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Opinión

  • | 2016/05/21 00:00

    La boda de María Antonia Papers

    Ojalá no alcancen a firmar la paz antes de la boda de María Antonia: si no, les toca invitar a Timochenko, comenté.

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No quise defraudar a nadie, mucho menos a mi mujer, pero cuando deduje que mi nombre no aparecía en el listado de invitados al matrimonio de la hija de Santos, no me quedó más remedio que afrontar la amarga situación. De modo que, sin mayores preámbulos, tan pronto como llegó de la oficina, le pedí que nos sentáramos a puerta cerrada, porque teníamos que hablar.

–No clasificamos –le dije con franqueza–. Y sé que es por culpa mía.

–¿De qué me hablas? –preguntó confundida.

–De la boda de María Antonia: no nos invitaron…

–¿Cuál María Antonia?

–Cuál va a ser: ¡la hija de Santos!

–Pero si ni siquiera la conocemos…

–¡Y qué importa! –le reclamé–: ¡si va un montón de gente, casi todo el 6 por ciento de la imagen positiva de las encuestas! Solo en altos consejeros habrá más de 300 invitados…

No sé qué me dolía más: si su silencio o la forma en que buscaba el control remoto para prender el televisor, como si yo no existiera. Procuré que entrara en razón:

–¡No entiendes! –le reclamé–. ¡No somos nadie! ¡A la fecha ni siquiera aparecemos en Panama Papers!

–¿Cuál es ese periódico? –me preguntó mientras me miraba por primera vez.

Tuve entonces que explicarle que los Panama Papers son documentos de una firma de abogados panameña de la cual se han filtrado nombres de personajes que podrían estar evadiendo impuestos.

Culpables e inocentes, sin discriminar buenos de malos, en el listado han aparecido todo tipo de personas: banqueros y políticos, pero también gente de bien; periodistas y gente de farándula, pero también seres humanos. Incluso prístinos líderes de la moral nacional, reconocidas figuras conservadoras que salieron a explicar, prontico, que el patrimonio en cuestión ya se encontraba declarado.

Mis conocimientos en asuntos tributarios solo son comparables con la sabiduría jurídica de Miguel Uribe. De hecho, aún me sucede que cuando mencionan la expresión ‘paraíso fiscal’, imagino una playa virginal en la que retozan todos los exfiscales de la Nación, desnudos y felices, sin que nadie los juzgue, como hasta ahora: Viviane y Carlos Alonso bañándose en una cañada transparente, el pubis canoso al aire; madame Tocarruncho y Montealegre con las porquerías tapadas por hojas de parra mientras degluten una manzana. Y así.

Pese a mi ignorancia, sin embargo, comprendí lo que significaba la noticia de los documentos panameños:

–Si no aparecemos en la lista, me invento algo para recuperar el estatus –prometí a mi mujer.

–Tranquilo: con ser la esposa de un ‘youtuber’ ya lo recuperé –remató con ironía cortante.

–No digo que perder plata en InterBolsa, porque ya qué –continué impasible, sin oírla–; pero al menos inventar que hice un doctorado en París.

Cuando terminé la frase ya me encontraba hablando solo, porque el noticiero había absorbido la atención de mi mujer con las informaciones del momento: que Uribe llamó a la rebelión civil para dañar el proceso de paz; que, a su vez, Santos lanzó indirectas contra Uribe del tenor de “Yo no compré la reelección ni tengo hermanos presos ni hijos cuestionados”, a las que solo les faltó agregar que tampoco tiene perros de raza pug, ni ha nombrado ministros de Defensa cínicos y desleales. Y que, en medio de esa guerra, Timochenko escribió unas cartas a Uribe tan conciliadoras que lo hacen ver como el único mandatario sensato de Colombia.

–Ojalá no alcancen a firmar la paz antes de la boda de María Antonia: si no, les toca invitar a Timochenko –comenté.

Pero era hablar con el viento: mi mujer seguía absorta en la pantalla.

–Y ojalá se acuerden de un servidor, así me ubiquen en la misma mesa de doña Mechas –anoté, como quien busca conversación–: sería el colmo que me dejen con el regalo ya comprado en la platería de Aída.

Justo en ese momento daban noticias de los Papeles de Panamá, y ella me cortó, tajante.

–Déjame oír –ordenó.

–Pobre al que le toque hacer fila en el bufé detrás del ministro Villegas…

–Que dejes oír, que en la lista están metidos varios miembros del gobierno…

–Pues claro: altos comisionados, asesores de imagen… cómo no los van a invitar…

–Digo, en la de Mosack Fonseca –aclaró, mientras me hacía señas para que me callara.

–Así es: la fiesta debe ser con Fonseca, va a estar buenísima…

–¿Será que de verdad lo tenían declarado? –se peguntó a sí misma en voz alta.

–Claro: Sebastián se le declaró a María Antonia en las playas de Tulum.

Nos costó comprender que hablábamos de cuestiones diferentes, pero al final lo dilucidamos: equívocos que suceden en la elite colombiana, donde resulta fácil que la lista de invitados a la boda de la hija del presidente, y la de los Papeles de Panamá, tengan varias coincidencias: de hecho, si uno tacha un par de uribistas, una serviría para sustituir a la otra.

Así se lo expliqué a mi mujer, pero no me puso atención.

–Tienen huevo –se limitó a decir, mientras seguía la noticia.

Pero a lo mejor se refería a los platos del bufé matrimonial.

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