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Opinión

  • | 2015/07/11 22:00

    Réquiem por Bacatá

    Nos queda el desamparo de que no esté entre nosotros el único miembro de la Alcaldía capaz de dejar huella, aun en los sofás.

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En la ciudad de Bogotá, siendo las 15:32 horas del domingo 5 de julio, falleció la perrita Bacatá: con ella se fue la colaboradora más eficiente de la actual administración distrital y quizás la única que acompañó al alcalde hasta sus últimos días, sin temor a que su imagen se empañara y sin renunciar a los 15 días aduciendo motivos personales.

Como múltiples veces se dijo en este espacio, perrita Bacatá complementaba de manera ideal a su dueño, el alcalde Petro. Es cierto que tenía malas pulgas. Que padecía de rabia. Que ensuciaba cualquier rincón. Pero perrita Bacatá observó todos esos defectos de su amo con infinita paciencia, y estuvo a punto de conseguir que los corrigiera.

Sufrió como ningún otro trabajador de la Bogotá Humana cada vez que su patrón metía las patas, mas acompañolo sin titubeos en cada una de sus aventuras. Allí donde su amo proponía bajar las tarifas de TransMilenio en horas valle, y posteriormente rectificaba; allí donde su amo proponía construir vivienda de interés social en barrios de estrato alto, y después echábase para atrás por disposiciones de la ley; allí, en fin, donde su amo ordenaba a los del acueducto recoger las basuras, y a los de la Policía tapar huecos, allí y solo allí, perrita Bacatá caía a los pies del doctor Petro, tan rendida como la ciudadanía frente a la administración.

Desde la nube en que se encuentre recordará con cariño aquellas tardes de paseo en la Conejera; la pata de palo del doctor Navarro, contra la que se aliviaba; la máquina tapahuecos de la que se valía para ocultar los sobrados de filete con que la primera dama del distrito premiábala a cambio de que aprendiera una nueva prueba: dar la mano, pegar un brinco, regalar un subsidio.

El comunicado oficial de la Bogotá Humana informa que la perrita fue atacada por otro canino, aunque no precisó de qué partido o si se trataba de un perro policía. Ahora podemos decir que murió en su ley, sin pelear, porque, a diferencia de su dueño, no era perrita camorrera. Traviesa sí, y juguetona: ¡cómo no recordar la vez en que tuvieron que retirarle de la boca el cheque simbólico para construir el metro, el cual usurpó de la mesa de noche del alcalde! ¡Y cómo no acordarse de cuando destrozaba objetos que sí tenían valor, como boinas y chales de lana que, intrépida, robaba del clóset!

Destacó como cánido de mandatario muy por encima de sus pares: superó con creces a Orión, el perro de Angelino –si se me perdona la expresión– cuyo aporte a la diplomacia colombiana consistió en padecer de la suficiente densidad capilar como para declinar la embajada en Brasil por motivos climáticos. (El perro, naturalmente: no es una alusión a la barba del candidato a la Alcaldía de Cali). Y también fue mejor que la perra del procurador, de la cual apenas se sabe que no se llama Laica, como era de prever; que, al igual que su dueño, persigue mensajeros; y que carece de dientes, como nuestro sistema de justicia.

Ninguna de esas mascotas puede compararse en importancia, paciencia y lealtad a perrita Bacatá, sencilla y discreta como ninguna: perrita temeraria que jamás negó su cercanía con el alcalde Petro, ni dejolo de acompañar a manifestación alguna, a las cuales asistía tirada de la correa.

Nos queda el desamparo de que no esté entre nosotros el único miembro de la Alcaldía capaz de dejar huella, aun en los sofás; el único que tenía olfato; el único, en fin, capacitado para desarrollar la zona del CAN.

Perrita infatigable y recursiva, aprendió a formular tutelas y a correr detrás de los camiones de las basuras, a la espera de que, como siempre, terminaran varados. Noble como pocas, permitía que la corrigieran cada vez que alzaba la patica, como Hollman la ceja, y se descargaba contra el megáfono del alcalde, ubicado al lado de la puerta del balcón: entonces aparecía una de las criadas y la castigaba con un periódico, mientras su jefe le decía que estaba siendo víctima de las mafias del periodismo, como él.

Ya estará jugando en el cielo de la Bogotá Humana; un cielo plácido y feliz, aunque sin POT, ni casas de interés social, ni jardines infantiles, ni señal de wifi, en el que los querubines dejaron las arpas para pintar los bordes de los nubes de color amarillo, en desesperada salida por mejorar la movilidad celestial: allá habrá llegado para descansar en paz, a diferencia de lo que sucede con el doctor Petro, a quien las mafias de los contratistas, los empresarios y los ciudadanos del común no permiten trabajar.

Nos hará falta perrita Bacatá. Con su vida demostró que era posible gozarse este hueso de Alcaldía, y que las únicas perras memorables observadas en el Palacio de Liévano no fueron únicamente las del exalcalde Luis Eduardo Garzón.

Descanse, pues, en paz. Perdure su legado, a diferencia de los programas de asistencia social del Distrito. Sea eterno su recuerdo, al igual que la construcción del deprimido de la calle 94. Descanse en paz, entrañable Bacatá, perrita única, animalito memorable, cuya mordida ha sido la más decente de todas las mordidas que nos han dejado las administraciones de izquierda.
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