urgencia porque mi barriga crece al ritmo de los malos augurios de la economía, y no tendría presentación que, en época de vacas flacas, acabe yo por ser la única gorda:

El petróleo tiende a la baja; la economía china se desploma; el gobierno subirá el IVA. Y se desborda la inflación, tanto la del país como la mía, al punto de que hoy en día tengo la pesadilla recurrente de que los directores del Banco de República se reúnen en torno a una mesa, sobre la que yo yazgo sin camisa, y analizan la situación real de mi abdomen mientras recomiendan la aplicación de unas medidas de emergencia idénticas a las aconsejadas al gobierno.

–Hay serios problemas con respecto al peso –señala Jota Uribe mientras se sube las gafas para observar el pectoral grumoso y desvanecido.

–Sí, se le está yendo la mano en mermelada –advierte Ana Fernanda Maiguashca hundiendo con un palito la gelatina abdominal.

–La contracción es inminente –sentencia Carlos Gustavo Cano–: a juzgar por el tamaño, puede tratarse de un embarazo.

No me gusta ser gordo, lo confieso con sinceridad. La gordura es un estado de ánimo. Ser gordo, además, es el primer requisito para trabajar en el Congreso o convertirse en negociador de las Farc en La Habana. O incluso para que a uno lo nombren como ministro de Hacienda. Dispuesto, entonces, a luchar gramo a gramo contra mi destino, estuve tentado a internarme en el spa de Alicante donde Germán Vargas Lleras procura rebajar kilos y dejar el cigarrillo. Pero digo la verdad: me visualizaba en semejante situación y me deprimía. Lo imaginaba tomándose una Kola Hipinto, en honor a su amiga Oneida, y chupando con fuerzas un dispositivo eléctrico del que tras cada pitido echaba humo, en triste alegoría a la forma en que trata a sus subalternos, y prefería la expansión infinita de mis grasas. ¿Quién quiere internarse en un spa con Vargas Lleras, por favor? Si es insoportable en estado natural, ¿quién lo aguantaría sobreacelerado por el síndrome de abstinencia? ¿Qué médico es capaz de manejar la voracidad del vicepresidente ahora que pavimentará su aspiración presidencial con los recursos de Isagén? Y sobre todo: ¿cómo pudo el gobierno vender Isagén a través de una ‘puja de uno’? ¿La sola frase no resulta una descripción escatológica?

Es la peor semana de 2016: registran en las páginas sociales a quienes pasaron diciembre en Cartagena; aún hay gente que desea el feliz año; no ha iniciado el torneo colombiano de fútbol. Y las noticias son, cuando no lúgubres, al menos absurdas, como la telenovela del Chapo Guzmán, uno de los hombres más ricos del mundo a quien dieron la franela de manga sisa por cárcel, o el retiro de los cuadros de Chávez que ordenó el nuevo presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela. En un comienzo pensé que se trataba de dos Boteros, valga decirlo, pero al observar mi propio ombligo comprendí que no me queda autoridad moral para juzgar la constitución del comandante, deformada por la abundante ingesta de hallacas como la propia Constitución de Venezuela después de su paso por el poder.

Aterricé, pues, en la báscula esta semana, preparado para impedir que, en imitación al dólar, mis llantas continuaran con su carrera alcista. Estaba dispuesto a hacerlo a cualquier precio: incluso a 3.300. Averigüé cuáles eran las dietas más efectivas para lograr reducir papada y panza a sus justas proporciones, para decirlo en términos turbayistas. Desde el martes mismo le bajé a los dulces y a los fritos, y le pedí a mi mujer que los menús de la casa se inspiraran en el gobierno de Juan Manuel Santos: esto es, que tuvieran mucho huevo. Y que dieran mucha papaya. Y le pedí que regalara el arroz y la papa, tal como lo hizo el presidente con Isagén: finalmente esos carbohidratos, como la empresa, eran ricas fuentes de energía.

Pero al segundo día me rendí. Con la dieta Santos uno no pierde grasa: solo popularidad. De modo que acudí a fórmulas menos extremas para pulir la silueta, como aplicar el viejo adagio según el cual uno debe desayunar como rey, almorzar como príncipe y cenar como mendigo, asunto que ejecuté de manera disciplinada: me daba un golpe opíparo en la mañana, un banquete al mediodía y de noche devoraba con avidez montañas de sobras que dejaban de lado mis hijas y mi mujer, y lo que conseguía hurgar de la basura.

El resultado salta a la vista: en la que podríamos llamar la primera semana oficial del año, no solo no adelgacé, sino que gané dos kilos. Pero no pierdo la esperanza. Bajo los caprichos de Juan Manuel Santos, y la arrogancia de su ministro de Hacienda, cualquiera adelgaza. Las medidas económicas del gobierno harán que el país entero se apriete el cinturón a las malas. Y, como bien decía un miembro del Banco de la República, en este año “la inflación afectará de manera grave el peso”. Aunque es probable que se estuviera refiriendo a mi barriga

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