Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/08/22 22:00

Señora de Bustos, primera dama de la Corte

-Al menos no se llama dolores- le comenté a mi esposa, yo siempre con el chiste infantil a flor de piel- dolores de bustos. Le dirían mastitis.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Te lo dije –le advertí a mi mujer–: no somos nadie, ni siquiera clasificamos a la fiesta de la primera dama de la Corte Suprema en el Caribe…

El resentimiento me invadía porque hace apenas un mes habíamos perdido la oportunidad de asistir al ágape de la pequeña heredera de los Mattos, casada en franca lid con extranjero en Saint-Tropez.

Asistió todo el jet set, incluyendo a mis jefes. La celebración duró cuatro días con sus noches y en uno de ellos hubo fiesta playera, que exigía, según el protocolo de la invitación, vestirse como marinero.

Seguro de que tarde o temprano me llegaría el papel membreteado, e imaginando que amigos míos –un Andrés Jaramillo, un Yamid Amat Jr.– ya tenían su pantalón corto con camiseta de rayas, o su sombrerito blanco de grumete, o, inclusive, su disfraz de pirata, yo también había comprado mi vestido de marinerito, claro que sí, una camisa como de gondolero de Venecia que, inspirada en Tomás y Rodrigo Jaramillo, remataba en cuello blanco.

Pero me quedé con la pinta comprada, qué rabia, e ingenuo, como soy, supuse que pronto llegaría otra ocasión para sacarme el clavo.

Entonces vi pasar con terror, en una emisión de Noticias Uno, que la oportunidad de oro se había esfumado de mis manos porque doña María Cristina Pineda, esposa del magistrado Leonidas Bustos, había organizado tremenda parranda en barco sobre la bahía de Cartagena de Indias, con unas ídem que bailaban al compás de un grupo musical mientras sus cónyuges se enfrascaban en sesudas discusiones sobre la Rama Judicial.

La agenda repartida por doña María Cristina incluía sesión de spa, visita a monumentos y fiesta en catamarán, todo descrito en una circular que llevaba la rúbrica de quien se autodenominaba primera dama de la Corte Suprema.

–Dejamos pasar otra oportunidad –rugí ante mi esposa.

–¿De qué me hablas? –me respondió sin desclavar la mirada del computador.

–Pues de la fiesta marinera de la señora de Bustos.

–¿Cuáles bustos?

–Esta –le dije señalando en la imagen a doña María Cristina–: es la señora de Bustos. ¿O creías que hablaba de Tatiana de los Ríos?

Mi mujer fijaba la mirada en la pantalla de su celular, absorta, al parecer, en la forma en que zarandeaban desde las redes sociales a mi colega Natalia Springer von Schwarzenberg cuyo nombre de soltera resultó ser el de Natalia Marlene Lizarazo Tocarruncho. Siempre es fuerte la diferencia, no digo que no; acá, en este trópico arribista, media un trecho entre una Von Schwarzenberg y una Lizarazo Tocarruncho, al punto de que si Alfonso Lizarazo se hubiera hecho llamar Alfonso Springer von Schwarzenberg, quizás no habría sido presentador de Sábados Felices, sino un muy confortable asesor del fiscal.

Así funciona Colombia. Si la esposa del magistrado Bustos dijera llamarse Christine Boobs, probablemente nadie la habría criticado por convocar una parranda de dos días, veremos si con dineros públicos, como algunos presumen.

–Al menos no se llama Dolores –le comenté a mi esposa, yo siempre con el chiste infantil a flor de piel–. Dolores de Bustos. Le dirían Mastitis.

Aun sin apellido foráneo, la Tutina de los jueces colombianos se la jugó porque su recién inventada dignidad, sumada al hecho de que trabaja en la Procuraduría al lado del doctor Ordóñez (a quien, por su parte, Mr. Boobs eligió: vean ustedes qué círculo perfecto, el esposo nombra al jefe de su esposa), eran suficientes para armar la parranda y pasar inmune.

No fue así, y el noticiero la denunciaba, pero me queda la tranquilidad de saber que, por mi parte, me abstuve de criticarla: la reina de la corte merecía mascarilla en spa y fiesta en velero porque los Bustos se han visto inmersos en estresantes escándalos recientes. A Papá Bustos lo pillaron en marrullas con Néstor Humberto Martínez para acomodar a su favor la reforma al equilibrio de poderes. Y, según recortes de prensa, el hermano del exalcalde de Cúcuta Ramiro Suárez reclamó por un supuesto soborno a la hija del magistrado: una odontóloga que nada tiene que ver con la Rama Judicial colombiana, salvo el hecho mismo de ser odontóloga. Y, como tal, entender de mordidas.

Por suerte, a la señora Bustos, o Tetis, que era como llamaban los griegos a la diosa del mar, aun del mar Caribe, poco le molestan las críticas, y en cualquier momento nuevamente fungirá de primera dama para organizar otra tenida.

Alerté a mi mujer para que, en tal caso, la primera dama no nos blanqueara de nuevo, e incluso le pedí que reforzara el estatus cambiándose de apellido.

–Cámbiatelo tú –me reclamó–: yo no tengo problemas con el mío.

–¿Y cuál me pongo? –respondí ofendido–: ¿Tocaspringer? ¿Samperruncho?

Pero estar casado es una forma de hablar solo. Y nunca me respondió.

Esa noche decidí estrenar el vestido de marinerito, al menos para dormir. Esta es Colombia, pensé: para triunfar hay que autodeclararse primera dama, tener apellido extranjero, ostentar poder. Me enfundé en la cama, puse Sábados Felices y me pregunté, en medio de una nostalgia súbita, qué habrá sido de la vida de su expresentador, don Alfonso Springer von Schwarzenberg.

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