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Opinión

  • | 2014/08/30 23:00

    Un tatuaje a los 40

    Valiente paradoja, pensé. Petro quedó de sexto a pesar de que es de quinta. Así de caprichosos son esos ‘rankings’.

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Desde que supe que Juan Manuel Galán se tatuó a su papá, no he tenido vida. Vivo con la obsesión de hacer lo mismo: es decir, de tatuarme a Galán. O, en su defecto, a mi papá. Y en un lugar que me recuerde su mayor legado: es decir, en la calva. Pero, por un lado, perdería lo único brillante que tengo; y, por el otro, el senador Galán no solo eternizó a su papá porque fuera su progenitor, sino porque lo admiraba como político. Y yo quiero hacer lo mismo: tatuarme a algún político que admire. Y en esas estoy.

Antes debo decir que acabo de cumplir 40 años, la edad terrible en que los hombres forcejeamos de manera penosa contra el paso del tiempo. Ahora me someto a todo tipo de indignidades para no sentirme tan viejo: súbitamente volví a ponerme jeans, a usar tenis Convers, a vestirme con camisetas estampadas, algunas de las cuales me saco por fuera del pantalón de paño, incluso de los chicles. Me convertí en uno de los famosos primivotantes que en su momento le iban a dar el triunfo a Mockus, con la diferencia de que yo sí voté por él.

A mis 40 me ha dado por hacer deporte, salir a trotar, alzar pesas. Es vergonzoso, pero es así. Lo asumo sin resquemores con la seguridad de que llego hasta aquí, de que este es mi límite, porque tengo amigos que hacen cosas peores, como abandonar a su esposa por una jovencita de 22 años. No lo recomiendo. El castigo por tratar de conquistar a una mujer menor que uno es lograrlo. ¿Cuántos prohombres terminan yendo de paseo a fincas con los compañeros universitarios de la susodicha, vestidos con ridículas guayaberas de colores y sometidos a insoportables ritmos electrónicos al lado de la piscina, mientras procuran ganarse a los amigos de la novia para neutralizarlos? ¿A cuánto profesional valioso no ve uno minimizado en La Comercial Papelera, un domingo a las diez de la noche, con la susodicha en sudadera, comprando balso, papel cartón y pegante para una maqueta que tendrá que ayudarle a hacer hasta las tres de la madrugada, con la música de Radioactiva como telón de fondo?

Jamás llegaré a extremos tan deplorables. Jamás me pondré pantalones de colores para sentirme joven, a la manera de Hollman Morris, o su hermano de derechas, Phillip, Phillip Morris, el único de la familia que no fuma Mustang. Pero tatuarme sí, qué diablos: solo se vive una vez. Y aún estoy entero. Y el ejemplo del senador Galán me inspira: solo es cuestión de encontrar al político que quiero llevar en mi piel por el resto de mis días. Porque los tatuajes no se pueden borrar, y en eso se diferencian de los fallos de Edgardo Maya cuando era procurador.

Pensé en la más fácil: si el tatuaje es en la espalda, que el protagonista sea mi tío Ernesto. Es lo lógico. Pero la verdad es que desde que lo nombraron en la Unasur anda todo inflado, y francamente no cabría. Cobarde para el dolor, pensé en salirme por la tangente y tatuarme a Pastrana, para lo cual solo necesitaría pintarme un pequeño bigote en la rodilla. O hacerle de una vez su buen homenaje al a veces frondoso y a veces calvo Roy Barreras, y que el cuerpo, las patas y la cola queden talladas en el muslo, y la cabeza se pierda en la ingle para que, dependiendo del look que adopte el senador, me haga o no la depilación. O de una vez llevar conmigo, y para siempre, al sexto mejor alcalde del mundo y el primero en hablar de tú y usted en una misma frase: el doctor Petro.

Cuando leí la noticia de que había quedado en la sexta casilla del listado de los mejores alcaldes, me sorprendí. Así las cosas, Samuel Moreno debe ser el séptimo. Valiente paradoja, pensé: Petro quedó de sexto pese a que es de quinta. Así de caprichosos son esos rankings. La máquina tapahuecos es la cuarta mejor máquina tapahuecos del mundo, por ejemplo.

Pero después resultó que en realidad el alcalde es el sexto más transformador. Y yo de transformadores sé poco, y por eso temo que me nombre en la empresa de energía, porque él es así. El hecho es que si Petro es un transformador, y transformó lo que quedaba de Bogotá en este infierno, merecía que lo llevara en mi piel: Petro en mi piel, como una balada; y quizás en la zona abdominal, para que su efigie quepa con megáfono.

Pero entonces reventó lo del hacker y ahora quiero tatuarme a un uribista: de esa forma, el tatuador se sentiría más inspirado para chuzar con la aguja.

No hablo de ponerme un calquito de Pacho Santos, como los que vienen en los cereales, sino de algo en serio, de algo en grande: grabar en mi cuerpo a Óscar Iván, así como él quería grabar a los negociadores del proceso de paz: es cuestión de conseguir que el entrecejo coincida con la axila u otro pliegue corporal. O tatuarme a María Fernanda Cabal en la tetilla derecha. Y a Uribe en la ultraderecha. Y a Rangel en la otra tetilla. O pintarme una mano de negro para interpretarlos a todos.

Y en esas estoy. Sin otro Luis Carlos Galán en el panorama, es difícil encontrar un político digno de ser tatuado. Lo más próximo es parecer primivotante de Mockus. Pero ya lo encontraré. A mis 40 años soy joven, sí, pero reflexivo, y pienso dos veces antes de cometer el ridículo, como bien le comentaba el otro día al peluquero. Mientras me ponía los implantes.
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