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Opinión

  • | 2015/08/01 22:00

    Presidente Santos: ¡desescale el lenguaje!

    ¿Si la guerrilla secuestra a un campesino en un arroyo debemos decir retención en la fuente?

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El presidente Santos hace un llamado para que desescalemos el lenguaje y lo primero que vale decir es que el verbo desescalar no existe. Pero en eso estriba, justamente, la grandeza creativa de este gobierno justo, moderno y seguro: en inventar verbos con la misma audacia con que inventa ministerios, superministerios, altas consejerías e impuestos para financiarlos. Eso se llama innovación.

¿Qué significa exactamente desescalar el lenguaje? ¿A qué se refiere el presidente? ¿A que si la guerrilla secuestra a un campesino en un arroyo debemos hablar de una retención en la fuente, por ejemplo?

Santos es tan audaz con el lenguaje que Colombia es el único país del mundo en que bautizan una medida económica con el apodo de una persona: el Pipe. Eso también es innovación. Y, sin embargo, esta vez el presidente tiene razón: el país está tan polarizado que ya no se respeta la dignidad presidencial. Hay que oír los diálogos que revientan en cualquier esquina:

–Persigue opositores desde Palacio.

–Sí, parece loco.

–Y encima casi vende Isagén.

–Es que es un privatizador sin escrúpulos.

–¿Y qué tal el proceso de paz que propuso a las Farc?

–Increíble: es que ese Santos ha sido el peor presidente de la historia.

–¿Santos? Yo hablaba de Uribe…

Aunque parecía un llamado general a la compostura, todos sabemos que la declaración de Santos iba dirigida expresamente a Álvaro Uribe, porque la temperancia de lenguaje es al expresidente lo que la elegancia intelectual a José Obdulio, lo que el rinse a Paloma Valencia: un recurso inútil y desconocido.

Desde que encabeza la oposición, Uribe ha tenido momentos de verdadera piromanía verbal. Y no lo digo con ánimo de crítica. Al revés: del expresidente valoro sus aportes a la libertad de prensa: gracias a lo que publica en su cuenta de Twitter, por ejemplo, no hemos echado de menos al diario El Espacio.

Pero su manera de oponerse al gobierno es tan vehemente, que a veces fantaseo con la idea de que, para pagar sus culpas, el exmandatario protagoniza un extraño fenómeno de desprendimiento por culpa del cual no solo regresa al poder, sino que sigue encabezando la oposición: que Uribe le hace oposición a Uribe, mejor dicho, y se fustiga a sí mismo con sus trinos inclementes:

–Gbno derrochón, entregando notarías y cargos diplomáticos para asegurar su reelección.

–Gbno Uribe presiona autoridades para que marchen contra guerrilla.

–Gbno permisivo entregando la patria al terrorismo en falso proceso de impunidad a los paras.

–Uribe canalla, nunca lo desautoricé frente a gral Buitrago.

–Pdte Uribe no privatice más empresas, no le haga ese daño a Colombia.

–Paras masacran campesinos y pdte Uribe callado.

Con todo, hay que reconocer que Uribe es inflamable únicamente en tanto contradictor, porque si algún mandatario colombiano supo desescalar el lenguaje, al menos mientras gobernó, ese fue Uribe: en lugar de decir “callate a ver, periodista maluco, o te voy es partiendo, papá”, sugería, con amabilidad: “otra pregunta, amigo periodista”. En lugar de afirmar, vehemente, “ese tipo era un paraco impresentable que coleccionaba armas desde chiquito, pero lo nombré en el gobierno porque éramos amigos y yo me quedaba a dormir en su casa y todo”, sugería, suave, “Jorge Noguera es un buen muchacho”. Incluso, en vez de acudir a expresiones prosaicas como “esos son campesinos que el Ejército asesinó por si acaso”, afirmaba, poético, “esos muchachos no estarían recogiendo café”.

En cambio, los amigos santistas, que posan de pacíficos, han escalado la violencia idiomática a niveles que jamás se habían escuchado en el turco del Country Club.

Es cierto que en un primer momento su propio líder ejercía la sutileza de palabra con una creatividad envidiable. Recuerdo cuando en lugar de decir “vaya a tumbar a su madre con los cuadros que vende de su papá, hijo de papi bueno para nada”, despachó a su vendedor de arte con un elegante “No hard feelings”. En inglés: otro punto de innovación.

Pero la verdad es que, provocado por Uribe, Santos se convirtió en el Real Madrid de la política, dispuesto él también a salirse de Casillas.

Por eso, el primero que debe desescalar el lenguaje es Santos. Señor presidente: no digamos “rufián de barrio”, sino “líder antioqueño”. No digamos “neonazis fascistas” sino “militantes del Centro Democrático”. No digamos “solo los imbéciles no cambian de opinión” sino “el senador Uribe es perseverante en sus ideas”.

Empiecen por ustedes, amigos santistas. Mengüen el tono. Y reconozcan puntos de encuentro con el uribismo. Finalmente, ni a uribistas ni a santistas se les oye hablar de “jóvenes a los que mataban y disfrazaban de camuflado en las narices de Santos y Uribe, debido a que ambos promovían la criminal política de dar premios a cambio de cadáveres” sino de “falsos positivos”. Y finalmente, también, ambos ordenaban grabar a Pipe: Uribe a través del DAS, porque imaginaba que era un periodista; y Santos desde la Dian, porque suponía que era un empresario. Aunque vale decir que Santos grava con V pequeña. Eso también es innovación.
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