Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/06/25 00:00

La paz sea contigo

Había superado el último escollo para lograr la paz: casar a su hija en una gala superior, inolvidable, que paralizó a la sociedad entera.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

Aquella mañana de domingo, Tutina despertó al presidente con un cariñoso codazo que por poco tumba las bolsas de té con que este mitigaba la inflamación de los párpados:

–Despiértate, Juan –le dijo–: la boda salió muy bien.

–Diez minuticos más, por favor...

–Nada de eso, mi amor –respondió ella mientras abría las cortinas–: hay mucho oficio… Toca llevar los tapetes persas a Classic…

–No entiendo por qué los ponen a secar justamente el día de la boda de María Antonia –respondió el presidente, molesto–: voy a reclamarle a Pardo.

–No, mi amor: los sacamos al pasto a propósito. Se veían divinos…

–Sí, pero ahora me toca hacer una reforma tributaria para poderlos pagar…

–No refunfuñes: la boda estuvo divina –suavizó–: ahora debes llevar los tapetes a la lavandería, pagar la vajilla que haya roto Yamid, y mirar si sobró torta, para repartirla a los de La U…

El presidente se puso de pie pesadamente. El frío sabanero de Hato Grande le calaba los huesos.

–Y algo más, mi amor –le dijo Tutina.

En el marco del baño, con la toalla al hombro, el presidente se volteó para mirarla.

–Ya puedes firmar la paz –indicó con dulzura.

–¡¿En serio?! –reaccionó él, con un brillo en los ojos.

–Sí, mi vida: ya pasó la boda. Mi angustia era tener que invitar a Timochenko y sentarlo al lado de Jean-Claude, por ejemplo.

–¿Te daba pena con Timochenko o con Jean-Claude?

–Con Jean-Claude, Juan, obvio… tenía miedo de que entre tú y Enrique me llenaran esto de guerrilleros… O de que me tocara invitar a Piedad, Álvaro Leyva y toda esa gente que se la pasa llamándote. Pero ya puedes firmar. Ya la casamos.

Lo había logrado. Se había salido con la suya. Llamaría a Humberto de la Calle para darle la orden de que podía proceder. Le esperaba una semana ardua, pero feliz.

Suspiró. Había superado el último escollo para lograr la paz: casar a su hija en una gala superior, inolvidable, que paralizó a la sociedad entera. La noche previa al evento, se apostaban en la vía a Tocancipá aquellos que aguardaron hasta último minuto la ilusión de ser invitados a la boda real: un Poncho, un Carlitos Mattos, una Rosa María. Munir Falah acampó en el sardinel con toda su familia, ya vestidos de gala. Consideraron un triunfo también de ellos que Vicky Turbay lograra coronar, aunque a través de la lista de invitados del novio.

–Algo es algo –dijo mientras ingresaba con el dedo pulgar levantado–; entrar a la fiesta no es un punto de llegada, sino de partida.

Junto con ella, más de 1.000 invitados soportaron el frío sabanero y se deleitaron con los chistes de José Gabriel Ortiz, o viceversa, mientras saboreaban un delicioso platillo de cangrejo azul, simbólico plato con que el presidente quiso tender puentes hacia el Partido Conservador: no en vano, el cangrejo azul también está en vía de extinción, como los conservadores; y camina hacia atrás, como sus líderes.

En la línea gastronómica de servir animales en vía de extinción, Rafael Pardo, el alto comisionado para Bodas Presidenciales, o wedding planner, había descartado ofrecer filetes de delfín rosado, temeroso de que se interpretara como un saludo a Simón Gaviria, o huevos de iguana, como señal amistosa hacia Roy.

Se lo advirtió a su jefe, pero el presidente solo pensaba en la paz: de menú quiso ofrecer sapos, aunque, a la luz de lo firmado, consideró que no resultaban lo suficientemente grandes para satisfacer el apetito de los comensales.

Durante toda la semana lo habían criticado por hacer terrorismo en favor de sus futuros intereses electorales. Llegó a decir que si no se firmaba la paz, habría guerra urbana y se subirían los impuestos. En la calle comentaban el amenazante tono de sus frases:

–Ahí está pintado: metiéndonos miedo para que votemos como él diga…

–Sí, ese Santos es terrible…

–¿Cuál Santos? Hablo de Uribe…

Impermeable a las críticas, sin embargo, el presidente solo pensaba en conseguir su objetivo. En el brindis matrimonial, tomó una copa, la golpeó con una cucharita y dijo:

–“Hoy es un día muy emocionante porque caso a mi papá”.

Los presentes se miraron sorprendidos.

–“A mi pa-patojita –continuó–. Pero no se les olvide que si no se firma la paz, Roy Barreras sacará un tercer libro de poesía”.

Del mismo modo, sobre el filo de la madrugada, y en plena ebullición de la fiesta, tomó el micrófono y sentenció: “Si no se firma la paz, el DJ Odín pondrá en adelante canciones de Ricardo Arjona”.

Pero eran detalles que, bajo la plácida ducha dominical, ahora recordaba con una sonrisa. Lo había logrado. Tras la luz verde de Tutina, ordenaría a sus hombres en La Habana que procedieran. Tuvo un pensamiento para el hacker Sepúlveda: “Esto también es tuyo”. También para doña Mechas: “Contigo empezó todo”. Deseó de corazón que Álvaro Uribe tuviera buen tratamiento en el manicomio de Sibaté. Sonrió al imaginar que su futuro nieto nacería en un país libre de la guerrilla de las Farc. Pero la sonrisa se le deshizo cuando recordó que debía llevar los tapetes a la lavandería. “Quedaron vueltos popó” –dijo en voz baja. “Po-pomada” –continuó. Salvarlos será el primer desafío del posconflicto.

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