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Opinión

  • | 2017/10/07 22:15

    Vargas Lleras y Uribe: ¡Únanse!

    Dos horas más tarde, y con un ojo casi tan negro como el prontuario de Cambio Radical, el presidente Vargas lee en su despacho el primer trino en que Uribe lo acusa de traidor, canalla y castrochavista. Y piensa que al menos solo faltan 3 años y 364 días de gobierno.

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Sobre la cama presidencial, el presidente Vargas Lleras –piyama de seda, antifaz de Lufthansa rescatado de un antiguo viaje– hace lo que la reforma a la Justicia: duerme el sueño de los justos. No ha salido el sol, pero el repique incesante de su teléfono Falcon lo despierta.

–¿Aló?

–¿Presidente?

–Son las cuatro de la mañana, Ahumada, por favor: ¡deje dormir! ¡O ya sabe lo que le pasa!

–Es que es otra vez el doctor Uribe, presidente.

–¿Otra vez? Pero si me acaba de llamar…

–Dice que tiene otra idea para que usted ejecute…

–Ejecute, ejecute… ¡Ni que habláramos de falsos positivos, Ahumada!

–Presidente, yo apenas hago el puente…

–Ojalá haga lo mismo Paloma Valencia: no sé por qué me la dejé poner de ministra de Infraestructura…

–¿Entonces qué le digo al doctor Uribe, presidente?

–A ver, Ahumada: pásemelo…

Al otro lado de la línea, efectivamente, suena la voz de Álvaro Uribe.

–¿Aló?

–Presidente Uribe, gusto en saludarlo. Otra vez.

–¿Cómo te acabó de ir en la posesión, Germán, home?

–Pues bien, presidente: nos acostamos siempre a las doce… Y dormimos hasta las tres de la mañana, hora en que usted llamó por vez primera…

–Sí, sí, Germán. Es que se me ocurrieron otras cosas para nuestro gobierno…

–A ver –suspira el presidente–: cuénteme.

–Mirá: hay un muchacho bueno que se llama Rafael.

–¿Guarín?

–No: Nieto: buen muchacho ese, conciliador… Ponelo del Interior.

–Pero ahí me hizo ubicarle a Ordóñez…

–Entonces ponelo en Educación.

–¿Y saco a María Fernanda Cabal, que también es cuota suya?

–No, no, espérate, home: ponelo más vale en Agricultura…

–Pero, presidente Uribe: ya no tengo más ministerios, usted tiene casi todos: de Cambio Radical no he podido ubicar a nadie, apenas a Néstor Humberto, y eso que en la Fiscalía (y el año pasado). Pero tengo a los Guerra, a varios políticos de La Guajira y a medio partido sin nombrar…

–¿Y si lo ponés en el DAS?

– Ese ya no existe.

–Pues abrilo: ¡abrilo, Germán, home! ¡Y lo ubicás allá!

–Si quiere ahorita que claree, presidente Uribe, lo definimos…

–Listo, home: descansá. Qué berriondera que hayamos ganado; ahora rato que estaba ordeñando no me lo podía creer…

El presidente Vargas cuelga el teléfono mientras refunfuña. Observa el despertador, que reposa en la mesa de noche, al lado de las gafas y los dedales. Con suerte conseguirá dormir una hora más antes de empezar su primer día de gobierno. No ha acomodado la almohada cuando el Falcon timbra de nuevo.

–A ver –dice, de mala manera– ¡esta vez qué, Ahumada!

–No, Germán, home: otra vez yo… Quería saber si ya me sacastes a Uribito de la cárcel.

El presidente Vargas se reincorpora.

–Presidente Uribe: déjeme ya no digo gobernar, sino dormir… al menos una hora.

–No te me pongás gallito, Germán, que si no es por mí, no ganás en primera vuelta…

–Sí, presidente Uribe, sí: hicimos una alianza. Pero no abuse.

–Si no me voy con vos, se nos trepa el castrochavismo, con magistrados mamertos y todo: entonces poneme atención, que vos no te mandás solo…

–Vea, presidente Uribe –responde, molesto, el presidente Vargas–: llame al vicepresidente Duque y tramite con él lo que necesite…

–¿Me estás mandando a donde tu segundo? ¡Vean a este! ¡Lina, pásame el Twitter!

–A ver –suspira Vargas– a ver: calmémonos… Solo déjeme dormir un ratico.

–Nada de eso, Germán, home: a trabajar, trabajar y trabajar…

El presidente Vargas cuelga y cierra los ojos. Respira. La irritación hace rápida transición a un sueño plácido: sueña que, después de ejercer una brillante presidencia por ocho años, juega en el río Bogotá con su amigo Peñalosa, cada uno con su flotador, felices como niños.

Pero nuevamente lo despierta el Falcon.

–¿Y esta vez qué quiere, Uribe? –contesta con un grito.

–Presidente, soy yo, Ahumada…

–¡Qué quiere, Ahumada!

–Nada, presidente: avisarle que el doctor Uribe está ingresando a la Casa Privada…

Cuando Uribe entra a la habitación, el presidente Vargas todavía no ha soltado el auricular; ni siquiera se ha puesto la bata presidencial (que la ex primera dama utilizaba como vestido).

–Me ganó la ansiedá, Germán: mirá esta berriondera de lista de embajadores que preparé; ya se la pasé al canciller Pastrana: toda gente honorable, muy mía…

Al presidente Vargas, entonces, le brotan de furia los ojos.

–¡No más!, ¿me entiende? –exclama–: ¡no más! ¡Déjeme en paz!

–Óigame a este desagradecido: venite a ver, que acá el que manda soy yo…

–¡Cuál usted! –revira el presidente– ¿Quién se creyó? Quítese los Crocs si es tan machito…

–¡Sea varón! –pechea Uribe.

–Varón pero Cotrino: ¿me va a enseñar a ser presidente?; ¡si para eso nací, señor Uribe!

–¡Ladrón de cuello perfumado! ¡Enmermelado! ¡Yo sabía que me ibas a traicionar, como buen rolo!

–¡Y usté qué –revira el presidente Vargas– si usté me hizo un atentado!

–Venite que te doy en la cara, m...

–Tome su coscorrón.

–Ay…

–¡Tenga!

–Ay…

–¡Pum!

Dos horas más tarde, y con un ojo casi tan negro como el prontuario de Cambio Radical, el presidente Vargas lee en su despacho el primer trino en que Uribe lo acusa de traidor, canalla y castrochavista. Y piensa que al menos solo faltan 3 años y 364 días de gobierno.

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