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Opinión

  • | 2014/05/31 00:00

    Pinocho Zuluaga

    Zuluaga mentía, pero, en lugar de la nariz, le crecía la intención de voto, qué podemos hacer.

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Érase una vez un carpintero llamado Alvareto que construyó un títere de madera al que llamó Pinocho Zuluaga. Pese a que le faltó ser un poco más pulido en los detalles, y a que se le fue la mano en el momento de pintar las cejas –al punto de que estuvo tentado a vender su muñeco al ventrílocuo Carlos Donoso, asunto que descartó porque a lo mejor el humorista venezolano estaba adscrito al régimen chavista–, el viejo carpintero sintió que gracias a su marioneta ya no se sentía tan abandonado en eso que llaman la soledad del poder.

—Descontando el detalle del entrecejo, ¡qué bien me ha quedado, home! —exclamó el abuelito– ¡Ojalá tuviera vida y fuera un candidato de verdad, no como el que hice hace cuatro años, al que bauticé Chucky!

Alvareto ordenó a su asesor espiritual, Luis Alfonso Hoyos, famoso por su desempeño en asuntos paranormales, que consiguiera una hada madrina, la cual, algo asustada, no tuvo otro remedio que conceder el deseo del anciano carpintero.

Al día siguiente, cuando Alvareto despertó y se dirigió a su taller –un viejo taller democrático en el que regañaba subalternos– oyó que alguien lo saludaba:

—¡Hola, apá!
—¿Eh, ave María, quién me habla?
—Soy yo, Pinocho Zuluaga: ¿no me conoces?

Alvareto iba a responder No sabe/No responde, como inicialmente sucedía en las encuestas con aquel títere curioso. Pero, dada su vocación militar, ató cabos –y luego ató tenientes y demás militares leales a él que le suministraban información de inteligencia– y entendió que aquel era su hijo.

—¡Oístes! ¡Un títere que habla y me obedece! ¡Voy a hacerme rico!

Inicialmente Pinocho Zuluaga marchaba a todas partes con un grillo que le daba buenos consejos. Pero, en circunstancias que aún están por esclarecer, el cadáver del grillo apareció en Cúcuta vestido con uniforme de guerrillero.

Un día, mientras vagaba en completa soledad por las correrías municipales, Pinocho Zuluaga se hizo amigo de un par de hackers de dudosa reputación que le garantizaron el triunfo en el fantástico país de las encuestas.

Pero sucedió un problema: que a medida que pasaba más y más tiempo con esos malandros, Pinocho Zuluaga se iba transformando en un burro. Cuando se dio cuenta, se echó a llorar.

—Miren estas orejas, miren este hocico, oigan mis tesis: ya no sé si soy yo o si soy Andrés Pastrana –sollozaba–.

Apurada por el gerente espiritual, el hada se presentó de nuevo ante Zuluaga y le devolvió su aspecto, aunque previamente le advirtió:

—Si dices mentiras, fruncirás el ceño y parpadearás nerviosamente. Toma un curso de actuación con Lina Luna. Y ten cuidado, porque también se te puede crecer la nariz.

Zuluaga mentía, pero, en lugar de la nariz, crecía la intención de voto, porque estamos en Colombia, qué podemos hacer.

Mientras tanto, Alvareto había dado por perdida la candidatura de su títere, y había salido por Panamá en un pequeño bote de vela, rumbo a Nicaragua, donde pensaba desacatar un fallo. Pero hete que hete que, en medio del oleaje, apareció Carlos Ariel Sánchez, un pescado sideral que abrió sus fauces y se tragó a Alvareto con todo y crocs.

Enterado de esto por información de aviones del Comando Sur que monitoreaban sus hackers, Pinocho Zuluaga salió al rescate de su papá; se enfrentó en alta mar con Carlos Ariel, pero este abrió su tremenda boca y lo engulló en un suspiro. Pinocho Zuluaga se sostuvo en vano de la pastosa comisura; resbaló por el carnoso labio; rodó por el áspero esófago y cayó en las entrañas propias del registrador, donde encontró a su papito, quien se encontraba escribiendo trinos agresivos bajo la luz de una vela. ¡Al fin estaban juntos! Ahora solo necesitaban escapar de esa enorme ballena. Y después salir electos.

—Ya sé, apá –dijo Pinocho Zuluaga–: hagamos una fogata, así la ballena estornudará.

Y se pusieron manos a la obra. Incendiaron todo lo que pudieron: expedientes, medios de comunicación, opinión pública. Alvareto acusó sin pruebas al gobierno; se emboló en la Fiscalía (como Yidis en SoHo); y amenazó con no aceptar los resultados electorales si perdía. Pinocho Zuluaga, por su parte, montó una central de inteligencia con hackers, negó que los conociera, después lo aceptó, posteriormente aseguró que todo era un montaje. Dijo que suspendería el proceso de paz y después sostuvo lo contrario. Y mientras más mentía, más crecía en las encuestas.

Atormentada nuevamente por el gerente espiritual, que ahora operaba en compañía de alias el Curita, el hada madrina se apareció ante Pinocho Zuluaga y, como recompensa por haber rescatado a su papito, le concedió un premio:

—Pinocho Zuluaga: podrás convertirte en un candidato de verdad.

—¿Un candidato de carnitas y huesitos? ¡Qué chimba!

Y convirtió a Pinocho Zuluaga en un candidato de verdad, con opciones de triunfo para la segunda vuelta. Tanto él como su papá soñaban con refundar el país del Nunca Jamás: querían ver conejas (como la Hurtado) corriendo por la Pradera (Valle). Bombardear bosques encantados. Desplazar gnomos. Rapar a Rapunzel. Reclutar a los siete enanitos para el gabinete. Asignarles a Hansel y Gretel una zona franca. Y apropiarse del reino para siempre. (Esta historia, ¡ay!, continuará...).
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