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Opinión

  • | 2014/12/06 22:00

    Parque temático ‘Alejandro Ordóñez Maldonado’

    Muñecos de cauchoespuma con la figura de Ilva Myriam Hoyos y Laureano Gómez abrazarán a los niños a la entrada y les repartirán dulces, silicios y comunistas presos.

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La noticia de que buena parte de las pertenencias de Gabo terminó en manos de la Universidad de Texas debería hacernos reaccionar: ¿con qué pensamos llenar las vitrinas de nuestros museos el día mañana? ¿Dejaremos que también se lleven la bermuda del general Alzate, la caja de dientes de Belisario, el esmoquin naranja de Santos? ¿Qué prendas de nuestros líderes podrán observar nuestros nietos, como no sean las prendas del exconcejal embolador?

Pero el país no cultiva su memoria histórica. Existe la Quinta de San Pedro Alejandrino, sí, pero a nadie se la ha ocurrido montar un tour en el El ubérrimo, la casa de nuestro segundo libertador: ¡cuánto me gustaría ganarme ese contrato, hacer de ese lugar una suerte de Panaca del uribismo en pleno! Que los turistas puedan conocer la estatua ecuestre de la potra que le pegó a Uribe en un gemelo, y la del gemelo (a lo mejor de Diego Palacio) que le pegó a Uribe en una potra; que uno pueda tomarse una foto con el frac tetillero, darle en la cara a un marica, parquear en el sótano de Job. El guía dirá: “Acá César Mauricio ascendió al cielo. En esta matera hizo pipí Yidis. Con este cepillo se dejaba de peinar Paloma Valencia”. Y los visitantes podrán tirarse por un tobogán y subirse a una gigantesca mano como la del Parque Jaime Duque, pero negra, señalada en el mapa por unas coordenadas que filtrarán por Twitter.

Recordar a los forjadores de la patria, así sea de esta pequeña patria en que Jota Mario es el dueño de Chespirito, es una tarea que deberíamos aprender a cultivar. En eso bien podríamos imitar a los gringos, que incluso tienen un monte con la efigie en relieve de cuatro presidentes. Acá podríamos utilizar la nariz del diablo de Melgar y montarlo inicialmente con Juan Lozano.

Pero no cultivamos nuestra memoria. Uno visita el Palacio de Nariño y ni siquiera hay frescos del presidente que capturen sus momentos más importantes como dignatario: Santos cargando a Edward Niño; Santos oliendo una paca de marihuana; Santos sentado en el retrete de una casa de interés social: ¿cómo es posible que el único fresco que exista en este gobierno sea el mismo presidente? ¿En qué lugar de Palacio podrán ver los turistas del posconflicto las gafas de Jesús Santrich o los ácaros dados de baja de su poncho?

Para que las futuras generaciones no olviden a los políticos de hoy, que son los próceres de mañana, valdría la pena al menos recordarlos con el bautizo de algunas obras públicas, como la Avenida Lucho Garzón, famosa por sus embotellamientos; o la Carrera Plinio Apuleyo, de orejas grandes y giros a la derecha; o el tranvía eléctrico Francisco Santos, especial para estudiantes díscolos; o el puente Hollman Morris, levadizo como su ceja, frágil como su candidatura, hecho de ladrillos como sus tesis.

Hago la reflexión anterior porque leí en la prensa que, mientras a falta de un mejor postor se llevan del país el archivo de Gabo, en Floridablanca, Santander, se van a parrandear 45.000 millones de las regalías en hacer un Cristo de 35 metros de altura. Detrás de un proyecto tan pío está gente Uno A, como Richard Aguilar: aquel joven gobernador, heredero de una bonita estirpe acusada un poquito de violencia, un poquito de paramilitarismo, cuyo avión mató a un muchacho al aterrizar folclóricamente cerca de la cárcel en que pernocta su papá.

Además de felicitar a don Richard por la iniciativa, quiero sugerirle respetuosamente que modifique levemente la escultura y haga del megaproyecto El Santísimo –que así se llama– el primer monumento a un político colombiano vivo. Y esa es la invitación: que convierta la obra en un parque temático sobre el procurador, con la ventaja adicional de que no tendrá que cambiarle de nombre.

La idea es que al interior de la papada haya un restaurante mirador. Que uno se pueda deslizar por sus tirantas. Que los sacristanes puedan limar ellos mismos los colmillos de la estatua, como lo hiciera Marlon Becerra con el personaje de carne y hueso. En caso de que lo haya hecho Marlon Becerra. Y de que Alejandro Ordóñez sea de carne y hueso. Y de que los colmillos le hayan quedado limados de verdad.

El parque sería un homenaje a esos funcionarios que nos pretenden rescatar de este aberrante estado laico en que los dineros públicos se gastan en colegios y no en servirle a Nuestro Señor. Los congresistas investigados por parapolítica ingresarán gratis. Los estudiantes de Harvard serán vetados. Las mujeres vírgenes tendrán descuentos. Estará prohibida la entrada de homosexuales, a menos de que simulen ser homofóbicos y ofrezcan homilías. Los turistas montarán en carritos sobre rieles que serpentearán por entre hogueras de libros y fallos arbitrarios. Muñecos de cauchoespuma con la figura de Ilva Myriam Hoyos y Laureano Gómez abrazarán a los niños a la entrada y les repartirán dulces, cilicios y comunistas presos. El avión de Richard Aguilar tendrá parqueadero: y cuando hablo del avión me refiero a él. Y quien pueda ser calificado como comunista ateo será expulsado a Texas y encerrado junto a los archivos de Gabo.
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