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Opinión

  • | 2015/04/18 22:00

    Ordóñez en ‘Masterchef’

    En la vida real son los congresistas los que actúan como cocineros: reparten tajadas, se untan de mermelada, cocinan reformas.

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Había jurado no seguir nunca más un reality de televisión desde los días lejanos en que la adicción a Protagonistas de novela por poco acaba conmigo: hoy puedo decir que, si bien superé con gran esfuerzo aquel enganche adictivo, mi cerebro quedó con daños irreversibles suficientes como para apoyar al gobierno de Santos en determinadas circunstancias.

Sin embargo, la espesa situación de nuestra vida política, y en especial los desmanes del procurador, me estaban resultando tan agobiantes, que no soporté las ganas de tomar aire asomándome al reality del momento: MasterChef, un concurso en que conmovedoras y esforzadas personas de toda índole tratan de abrirse paso en el agitado mundo de la cocina, bajo al juicio implacable de unos chefs bravucones y con ínfulas dentro de los que brillan los hermanos Rausch y un señor costeño: brillan, en especial, cuando no utilizan gorro.

Sé que paliar la realidad nacional dopándome con telebasura no es una salida genial; pero digo en mi favor que la situación política me estaba resultando tan infernal, que bien valía la pena huir de ella, así fuera para caer en otra caldera. Pongo el ejemplo del procurador, que ya tiene pinta para presidente. Aprovechando de forma descarada el poder de su cargo, y su vocación de monseñor, Ordóñez ya tiene en capilla a Sergio Fajardo, su futuro contendor, y pretende rebajar las sanciones de sus posibles apoyos con un ánimo de descuentos que solo se observa en la Uniferia de Unicentro. Por si fuera poco, la sanguinaria torpeza de las FARC lo posiciona como la opción de mano dura por la que algunos claman.

Para evadir semejante perspectiva, entonces, opté por permitirme una deliciosa descarga de pornomiseria que, supuse, podría manejar: mal que bien, en aquellos días en que me capturó la melaza de Protagonistas de novela yo era joven y díscolo. Ahora soy adulto: ya vivo sin afán, ya no voto por el Polo. Ya controlo mis vicios.

Pero quedé enganchado de inmediato, esa es la verdad. Todo en el programa me resulta deliciosamente deplorable: para empezar, aquellos aspirantes a cocineros a quienes los jurados tratan con rudeza:

–¿Y esto qué es? –pregunta un juez.

–Es un risotto, chef.

–Pero esta vaina no tiene sal –se queja–. Y además está fría.

Los regañan de tal modo que uno piensa que les van a quitar la salida el domingo. Porque a ratos el programa parece un reality hecho por señoras bogotanas para elegir empleadas del servicio. Una de las pruebas de la segunda temporada podría consistir en olvidar, a modo de señuelo, un billete de 5.000 pesos sobre una mesa, a ver si alguien lo agarra. O dejar razones telefónicas para ver si las anotan.

Lo cierto es que cuando los hermanos Rausch zarandean a un pobre aspirante, a mí me entra una bocanada de placer culposo que me deleita:

–¿Qué tiene frente a usted, Lucho?– le preguntan a un concursante tembloroso.

–Dos huevos duros, chef.

–Hablamos de lo que tiene en el plato, Lucho: esa no es forma de referirse al jurado.

Uno ve a los participantes con una expresión de angustia tan exagerada, que imagina que, más que unos señores que cocinan unos ñoquis al pesto, estamos ante un grupo de estadistas entregados a la trascendental tarea de reformar la Constitución. En la vida real, sin embargo, el asunto funciona exactamente al revés, y son los congresistas los que actúan como cocineros: reparten tajadas, se untan de mermelada, cocinan reformas como si fuera un sancocho. De por sí, cuando alguien suelta la frase “la carta se respeta: debemos ser impecables”, quien habla es un participante de MasterChef. En cambio, si uno oye algo como “hermano, los huevos te quedaron blanditos”, seguro es Germán Vargas Lleras conversando con Armandito Benedetti.

Quedé prendado al concurso a pesar de mis esfuerzos: ¡cuánto melodrama por hacer unas pastas! ¡Cuántos regaños por un arroz pasado! ¡Quién se pierde semejante maravilla! Adicto al concurso de moda, y preocupado a la vez por la realidad política del país, ahora sueño con que las directivas de RCN consideren el ingreso al programa del procurador Alejandro Ordóñez, para que escarmiente. Y ese es mi pedido.

Muero por verlo allá, sometido al trato del jurado:

–¿Y usted qué está cocinando, Alejandro? –pregunta el Rausch no repostero, que para mí es el que manda al otro.

–Mi candidatura presidencial.

–¡Pero esa vaina está cruda! ¿Cuál salsa le puso al lado?

–Es una reducción.

–¿De qué?

–De penas: es para poder negociar apoyos en el futuro.

–¿Y con qué acompañó el plato?

–Con un arroz de moros y cristianos. Pero le quité los moros.

–¿Y ese pollo?

–Es la paloma de la paz: yo mismo la despresé.

–¿Y con qué la piensa servir?

–Con la papaya que me están dando las FARC.

–¿El masacote blanco qué es?

–Es un puré de papa. De papa del Vaticano, concretamente.

–¿Y no hizo postre?

–Iba a hacer unos bizcochos tradicionales…

–¿Roscones?

–No, los roscones son pecadores. Unos liberales. Pero los inhabilité.

–A ver pruebo el plato, Alejandro –chasquea el Rausch jefe -: ¡asqueroso! ¡Queda eliminado!

Y nos libera para siempre de que Ordóñez nos clave el colmillo.
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