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Opinión

  • | 2015/03/28 22:00

    Pepa Pretelt, magistrada

    Lo digo con dolor de patria: el país merece tener magistrados que no hablen de tú y usted en la misma frase.

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Concedamos que Colombia es un país extraño; que, a la fecha, las noticias más importantes del semestre son que el bailarín Nerú dejó de ser homosexual; que el joven Nicolás Gaviria suele emborracharse hasta el grado de suponer que da prestigio hacerse pasar por sobrino del expresidente Gaviria (y no del de Samper, como el suscrito); y que el presidente de la Corte Constitucional resultó siendo un dudoso ganadero de la entraña uribista, capaz en apariencia no solo de hacer negocios a través de las tutelas, sino, más grave aún, de decir la palabra “nadien” en lugar de nadie:

–Doctor Pretelt, ¿pero a usted lo sobornaron?

–No, Julio: a mi no me sobornó nadien.

–¿Nadie?

–¡No, nadien!

Dice “nadien” y a veces también dice “nadies”, según venga la frase en plural o en singular, porque el magistrado no entiende de leyes, mucho menos de leyes gramaticales: a lo sumo conoce las del mercado, porque uno de sus argumentos de defensa consiste en advertir que 400 millones por un negocio de más de 30.000 es muy poquita comisión.

Lo digo con dolor de patria: el país merece tener magistrados que no utilicen la expresión “por mi santa madre”; el país merece tener magistrados que no hablen de tú y de usted en una misma frase; el país merece tener magistrados que no lancen amenazas tipo “no dejaré que el fiscal ponga un pelo sobre mi señora” porque la oración entera es absurda: ¿qué pelo le puede poner el fiscal a su señora, magistrado, por favor, si el fiscal es calvo?

Y el país también necesita contar con líderes que de verdad lo rescaten de esta crisis, porque la reforma de Santos es penosa: propone crear una comisión de aforados en un momento en que necesitamos, precisamente, que no haya más comisiones en la Rama Judicial; y se arroga el derecho de nombrarla a dedo, para afectar tanto el equilibrio de poderes como a Germán Vargas Lleras.

Merecemos mejor suerte. Merecemos una fórmula que de verdad nos rescate. Y creo humildemente que la tengo.

Pero vamos por partes.

El mayor peligro de nuestra Justicia es que se encuentra politizada. El fiscal parece más santista que Tutina. Y el magistrado Pretelt es tan uribista que su esposa, doña Ligia, es de apellido Patrón; tan uribista, en fin, que es ganadero.

Y lo digo como un reconocimiento, porque, según Noticias Uno, Pretelt es propietario de una vaca que obtuvo el máximo galardón en una importante feria ganadera en la cual fue declarada la mejor vaca del país.

Se llama Pepa. Pepa Pretelt, en triste coincidencia de iniciales con el grupo de los Pepes. La vaquita pasta en terrenos que fueron de los paras y en todo este escándalo es la única que ha aportado algo positivo.

La traigo a colación porque estoy seguro de que ella representa la salida de la crisis.

Así es la cosa: todos sabemos que decir uribismo es decir ganadería, y los ejemplos abundan: a Andrés Fernández, el reemplazo del Pincher Arias en el Ministerio de Agricultura, lo conocían con el alias de la Vaca, en parte porque tenía cuatro estómagos, en parte por lechero, porque salió del gobierno a la libertad, sin tránsito por la Corte Suprema. El dilecto Fabio Echeverri –quien era tan uribista que le tenía nombre a las dos pistolas que siempre cargaba en el carro– ayudaba a los copartidarios que tenían líos con la justicia organizando, claro que sí, una vaca. Y, por si se requieren más pruebas José Félix Lafourie, marido de María Fernanda Cabal, defiende en Fedegán los intereses de, cómo no, las vacas: sean del partido que sean, pero en especial de las uribistas.

De modo que en el Centro Democrático sienten debilidad por el animal vacuno. Y en determinados casos, incluso, por las vacunas. Y si el magistrado Pretelt merece salir de la corte, pero sin que Uribe pierda su representatividad, mi propuesta es muy sencilla: que Papá Pretelt renuncie a su cargo y lo reemplace Pepa Pretelt.

La vaca tiene todas las condiciones para ser magistrada en estos tiempos: embiste lo que se mueve, como su dueño cuando se siente acorralado; le gusta que la ordoñen, es decir, que la manosee el procurador Ordóñez, aquella vaca sagrada que funge como patrón de doña Ligia ídem. Pero, sobre todo, y aunque sea Holstein, la vaquita tiene menos manchas que cualquier miembro de la corte. Y nos sabe a cacho mucho menos que ellos. Y es menos sucia.

Compadezco al magistrado Pretelt. Pero si queremos elevar el nivel de nuestros togados, urge reemplazarlos por personas de mayores calidades intelectuales: un Nicolás Gaviria, por ejemplo, más sobrio y menos nepotista que los actuales; un Nerú, igual de preparado en términos de baile que Mauricio González, alias el Doctor Salsa, aunque con un pasado mucho más meritorio.

Y, claro, una Pepa Pretelt: vaca hermosa de buen lomo, íntima amiga de María Fernanda Cabal, marcada en el costado con la Jota y la Pe del dueño, y criada, a la manera de los sanos terratenientes conservadores, sobre un cúmulo de baldíos obtenidos de manera dudosa.

Exijamos su llegada a la corte. La vaca no cobrará por elegir tutelas. El uribismo la reconocerá como cuota. Y nadie se sentirá defraudado. O “nadien”, para que el doctor Pretelt me entienda.
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