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Opinión

  • | 2015/06/06 22:00

    La metamorfosis

    Sobre la extraña protuberancia arqueada y rugosa en la que se había convertido su abdomen, sobresalían los pantalones amarillo pollito con que jugaba golf.

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La obra cumbre de Franz Kafka cumple 100 años y para celebrarlo su autor envió desde la ultratumba esta versión criolla y contemporánea que publicamos en exclusiva.

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Juan Manuel Santos amaneció convertido en un monstruoso liberal. Estaba tumbado “a sus espaldas”, para recordar la expresión de su nuevo amigo Ernesto Samper, sobre un duro caparazón, y al levantar la cabeza vio un vientre pardusco, llamado de esa manera porque era semejante a Rafael Pardo: un vientre blando, mejor dicho; y carente de carisma.

Sobre la extraña protuberancia arqueada y rugosa en que se había convertido su abdomen, sobresalían los pantalones amarillo pollito con que jugaba golf. Ni rastros quedaban ya del traje caqui de explorador, con botas y cantimplora, con que se tomaba fotos en los vericuetos subterráneos de la guerrilla, por aquellas épocas en que había jurado lealtad y reciedumbre a su padre, Álvaro Uribe.

– Pero, ¿qué me ha pasado? –se preguntó Santos-. ¿Por qué ya no llevo el chaleco camuflado, sino esta palomita de la paz colgada en la solapa?

No era un sueño. Su habitación era la misma habitación presidencial a la que acababa de trastearse, y a su lado dormía plácidamente Tutina, y en medio de los dos, el consentido Martín, que se había pasado de cuarto en medio de una pesadilla nocturna en la que su tío Pachito no asistía a un foro de la Fundación Buen Gobierno.

Todo era igual , y sin embargo, Santos se sentía diferente: ya no pensaba en ordenar bombardeos u ocultar el escándalo de los falsos positivos, sino en organizar un proceso de paz.

Tumbado de espaldas sobre la cama, apenas podía observar cómo se movían sus muchas patitas en el aire, ridículamente pequeñas en comparación con el resto del cuerpo.

– Desde que conocí a Roy Barreras no veía una metamorfosis tan grande –se dijo-: ¿será que duermo otro poquito a ver si se me pasa?

Pero esto era algo absolutamente imposible porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, y ahora se encontraba completamente volcado al izquierdo, y no se podía mover.

– ¡Juan Manuel! –gritaron de fuera del cuarto: era la voz de Uribe, su padre, que lo llamaba al orden-: ¡Juan Manuel, decime qué ocurre!

Pero Santos nada podía hacer. Había virado sobre el lomo y ya no se podía devolver.

– ¡Juan Manuel, abrí, te lo suplico! –gritó nuevamente Uribe-: ¡canalla, traidor! ¡Castrochavista!

Santos intentó sacar de la cama la parte superior del cuerpo, al menos la cara congestionada. Pero nadie podía sacar la cara por él, a lo sumo sus ministros, que en realidad sacaban la mano.

– ¡Abrí la puerta, pirobo derrochón! –insistió Uribe- ¡venite a ver, gonococo!

¿Qué iba a hacer ahora? Él, que durante décadas había dictado cátedra sobre cómo ser buen gobernante, se veía a sí mismo impotente, postrado en su cama, el vientre arqueado y con unos extraños puntitos blancos, que parecían ministros, porque no se sabía para qué servían y comenzaban a irritarle.

Giró con todas sus fuerzas contra su doctrina anterior y terminó en el borde de la cama, aliado con gente que jamás imaginó, a punto de caerse.

– Si tan solo pudiera arrastrarme hasta el baño –se dijo- así sea un baño de las casas que regalo…

Apalancando las rasposas patas, consiguió dar un vuelco de tal forma que amarró a todas las personas que antes lo detestaban alrededor de su causa del proceso de paz, y con ellas atenazadas en las pinzas delanteras, se decidió a reptar de pueblo en pueblo repartiendo las arcas estatales; y, una vez acabó con ellas, repartía entonces cheques simbólicos. Prometía recursos ya no por 2 o 3 billones, sino por 7, por 20, como si el presupuesto público fuera tan largo como las antenas que ahora le brotaban de los párpados.

– Así resistiré mientras consigo dar esta pesada vuelta, –pensó.

Alertados por la falta de presencia de Santos en todos los ámbitos del país, el apoderado, doctor Vargas Lleras, apareció en Palacio y aguardó tras la puerta de la habitación.

– Señor Santos, ¿se encuentra usted bien? –indagó mientras encendía un cigarrillo.

Gabriela Silva, la rolliza ama de llaves de confianza de Juan Manuel, ataviada con delantal negro y cofia blanca, también se acercó para dejarle en la puerta un pote de mermelada.

– Le he dejado alimento, señor Santos, para que le haga bien, y se le mueva el estómago.

Pero del interior de la habitación solo brotaba un sonido de animal. El señor Santos no conseguía enderezarse ni darse a comprender. No guardaba dominio sobre sus nuevas vértebras, desarticuladas a la manera de su gobierno; y así, después de procurar un nuevo giro completo, el señor Santos cayó de bruces.

– Ahí adentro ha caído algo –dijo la criada.

– Ojalá se haya roto la crisma ese melifluo –dijo Uribe, su padre.

Cuando irrumpieron en la habitación, el doctor Santos había expelido entre dolores su placentaria obra de gobierno, que ya se hallaba seca y entumecida.

El apoderado, doctor Vargas Lleras, se puso un casco y la tocó con un palo de escoba.

– Fíjense, ha reventado del todo.

Padre y apoderado salieron de la habitación y comenzaron a organizar planes juntos.

La dócil criada se quedó limpiando la habitación, embadurnada por completo de mermelada.
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