Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/01/23 22:00

Ministros: regresen a primera clase, por favor

Comprendo la audacia política de la medida, con la cual el presidente quita a la izquierda el monopolio de la escasez.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Me ha conmovido de tal manera el presidente Santos en esta semana, que francamente no sé por dónde empezar a elogiarlo: el súbito calor que azota las calles bogotanas impide que me defina. Nunca he sido bueno para pensar cuando hay calor. En eso me parezco al ministro de Ambiente. Últimamente vago por las calles bogotanas con pintas que tenía reservadas para Melgar, lo cual afecta mi capacidad de análisis: voy a la oficina vestido con una franela de manga sisa similar a la del Chapo Guzmán; salgo a almorzar con la misma pantaloneta con que lavo el carro los domingos; y me entrego a ensoñaciones fantasiosas en las que camino por la Bogotá de Peñalosa bajo este tibio aire veraniego: imagino que pesco truchas con mis hijas en el río Fucha, o que paseo en bicicleta por el malecón del río Bogotá, esquivando liebres y tulipanes y con una baguette bajo el brazo, pero súbitamente regreso a la realidad, y entonces observo las noticias en que el presidente Santos asume el liderazgo del país de una manera justa, moderna y segura, y no sé si comenzar por celebrar su capacidad de ahorro, o ese endemoniado ritmo laboral que lo lleva a trabajar con la camisa remangada.

Así, por ejemplo, se le vio en el evento de la ley que la valiente Natalia Ponce sacó adelante para castigar severamente a quienes ataquen personas con ácido. Dice una nota de prensa que, una vez la tuvo enfrente, el presidente se recogió las mangas de la camisa para mostrar que él también tenía quemaduras, faltaba más que le fueran a ganar; y así, en medio del salón, las exhibió ante las cámaras, mientras trataba a Natalia de tú a tú: “Yo también sé lo que se siente”. Ya ven ustedes. El presidente es hombre competitivo. Sintió que le hacían fieros. Y una vez se vio con la camisa remangada, aprovechó entonces para ponerse en actitud de trabajo: se reunió con Peñalosa y concluyó que, para no afectar la seguridad, los noticieros deben dejar de emitir imágenes de robos: únicamente los arcoíris de las praderas de Bosa. Y ventiló un plan de austeridad que diseñó para los 16 ministros, 37 superministros y 563 altos consejeros de su gobierno.

–Ministros: de ahora en adelante, no más Uber: puros taxis –les ordenó–; quedan prohibidos los domicilios. Traigan el almuerzo de la casa, en portacomidas.

–¿Se pueden traer varios portacomidas? –indagó el ministro de Defensa.

–Y también deben viajar en clase económica –remató.

Los ministros se miraron desconcertados unos a otros, pero al Presidente no se le movió un solo pelo, en parte por los nervios de acero, en parte por la laca.

–Yo no puedo, señor presidente: soy muy ancho de hombros –reviró el ministro de Hacienda.

–Además la comida de económica es una chanda, marica –se quejó la ministra Gina.

La canciller, entonces, tomó la palabra:

–Presidente, ejem, en nombre de mis compañeros: ¿no pudiéramos viajar al menos en el jet que ordenó comprarle a Tutina recientemente?

–No sea igualada, ministra: eso no es una chiva. Vuelen por Easyfly. O cojan flota.

–¿Quién es Tutina? –intervino el ministro Vallejo: hacía frío en el recinto. Y él no suele ser bueno para pensar cuando hay frío.

–Presidente –intentó el ministro Luna–: ¿y no cree que Uribe va a decir que ya estamos como en Cuba?

–No importa: le demostraremos que no somos un gobierno derrochón. De hecho, crearé el superministro de la Austeridad. Y nombraré un alto consejero para el Ahorro. Puede ser Néstor Humberto. O mi cuñado Mauricio.

Comprendo el afán ahorrativo del gobierno: es la única manera de que salve recursos para seguir invirtiendo en cortinas de seda, aviones privados y páginas web que paga por la módica suma de 1.700.000.

También comprendo la audacia política de la medida, con la cual el presidente quita a la izquierda el monopolio de la escasez y expone de nuevo la doble moral de Uribe, crítico del plan austero, pero a la vez famoso por botar la plata a la caneca lanzando a Pachito Santos a la Alcaldía.

Pero es injusto que, aparte de todo, los contribuyentes tengamos ahora que viajar al lado de los ministros. Doy por descontado que me tocará el ministro de Defensa de vecino: así es mi vida. O Juan Fernando Cristo: ¿cómo será viajar a Cúcuta con Cristo en el puesto de al lado, la voz gutural buscando conversación mientras uno trata de leer, la negociadera de puestos con los otros pasajeros? O el propio Cárdenas. Lo puedo ver: abusivo, como es, se va escurriendo en su silla hasta propiciar contacto de rodillas; utiliza el portabrazos ajeno; hace ruidos mientras come; se toma una selfi; invade el pasillo antes de que abran la puerta del avión. Y después le pide a uno que vote por él en 2018.

Por eso, quiero solicitar al presidente que reverse la medida. Presidente: permita que los ministros viajen en ejecutiva. Por algo trabajan en esa rama. De lo contrario, no volveré a montar en avión: me quedaré por siempre en la Bogotá de Peñalosa paseando entre los venados que cuidará el ministro de Ambiente, ojalá en un clima que no sea templado. Porque él no es muy bueno para pensar en clima templado.

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