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Opinión

  • | 2015/01/17 22:00

    ¿Me lleva, Doctor Navarro?

    Es justo que Navarro padezca en primera persona las ruinas de ciudad que dejaron los tres gobiernos de izquierda que él mismo ayudó a subir.

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En un ejercicio de cambio de roles sin precedentes, el senador Antonio Navarro trabaja desde el jueves pasado como taxista. Ustedes saben, está en esa edad en que les da por experimentar, igual que cuando quiso ser secretario del Distrito y renunció a los dos meses porque recordó que tenía hijos. Era más fácil ayudarles a ellos a hacer las tareas que a Petro. Como sea, el senador atraviesa esa época de la vida en que quiere acumular vivencias emocionantes, y es posible que después de ser taxista se anime a ser bombero, por ejemplo, o desfile en Miss Tanguita.

La noticia no es menor porque estamos ante un experimento inédito: al fin un político se pone en los zapatos de un taxista, aunque le sobre uno. El único precedente en la materia es el de César Gaviria, que le hizo toda la carrera a su hijo Simón. Por lo demás, nunca antes un líder nacional se había aprestado a padecer en primera persona la desconocida jornada laboral de un trabajador de a pie, como, paradójicamente, es el mismo senador Navarro. Siguiendo el ejemplo, Paloma Valencia debería convertirse en peluquera por un día. Y Santos debería ser presidente por un día él también.

Habría preferido que fuera Roy Barreras quien manejara el carro: la facilidad para dar vueltas que ha mostrado a lo largo de su carrera política sería una bendición para los usuarios. Pero la ocurrencia fue del doctor Navarro, uno de los pocos políticos por los que siento simpatía. Me parece que, a diferencia de las que negocia Uldarico Peña, es una buena ficha. Por eso estaré pendiente de su suerte, porque no en vano ingresa a un medio en el cual hay trabajadores honrados y amables, claro que sí, pero también personajes como aquel taxista criminal que amenazó con un cuchillo al conductor de un bus del SITP, quizás desesperado de no saber cómo se pronuncia semejante sigla. Ojalá la ley lo castigue con una pena ejemplar: deberían obligarlo a reemplazar a Navarro en su curul para que el quórum no se afecte y haya devolución de atenciones: seguramente tendría acogida en la bancada del Centro Democrático.

Celebro que sea Navarro, y no otro dirigente, quien funja como taxista durante 30 días, porque si fuera el procurador, por ejemplo, en la primera pelea con cruceta parecería estar practicando un exorcismo. Y si fuera Uribe, viviría con el taxímetro tan alterado como su propia personalidad:

–¿Me lleva al barrio Eduardo Santos, por favor?

–Yo por allá no voy: otro barrio, amigo periodista; otro barrio.

–Pero si es aquí no más: después no pidan la prima de diciembre.

–¿Prima? ¡Prima Dolly Cifuentes! ¡Bajate a ver, pirobo, y te doy en la cara!

O Santos: Santos manejaría el taxi con los ojos clavados en el espejo retrovisor, el muy descarado, como si no hubiera hecho parte del gobierno pasado. Pero la ventaja es que el presidente jamás se prestaría para un ejercicio semejante: él es tan elitista que ni siquiera manejaría un Uber. Incluso no sabe lo que significa.

–¿Te llevo?

–No, gracias, estoy con Uber.

–¿Ese es el nombre de tu conductor?

En cambio, el doctor Navarro sabrá darle pata al carro, si me permiten la expresión. Y no se amilanará ante las burlas del primer usuario cuando le pregunte “¿Para dónde cojo?”.

Imagino a Navarro en acción y me dan ganas de postular a la Ley de Víctimas a la operadora que lo atienda:

–Señodita, es Navado Wolff, tonfídmeme la didesión.

–No le entiendo, móvil…

–¡Movil no! Es una etivotación: yo ya soy dedmovilizado.

–¿Cuál es su QTH, móvil?

–¿QTH? No, señodita, yo digo la tadeda…

–¿La qué?

–La ta-de-da… ¿Qué padabda no entiende? La tadeda pada el taxi.

–Páseme a un adulto, por favor.

Pero aplaudo el ejercicio porque me parece justo que Navarro padezca en primera persona las ruinas de ciudad que dejaron los tres gobiernos de izquierda que él mismo ayudó a subir: que desconozca por cuáles carriles de la séptima puede transitar y si alguno de ellos, al fin, es reversible; que soporte trancones terribles y cacos peligrosos; que observe, en fin, cómo en la Bogotá Humana los del IDU se cruzan de brazos, los del acueducto recogen basura y los policías tapan huecos.

Estoy dispuesto a que el senador me haga el puerta a puerta si se desmarca de los amarillos, al menos de los del Polo. No más el Polo en Bogotá, por favor. De verdad. Yo los adoro, pero este año no votemos más a la izquierda. Clara López es pilosa, y lo digo en todos los sentidos, en especial en el capilar. Pero ya estuvo bien. Recuerden los embotellamientos –en términos generales– de Luchito Garzón. Y recuerden el paseo millonario al que nos sometieron Iván y Samuel, los de Rojas Trasteos. Y miren ahora los timonazos de Petro, la forma en que la perrita Bacatá mueve la cabeza en el vidrio trasero, sometida al vaivén abrupto de la cabrilla distrital.

De eso intentaré convencer a Navarro Wolff cuando me lleve como pasajero. Votemos por cualquiera: por Pachito, para reivindicar las caricaturas. O por Pardo, Rodrigo o Rafael, qué más da. O por el nombre nuevo que surja: puede ser William, qué diablos, o Uber, en caso de que así se llame el conductor de Santos.
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