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Opinión

  • | 2015/10/17 22:00

    Uriber: una alianza entre Uber y Uribe

    No en vano Uribe, a su manera, también es un taxista: solo va a donde quiere, vive cargado de tigre y, según sospecha el tribunal de Medellín, toma justicia por su propia mano.

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El taxi zapatico se bamboleaba de un carril al otro y un penetrante olor a ambientador de baño, capaz de marear a cualquiera, me tenía al borde de las náuseas. Había tomado taxi como siempre: esto es, en la calle, a la deriva de dios, después de esperar infructuosamente confirmación telefónica. Tres desistieron de llevarme a mi destino porque no coincidía con el de ellos. Uno, en cambio, tuvo la caridad de recibirme, batir hacia delante el espaldar del copiloto, subir el volumen en la sección de humor de Tropicana, y editorializar, a la mejor manera de Fernando Londoño, las dos noticias que ventilaba el locutor: una, que la bancada uribista había lanzado la campaña “Lo que es con Uribe es conmigo” en solidaridad con el llamado a su patrón para rendir cuentas por la masacre paramilitar del Aro; y dos, que algunos taxistas piensan crear un bloque de búsqueda para cazar a los usuarios de Uber.

–Esos berracos son ilegales, deberían estar presos… –refunfuñó el chofer.

–Y, en lugar de eso, tienen bancada y todo –respondí con idéntica indignación.

–Vamos es a levantar a esos pirobos –dijo mientras cerraba a una señora–: espere lo verá…

–Pero son peligrosos: ¿no le da miedo?

–No, papito –reviró–: apenas vea un carro blanco, avíseme y le muestro… Arrímeme esa cruceta.

La referencia a los vehículos blancos me permitió comprender que el señor taxista no se refería al uribismo, lo cual era obvio: finalmente, a diferencia de los Uber, los móviles de Uribe siempre son oscuros.

Sé que es injusto suponer que todos los taxistas son abusivos, y creo con franqueza que ellos mismos son los primeros damnificados de don Uldarico Peña, ese nuevo Atila, rey de los Unos.

Pero que los taxistas monten bloques de búsqueda resulta tan inaceptable para uno, como para ellos que uno les cancele la carrera con un billete de 50.000; y este que me llevaba no parecía víctima de un sistema esclavizante, sino un bárbaro sin sentimientos: frenaba con tal brusquedad, y driblaba motos y vehículos con tajos de tal vehemencia, que mi pobre ser se bandeaba dentro de la cabina como pepa de pomarrosa; como neurona de Pastrana.

En determinado momento nos topamos con una camioneta blanca.

–Si ese vergajo es Uber, me las va a pagar –amenazó, mientras yo adivinaba si se refería al carro o al probable nombre del conductor: Uber Riascos, por ejemplo.

Pero siguió de largo porque le entró una llamada por el celular que contestó sin temor a la multa: durante 15 minutos habló en voz alta con alguien a quien llamaba “bebé”, y que lo mismo podía ser su novia que un colega. Uber Riascos, por ejemplo.

Colgó a tiempo para contestar un chat, mientras yo me entregaba a la ensoñación de que no estaba sometido a la licuadora ambulante que me transportaba a empellones, sino reposando plácidamente en un Uber. No soy usuario de Uber. Ni siquiera sé cómo funciona. Pero dicen que sus conductores son tan caballeros, que no solo quisiera contratarlos, sino presentarles a una prima.

Me suponía, entonces, flotando plácido, como en el vientre materno, en un carro amplio que tomaba las curvas con suavidad, mientras el conductor me preguntaba respetuosamente qué emisora quería escuchar.

Pero la ensoñación se veía abruptamente violentada cuando imaginaba, a la vez, que, de un momento a otro, nos cercaba una cuadrilla de taxis amarillos frente a la cual el mismo conductor me decía cómo actuar:

–Por favor, diga que usted es sueco y que este carro es de un hotel.

Regresé a la realidad cuando el taxista me avisó que habíamos llegado.

–Son 20.000.

–¡¿20.000?! – le reclamé–: ¡Si la carrera hasta acá vale 12!

–Es lo que marca el taxímetro –respondió mientras consentía la cruceta.

Su taxímetro marcaba más que el mediocampo de Uruguay. Pero pagué sin rechistar, agradecido de no haber sido víctima de un paseo millonario, y llegué a mi casa para enterarme de las últimas noticias, que giraban en torno al caso de Uribe, quien para entonces ya fungía como víctima de una persecución e insultaba a Santos.

Y entonces tuve una idea: que Uribe y Uber se unan y lancen el ‘Uriber’: un sistema de transporte protegido por su propio sistema de autodefensas.

No en vano, Uribe, a su manera, también es un taxista: únicamente va adonde él quiere; no le gusta entregar el turno; sabe hacer muñeco (el de estas elecciones es Pacho Santos); vive cargado de tigre y, según sospecha el Tribunal de Medellín, toma justicia por su propia mano. Y si ingresa al sistema de Uber podrá posar como perseguido con verdadero fundamento.

Será necesario adecuar la flota al uribismo: conseguir que las camionetas no vengan con caballos de fuerza sino de paso, tubos de escape amplios por si sus colaboradores tienen que huir, cinturones de seguridad democrática y un sistema de pago que no solo acepte tarjetas de crédito, sino embajadas y notarías.

Pero será emocionante ver a los senadores uribistas con camisetas que digan “Lo que es con ‘Uriber’ es con todos”; y a los amarillos respetando, por primera vez, los carros blancos. Porque con el doctor Uribe de por medio, cualquier taxista sabe que el asunto es a otro precio.

Y cuando digo cualquiera, es cualquiera: hasta Uber Riascos.
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