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Opinión

  • | 2015/07/18 22:00

    Salvemos el proceso

    Bienvenidos los guerrilleros al ejercicio público. No se trata de que ocupen altas dignidades en Alemania. Se trata de que hagan política en Colombia. No van a desentonar en exceso.

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Sé de buena fuente que, una vez renunció a su cargo como ministro de Posconflicto, el general Naranjo recibió una llamada del presidente Santos, quien, preocupado, le hizo otra oferta laboral:

–¿General?

–Dígame, presidente.

–Quiero que siga en el gobierno, quiero que sea mi ministro…

–Claro que sí, presidente, aunque acabo de serlo…

–Pero esto es algo grande, general: se trata de un nuevo ministerio.

–¿Otro?

–Así es. Un megaministerio, para ser más precisos: una categoría aún más grande que la de superministerio.

–Vaya honor, presidente: ¿de qué se trata?

–Quiero que sea megaministro de Nevadas Ambientales.

–¿Perdón?

–Como suena, general: allá donde haya una nevada que azote una ciudad, una tormenta de nieve que afecte a una población, allá deberá de estar usted, general, en primera línea: con frazadas, con perros de rescate, con botellitas de brandy.

–…

–Es un reto mayor, general. Pero sé que lo hará muy bien.

–…

–Y, gracias a la reforma tributaria, podré asignarle un presupuesto interesante…

–…Pero, presidente: acá no hay nevadas…

–Y tampoco había posconflicto, y usted fue un excelente superministro del posconflicto.

–Esto es zona tórrida, presidente.

–Como el proceso de paz, megaministro; por eso, su misión va a ser fundamental. Nombre un equipo de primer nivel. Pero olvídese de mi cuñado Mauricio, porque a él me lo traje para que dirija el Ultraministerio de Otoño.

También sé de primera mano que el general Naranjo lo está pensando, porque el otro camino que le queda sería regresar a la Mesa de La Habana, tambaleante como Lucho Garzón a la salida de un concierto de don Omar.

No debe ser sencillo pertenecer a la comisión negociadora en este preciso momento. En sus manos está la responsabilidad de firmar la paz y dejar sin discurso a guerreristas del tamaño del procurador Ordóñez, candidato presidencial que se volvió experto en tirar la piedra y esconder la mano; o de Vargas Lleras, que se volvió experto en lo contrario: en esconder la piedra, porque vive de mal genio. Y en tirar la mano.

El hecho es que los negociadores deben enfrentar los dos puntos cruciales del proceso: que las Farc participen en política, y que purguen penas sustitutas, diferentes a la cárcel, asunto sensible para algunos uribistas, que hacen hondos llamados en contra de la impunidad. Generalmente desde Miami, donde escapan de sus condenas.

Produce rabia que guerrilleros tan despiadados como los de las Farc no vayan a la cárcel, eso lo entiendo; pero, bien mirado, tampoco es que las cárceles colombianas sean el paradigma ejemplar del castigo. Rara vez hay criminales de verdad. Uno se da una vuelta por la Picota y encuentra a Andrés Camargo jugando dominó con un señor que se robó un caldo Maggi.

Por eso siempre me ha parecido mejor castigo que los guerrilleros escarmienten con penas sustitutas: que deban asistir a un concierto de Ricardo Arjona; ver películas de Dago García en 3D (pueden comenzar con Reguechicken); salir de rumba con el Bolillo Gómez; oír las narraciones de alias el Cantante del Gol; aprenderse por lo menos una canción de Maluma.

O, ya en el súmmum de las penas sustitutas, obligarlos a que hagan política, con lo cual los dos puntos que están en discusión se convertirían en uno solo: basta con que Humberto de la Calle dé un golpe en la mesa y les diga, amenazante:

–Está bien: no van a la cárcel, pero tendrán que ser senadores al menos durante un periodo.

Por la vía de integrarse a la política criolla, además, es muy posible que acaben tras las rejas, como cualquier Mario Uribe.

Seamos sinceros: no debe de existir peor castigo que convertirse en senador. Analicemos detalles recientes originados desde el Capitolio: Roy Barreras lanzó otro libro de poesía. Horacio Serpa y las directivas del partido Cambio Radical ya no avalan hojas de vida sino prontuarios. José Obdulio Gaviria tildó de “lagartica rica y gay” a una ministra de Estado. Y encima de todo existe el factor Uribe. A veces yo mismo padezco la pesadilla de que soy congresista y me encuentro con el expresidente en el baño.

–Presidente, apúrele que hay fila detrás de usted…

–No, hijito: es mi bancada. Me siguen alineados a donde vaya, son muy disciplinados.

–Presidente, me está salpicando.

–Es que la culebrita está viva…

–Me refiero a que me está involucrando en sus escándalos.

Por eso, mi mensaje es de apoyo al proceso. Bienvenidos los guerrilleros al ejercicio público. No se trata de que ocupen altas dignidades en Alemania. Se trata de que hagan política en Colombia. No van a desentonar en exceso. Miren el nivel: a estas alturas, la única manera de que en Bogotá hagan el metro subterráneo es que nombren en el IDU al Chapo Guzmán. Y la propuesta más audaz que ha dicho un dirigente nacional fue la de Angelino, que prometió no cortarse la barba hasta que el América de Cali ascendiera a la primera división. Ya se rasuró: ni en eso fue capaz de cumplir. Aunque, en medio de todo, lo comprendo: cubierto todo el cuerpo de pelusa blanquecina, en cualquier momento podían haberlo confundido con el abominable hombre de las nieves. El recién posesionado ultraministro de Nevadas Ambientales habría ordenado su captura inmediata.
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