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Opinión

  • | 2016/11/05 00:00

    El cuento de hadas del rey Juan Manuel

    En un lejano reino del tercer mundo, había un rey al que en medio de una nube de luz se le apareció su hada madrina:

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–Pe-pero, ¡¿qué es esa pinta, mamá?!

–No soy tu mamá: soy tu hada madrina…

–…!Ma-maríangela!

–Es mi vestido de gala: me lo puse para anunciarte que te cumpliré un deseo: logré que te reciba la reina de Inglaterra en visita oficial…

–Memé.

–No, Maríangela.

–Me-me morí… ¡¿Qué es esta dicha?!

–Podrás ir con toda tu corte, comer pasteles, montar en carrozas: ¡pavonearte en el palacio de Buckingham invitado por la reina Isabel!

–¡Es mi sueño de infancia! ¡Mi deseo de toda la vida!

Con entusiasmo, el príncipe convocó a su corte, los metió en un vuelo chárter con destino a Londres, y hete que hete que mágicamente todos sus miembros aparecieron vestidos con estrafalarias y muy lujosas prendas.

–¿Pe-pero quién eres tú? –preguntó el rey a un divertido renacuajo vestido de corbatín.

–¿No me reconoces? ¡Soy Mauricio Lizcano, mi rey!

–¿Y quién es este boliqueso de sacoleva?

–Soy yo, tu ministro de Defensa.

–¿Y tú?

–Yo soy Gabriel Silva: para los ingleses es un bálsamo tu visita.

–¡Vaya, Gabriel, casi no te reconozco con esas formas humanas! –celebró el rey.

–¡Echo de menos mis ancas! –sonrió el otro.

Bajo una mágica lluvia de confetis, rey y reina tomaron una carroza de fantasía tirada por dos hermosos corceles blancos. Su séquito marchaba tras él: pajes y ujieres; bufones y mayordomos; y Paula Jaramillo.

Avanzó la numerosa caravana al palacio de Buckingham en medio de pompas y de heraldos, mientras el rey suspiraba de dicha, cuando un sapo se cruzó en su camino. La reina lo tomó en su mano.

–No lo beses –dijo el rey, celoso–: ¿acaso no era yo tu príncipe azul?

Al oír ello, su hijo complementó: “Azul como el mar azul”.

–No seas tontito –respondió la reina–: lo tomo para incluirlo en el acuerdo de paz.

Entre tanto, en el tercermundista reino de aquel rey, y aprovechando su ausencia, Maléfico, el famoso gnomo maligno al que todos obedecían, observaba los sucesos en la bola mágica de Paloma Valencia.

–Eh, avemaría, pues hombre: ¿él tirando pinta allá y nosotros bien bobos acá sin hacer nada? –dijo, resentido.

–¡Tiene una caravana con más carros y carrozas que yo! –se quejaba Ordogro, el ogro religioso.

–Nanai cucas –afirmó Maléfico.

Entonces convocó un aquelarre de lobos, monstruos y brujas de su partido al que acudió hasta María Fernanda Cabal, la menos conocida de las hermanastras de la Cenicienta, quien en sus años mozos se midió una zapatilla de cristal para casarse con un príncipe, pero su pie calzaba 43 y medio y tuvo que conformarse con un ganadero.

–Fuerzas del mal: ¡hágamen el favor y forman un hechizo bien verriondo para que a medianoche, con las 12 campanadas del reló, los que viajaron a Londres se conviertan de nuevo en colombianos!

Ignorante de todo aquello, el rey Juan Manuel se dejaba atender en el palacio en medio de ricas viandas y de homenajes prodigiosos

-- Esta es la vida que merezco –decía-: ¡cuánta felicidad me recorre!

La reina de Inglaterra ofreció una gala en su honor a la que asistió la corte entera de Anapoima: Enrique Riveira, el ujier de recámara; Carlos Urrutia, el estatúder: y demás personajes y animales parlantes de la corte mágica.

Pero la noche avanzó y sonaron las 12 campanadas del reloj, y un manto de oscuridad invadió el recinto: el hechizo entró en vigor. Los lujosos trajes se convirtieron de súbito en prendas de alquiler del almacén Stellabati. Los ángeles regordetes que revoloteaban en torno al rey, se convirtieron en niños guajiros. Quien antes era su mozo de bacín se transformó en Antonio Rodríguez, y cada pajecillo volvió a ser ministro. Aun Paula Jaramillo quedó convertida en Paula Jaramillo nuevamente.

-- ¿Do quedó mi faisán? –se preguntó el rey, extrañado-: ¿qué hace este cuchuco en este plato? ¿Por qué todos sorben?

-- Dios mío –exclamó la reina Tutina -: ¡tu elegante frac se transformó en el temible esmoquin color naranja!

-- Al menos hará juego con la calabaza –intervino Mauricio Rodríguez, mientras perdía su traje de chambelán.

-- ¿Cuál calabaza?

-- Aquella –dijo, y señaló la carroza.

El rey no salía de su asombro.

-- ¿Qué significa toda esta manada de lagartos? –preguntó - ¿do está mi corona? ¿Do mis damas de honor?

-- Yo sí sigo aquí –dijo Aida Furmanski.

Entonces el hada madrina develó que se trataba de un hechizo.

-- O… o sea que aquel divertido renacuajo parlanchín…

-- Sí –respondió el hada-: era Mauricio Lizcano: y lo sentaron en la cena al lado de “Leader of the House of Lords”…

La realidad se reinstauró por completo, y lo que antes fue una corte real era ahora una simple comitiva estrafalaria.

-- Tuvo que ser Maléfico –se dijo el rey mientras se acomodaba en la calabaza, que, tirada por dos embajadores, avanzaba de regreso al aeropuerto.

-- Al menos salvé la cartera –dijo la reina, sin escucharlo.

-- Pero esto no se quedará así. Pásame el sapo que agarraste, que lo convertiré en conejo.

Y preparó una venganza contra el clan de Maléfico que conoceremos esta semana, porque nadie iba a ganarle a él con hechizos: aceptaba la derrota, sí; pero había sido con trampa. Y una trampa de talla mayor. Exactamente, de 43 y medio.

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