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Opinión

  • | 2015/01/03 22:00

    Mis deseos para el 2015

    Deseo que, por el bien del humor nacional, Pachito Santos sea alcalde de Bogotá; que Hollman Morris, el ‘chusco de la izquierda’, lance de una vez su carrera de baladista...

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Siempre me han parecido extraños los ritos para despedir el año, uno a uno absurdos: ponerse calzones amarillos, por ejemplo, cosa que tiene sentido únicamente en Clarita López, dada su militancia en el Polo Democrático; sacar las maletas a la calle, asunto que parece un eufemismo para despedir ministros; repartir las lentejas de la prosperidad, que también parece un eufemismo pero para señalar los métodos de gobernabilidad de Santos; e incluso quemar el año viejo, costumbre que, al menos en la casa, desistimos de llevar a cabo esta vez, porque el único muñeco de año viejo que conocíamos era José Galat, que de todos modos ya está quemado.

Pero el episodio más extraño de la cena del 31 es la afanosa ingesta de las 12 uvas para pedir deseos. En casa de Angelino comen 12 génovas. En la de Uribe, 12 apóstoles. Son tradiciones.

Jamás en mi vida me había sometido a ese ejercicio cercano a la asfixia, pero este año me animé a hacerlo. Y, como preámbulo a las uvas de los deseos, organicé una pequeña cena de Año Nuevo con algunos amigos: abrimos una botella del vino que Venus Albeiro envía de obsequio navideño a los periodistas, y brindamos por aquellas personas que no tienen la oportunidad de disfrutar estas fechas en familia, pobre gente, como los Santos: ¿cómo puede ser una comida familiar de los Santos con Pachito y Martín en la misma mesa? ¿Trasladarán a la cena esos conflictos que sostienen en Twitter y que nos echan en cara el minúsculo tamaño de nuestra republiqueta?

–Tío, alcánzame la sal y pásame los huevos.

– Sobrino, huevos los de Uribe.

–Te estás ridiculizando, tío: esta es la pimienta, no la sal.

–Sobrino, sal la de Uribe.

El hecho es que, mientras se acercaba la medianoche, cortamos el pavo, pasamos a la mesa y comentamos algunas de las noticias finales de 2014, como el intento de censura del dictador norcoreano que, a través de un feroz ataque cibernético, procuró que la Sony no emitiera una película en contra de él.

Coincidimos en que por fortuna semejante acto no tuvo lugar en el país, porque si Colombia fuera Corea del Norte, los hackers de Óscar Iván Zuluaga atacarían a la Walt Disney por Pinocho; Vargas Lleras prohibiría El joven manos de tijera; los hermanos Moreno, Dos pícaros con suerte; mi tío Ernesto, Dumbo, y Rodrigo Jaramillo El lobo de Wall Street. Plazas Vega desparecería las copias de Este muerto está muy vivo. Belisario las de Qué pasó ayer. El general Alzate borraría El olor de la papaya verde. Y la cinemateca distrital de la Bogotá Humana censuraría Mi pie izquierdo y a la vez financiaría un documental sobre el alcalde, dirigido por Hollman Morris, que se llamaría El sexto mejor pie izquierdo del mundo.

Y no lo digo por criticar a Gustavo, si me permiten llamarlo así, por quien siento especial gratitud desde que regaló a la hinchada santafereña la octava estrella. Así lo dijo tímido, sencillo, modesto, como es él, en un tuit que redactó durante la celebración cardenal: con este, ya van tres campeonatos obtenidos durante la Bogotá Humana.

En un comienzo supuse que, para poderse cobrar el mérito, el alcalde del amor pensaba reemplazar este año a su tocayo Gustavo Costas en la dirección técnica de Santa Fe: lo veía enfundado en unos leggins apretados, intenso y nervioso en la línea de cal, con el cronómetro de la suerte en la mano mientras improvisa todo tipo de cambios, deja huecos en el medio campo y todos los jugadores se van saliendo a los pocos minutos del partido aduciendo motivos personales. Pero a lo mejor su declaración signifique que en este 2015 de verdad trabajará por el fútbol capitalino. Un primer paso sería donar la inoficiosa máquina tapahuecos a la defensa de Millonarios.

La cena avanzaba, iban y venían las copas del vino de Venus Albeiro, hasta que llegó la medianoche y con ella el momento cumbre de las uvas.

Recibí mi racimo. Esperé las campanadas. Separé las uvas. Y comencé a deglutirlas con una avidez únicamente comparable a la de Armandito Benedetti ante la torta burocrática: sin respiro, como si se acabara el mundo.

Tragué uvas como sapos, y en cada uno consigné un deseo: que, por el bien del humor nacional, Pachito Santos sea el próximo alcalde de Bogotá; que Hollman Morris, ‘el chusco de la izquierda’, lance de una vez su carrera como baladista; que la campaña a la alcaldía de Rafael Pardo sirva siquiera para que no lo confundan más con Rodrigo Pardo; que, en aras de buscar la concordia nacional, Petro y Ordóñez graben un video como el de Shakira y Rihanna; que, para tristeza del ministro Pinzón, caiga también el cartel del gel; que asignen al magistrado Miranda una camioneta blindada con mejores amortiguadores; que el Presidente Santos se gane un honoris causa nuevo para ver de qué se disfraza esta vez; que se desmovilicen las Farc; que se desmovilice el uribismo; que demanden ante la SIP a Venus Albeiro por el vino que regala a los periodistas. Y que todos ustedes tengan un feliz 2015.
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