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Opinión

  • | 2017/01/29 00:00

    Crónica taurina de la corrida Petro-Peñalosa

    Peña de la losa llevó al toro entonces a sol con pases naturales que se veían fingidos y sobreactuados como todo lo suyo

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Lleno hasta las banderas en la corrida de reapertura de la plaza de toros de la Santamaría, donde el matador Gustavo Petro, el Petrirri, se midió en un encierro con su eterno rival, el diestro –en todos los sentidos– Enrique Peña de la Losa.

Acostumbrada la ciudad a carteles de gran calado, como el cartel de la contratación de Samuel Moreno, la reapertura del emblemático coso bogotano no podía recaer en manos de diestros desconocidos, sino en un siniestro de fama, como el exalcalde de Bogotá, el Petrirri, y en su contrincante de patio, Enrique Peña de la Losa, un diestro que no es diestro para nada.

En el paseíllo surgieron los primeros momentos de tensión y zozobra, cuando se encontraron las dos cuadrillas: primero fue la del Petrirri, cuyos subalternos renunciaban antes de la faena, como en su Alcaldía: así sucedió con Antonio Navarro, Antoñete, quien dejó al diestro sin muleta, porque se llevó la suya propia. Al final, el estoqueador se presentó ante el respetable con una cuadrilla de juventudes enardecidas, que él mismo provocaba con trinos y consignas, y su fiel banderillero, Hollman Morris, er Niño de la ONG, quien levantó la ceja de manera coqueta para avivar a las mujeres de los tendidos.

Peña de la Losa, por su parte, apareció ataviado por un traje de luces de la Empresa de Energía de Bogotá, recién privatizadas, y una cuadrilla comandada por su banderillero, Miguel Uribe, el Chiquito de la Calzada, quien en honor a su abuelo llevaba una bota con manzanilla para repartir en la barrera.

A pesar de que el turno correspondía a Peña de la Losa, fue el Petrirri quien saltó al ruedo. El cartel anunciaba que el primer toro se llamaba Populista: un ejemplar robusto, barcino, boquiblanco, que recordaba a aquel ejemplar de la ganadería lefebvrista que, en corrida anterior, embistió al Petrirri a traición por la ultraderecha, y por poco lo derriba, mientras el matador, entre pase y pase, y entre porro y porro, intentaba sacarle faena.

El Petrirri saludó con la boina y brindó el toro a los pobres de la ciudad; acto seguido les asignó un subsidio, rebajó tarifas de la boletería, quebró a la administración y se fue a la puerta de chiqueros, así llamada desde que intentó estatizar la recolección de basuras, para esperar a la pesada res de rodillas, a la cual sacó faena a punta de pases por izquierda.

Estuvo hondo y artista cuando agitó el trapo rojo para congraciarse con la peña liberal; también cuando llevó al animal a pica, para medirle la casta, y el animal resultó más picado que el propio Peña de la Losa.

El Petrirri se colocó en los medios de la plaza para poderlo estudiar. Después se colocó nervioso. Y, leal a su naturaleza, dejó de estudiarlo y empezó a improvisar: tiró la muleta, empuñó el estoque –“esta es la espada de Bolívar”, clamó–; crispó los ánimos del tendido de sol, prometió sombra para todos, criticó a los medios, y acusó a “las mafias oligarcas de los puestos de la barrera” de perseguirlo y no permitirle torear.

Cuando citolo a distancia, a través de juzgados, el toro reaccionó, pero de manera lenta, de tal suerte que salieron los bueyes para devolverlo a patios interiores, mientras el diestro arengaba con consignas inflamables y organizaba una tutelatón para que lo regresaran, decisión que sucedió por orden de los jueces. El Petrirri, entonces, exigió indultar a la bestia tal y como lo habían hecho con él en los años noventa, y reclamó, humilde, rabo y orejas para sí mismo.

Sonaron entonces los cobres para anunciar a Doctorado, ejemplar correspondiente para Peña de la Losa, de la ganadería Vargas Lleras: un toro pajuno, salpicado, gacho, rabicano como el mismo torero, bajo de peso y dudoso de casta, al que no iba a ser fácil sacarle faena, a menos de que alguna mano amiga, ojalá negra, le pusiera banderillas del mismo color.

El diestro lo capoteó con el mismo desinterés con que capotea sus problemas de popularidad. Eran las cinco de la tarde cuando intentó trabajarlo con derechazos para despertar simpatías en el tendido de sombra, donde lo más granado de la sociedad sacaba pañuelo.

Peña de la Losa lo llevó entonces a sol con pases que pretendían ser naturales, pero se veían fingidos y sobreactuados como todo lo suyo. Los aficionados lanzaron tremenda silbatina y pidieron ya no las orejas del astado, sino la cabeza del matador, pero a este le importó un rabo, cambió de trapo, citó a distancia y ordenó construir una avenida en los lotes donde pastaban las reses de la ganadería.

En la suerte suprema se arrimó demasiado, expuso la taleguilla y el toro por poco le roza el pitón. El diestro, que por poco termina elevado por el aire, como el metro, ordenó la intervención del Esmad, y el toro fue llevado a rastras a la UPJ en medio de declaraciones de su mozo de espadas, Daniel ‘Chiquilín Chicuelo’ Mejía, de donde posteriormente fue rescatado por su secretario de Ambiente, quien organizó un operativo para salvarlo y posteriormente lo sacrificó.

Los dos matadores salieron al ruedo para recibir ovación, pero en ese momento la ciudadanía abandonaba los tendidos, fundida de ese mano a mano sangriento, pesado y anacrónico, como la misma fiesta brava.

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