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Opinión

  • | 2015/04/11 22:00

    Papa Francisco: ¡no venga!

    Usted reflexionará: ¿y qué diablos tiene que ver un partido de futbolistas viejos con la paz? Pregúnteselo a la izquierda colombiana, mi viejito.

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Querida Santidad,

Me animo a escribirle esta carta porque un Papa al que le guste el fútbol tiene que ser, por definición, una buena papa, y yo no quiero que le pase nada malo. Su Santidad: leí en el periódico que piensa venir a Colombia y quiero rogarle el favor de que se abstenga. Es por su bien. Colombia es un país complejo. Hace poco la prensa informó que existe una banda bogotana que roba pelo, por ejemplo. Así como suena. La persona está en la calle, y, súbitamente, los raponeros le vuelan la cola de caballo de un tijeretazo. El fiscal general, calvo como una manzana, no reacciona porque el asunto no le afecta. Incluso espera que la banda ataque a alias la Mechuda, que es uribista. Acuérdese de mí: la banda seguirá haciendo de las suyas hasta que le rapen la coleta a Alberto Furmanski u otro representante de la clase dirigente, porque, de lo contrario, la Justicia no actúa.

Lo actualizo con otras noticias locales: el alcalde Petro, a quien distinguirá porque habla de sí mismo en tercera persona, se parrandeó la plata de los impuestos en lo que, con su habitual sencillez, llamó Gran Cumbre Mundial por la Paz. ¿En qué consistió? En lo de siempre: convocar una marcha de colectivos de izquierda que concluía con un concierto de música protesta en el Simón Bolívar. Al parque no le cabía una persona más con chal de lana y botas de gamuza: todos bebían canelazo y cantaban a rabiar canciones de León Gieco, y habrían hecho lo mismo con Piero si el cantautor argentino no hubiera cancelado su participación por temor a los cacos robapelo.

Por si fuera poco, al día siguiente hubo un partido por la paz, porque, Su Santidad, ahora todo lo hacen a nombre de la paz, para el cual convocaron a Higuita, a Freddy Rincón, a Maradona, entre otros jugadores con antecedentes judiciales: más que un cotejo, parecía una puesta en escena de la justicia transicional.

Usted reflexionará: ¿y qué diablos tiene que ver un partido de futbolistas viejos con la paz? Pregúnteselo a la izquierda colombiana, Mi Viejito. El mamertismo criollo dedujo que lo que faltaba para que las FARC abandonaran la barbarie era organizar un picado futbolístico con glorias y semiglorias del pasado: “Si no se desmovilizan mirando un partido de Cerveleón Cuesta –pensarían– ya no se desmovilizan con nada”. Para mayor decrepitud, organizaron el partido en el estadio de Techo. Maradona metía pases y corría por la línea, tal y como suele hacerlo en sus celebraciones nocturnas. Y al final uno comparaba la figura de Maradona con una banda como las FARC, representante de una izquierda obsoleta, embadurnada de cocaína, dada a la violencia y carente de futuro. Al igual que la guerrilla.

Santo Padre: ante la sola posibilidad de Su Venida, Vicky Turbay ya mandó fabricar las 20 mantillas con que se hará presente en todos sus eventos; el Centro Democrático está redactando una ley de jubileo aplicable al futuro, según vayan dictándose las órdenes de captura; Dago García gestiona ante el nuncio una audiencia privada con Usted para filmar la segunda parte de El niño y el Papa. Y la Cancillería ya compró el carriel, el sombrero vueltiao y los kilos de cacao amazónico y de pitahaya con que pretende agasajarlo. Por fortuna, y esto es verídico, Santidad, acá contamos con un poderoso cartel del papel higiénico.

Si todo ello ocurre ante el solo anuncio de su visita, imagínese, entonces, lo que sucederá cuando venga.

Cuando venga, un hombre pequeñito –físicamente parecido al general Videla, para que lo ubique– lo increpará en Twitter por ser un Papa adscrito al castrochavismo; el vicepresidente –a quien reconocerá porque asiste a los eventos de protocolo con casco y chaleco de Home Center– le ofrecerá testimonio del milagro que vivió cuando el Videlita de bolsillo salvó su futuro presidencial; el procurador –un voluminoso colega suyo de tirantas y colmillos– pedirá públicamente su destitución por ser un Papa reformista y liberal. Y el comentarista deportivo Carlos Antonio Vélez de igual a igual, porque él también lleva años pontificando.

Es posible que el magistrado Pretelt le pida prestado el Papamóvil con el pretexto de que es más alto que su camioneta: no se lo preste. Y tampoco meta el Papamóvil por la Caracas, porque le roban los espejos. En la eventualidad, claro, de que ese día el alcalde Petro no decrete repentinamente el día sin Papamóvil, y Su Santidad deba tomar el TransMilenio, en cuyo caso tenga cuidado con las papabombas con que la Policía despeja las protestas de las estaciones: no se trata de carbohidratos dispuestos para usted. Es mejor quitarse.

No venga, Santidad. Ahórrese la recepción con papayera, la recogida en carro de bomberos. Ahórrese escuchar en audiencia a Paloma Valencia, que le propondrá dividir el Vaticano entre blancos y mestizos; recitar una homilía al alimón con el cura Lineros y el padre Chucho, nuestros dos teólogos de la liberación; jugar mímica en el programa matinal Muy buenos días; compartir puente con la familia presidencial en Anapoima e incluso confesar al presidente Santos, que a lo mejor le revele ser autor intelectual de la banda que asalta cráneos peludos: finalmente, el presidente lleva años tomándonos del pelo.
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