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Opinión

  • | 2014/09/20 22:00

    Soy capaz de apoyar 'Soy capaz'

    Integrar a la sociedad a los guerrilleros es la mejor forma de vencerlos. Ya los veo en el hay Festival y leyendo poesías. ¿No es esa una manera de pagar por sus faltas? ¿De qué impunidad habla el uribismo?

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No sabía si sumarme a la campaña publicitaria ‘Soy capaz’ por considerarla sospechosa, y de hecho tengo un amigo abogado que piensa demandarla por abierta discriminación contra Pachito Santos y Andrés Pastrana. Pero decidí hacerlo luego de leer las declaraciones de Santiago Valencia en contra de la guerrillera holandesa Tanja Nijmeijer. Santiago Valencia, para quien no lo sepa, es hijo de Fabio Valencia Cossio, y, como consecuencia natural de ese hecho biológico, es congresista de Centro Democrático. Fabio es así. En la medida en que caen sus hermanos a la cárcel, mete en la política a sus hijos, y eso tiene un mérito.

El hecho es que el joven Santiago se pregunta cuál es el estatus internacional de Tanja para no ser capturada en La Habana, y advierte con pucheros patrióticos que ella no merece ser ciudadana colombiana.

Fíjense ustedes. El muchacho resultó castrochavista. Quiere paz con impunidad. Yo, en cambio, creo que Tanja merece ser colombiana para que escarmiente: sueño con verla sacando el RUT; pagando los nuevos impuestos de Santos; representando a Colombia en un equipo de ciclismo cuyo uniforme sea color piel; padeciendo la saga política de Valencia Cossio. Y siguiendo los debates del Congreso: esos debates en que los intérpretes de señas deben hacer quiebres de manga, roscas en la nariz y pistola con el dedo para traducir a los sordos el cruce de ideas entre Uribe y Cepeda.

Por mi parte, no solo estoy de acuerdo con que Tanja saque la nacionalidad colombiana, sino con que en el próximo ciclo se aborde el punto de su aparición en SoHo. En eso consiste involucrarse en la sociedad civil, ¿no?, de eso se trata todo.

No sé por qué a los uribistas les cuesta tanto trabajo imaginar que la guerrilla se desmoviliza. Finalmente, la paz consiste en que el establecimiento absorba a la comandancia guerrillera: que alias el Paisa asista a una frijolada; la esposa de Tirofijo se vuelva íntima de las Lara e imponga la moda ‘militar print’; Jesús Santrich integre la nómina de árbitros de la Dimayor. Y el dummy de Simón Trinidad sostenga tertulias filosóficas con Andrés Pastrana y Pachito Santos.

Y así es. Integrar a la sociedad a los guerrilleros es la verdadera forma de vencerlos. Ya los veo en un par de años acudiendo al Hay Festival, codeándose en las páginas sociales con Vicky Turbay y leyendo poesías en los recitales de Gloria Luz Gutiérrez: ¿no es esa una manera de pagar por sus faltas? ¿De qué impunidad habla el uribismo?

Las arremetidas contra el proceso de paz me han convencido de apoyarlo. Por eso, me sumo a la campaña “Soy Capaz”. Llegó el momento de ponerse en los zapatos del otro. O en el zapato de Navarro. O en los botines de gamuza morada de Roy. Llegó el momento, en fin, de imitar al propio Roy y vestirse con la camiseta rival, como él mismo lo ha hecho en los últimos años: aunque milita en el santismo, fue capaz de enfundarse en el uniforme del uribismo. Y antes del Vargasllerismo. Y antes del liberalismo. Roy –ejemplo de tolerancia– es capaz de todo, aun de raparse y dejarse barba: ¿en qué momento se convirtió en esta suerte de Walter White valluno? ¿Es, acaso, el verdadero protagonista de la versión colombiana de Breaking bad? ¿Quién hará el papel del joven que lo acompaña? ¿Naren Daryanani? ¿El hacker Sepúlveda?

El mensaje de la campaña ‘Soy capaz’ consiste en transformarse por un instante en el contrario: que un sacerdote católico circuncide a un efebo y que a su vez un rabino lo acose, por ejemplo. Que Ordóñez reciba un sartenazo en la frente y Petro se ponga calzones de castidad. Que Pacho Santos se coma un tamal y Angelino electrocute un estudiante. Y que Uribe aprenda a jugar golf y nadie pueda nombrar a Santos en un debate.

Y este último punto es importante, porque el presidente Santos ya fue capaz de meterse en la piel del uribismo, y de hecho por ese motivo ganó su primera Presidencia. En esas elecciones –lo recuerdo– por poco se baña en un río carmelito y se viste con un frac tetillero. De modo que ahora Uribe debe devolver atenciones y aparecer en un comercial diciendo de qué es capaz. Ejemplos: soy capaz de cambiar la Constitución para quedarme en el poder. Soy capaz de retirarme de los debates en que hablan de mi pasado. Soy capaz de interceptar el corazón de mis compatriotas (entendiendo por corazón el teléfono: de ahí que también se diga que la línea telefónica se infartó, por ejemplo).

Santos, a su vez, puede hacer más énfasis en sus aportes a la paz: soy capaz de grabar sobre mármol que no subiré los impuestos, y después gravar incluso el mármol. Soy capaz de inventarme cinco superministerios que no se sabe para qué sirven. Soy capaz de nombrar un experto en Call Centers para que maneje el medioambiente. Soy capaz de nombrar a mis amigos de póker en el servicio exterior.

Por mi parte, yo soy capaz de creer en el proceso de paz. Todavía. A pesar de todo. Y soy capaz de imaginarme un país pacífico, en el cual la violencia suceda únicamente en la televisión: bien sea en el canal del Congreso, durante un debate entre Uribe y Cepeda, o en la serie Breaking Bad, donde Roy Barreras hace el papel de su vida.
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