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Opinión

  • | 2014/04/19 00:00

    Te invito a la fiesta de mi hija

    Todo pintaba bien. Ofreceríamos una sopa de la cual, como gran novedad, no emergería Luis Carlos Vélez, como me sucedió hace poco.

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Fui a la peluquería a que me lustraran la calva y aproveché para desatrasarme de las revistas de sociedad. Pero el resultado no pudo ser peor. Porque, desde entonces, me quedó en el estómago una sensación de derrota que me hizo comprender, con tristeza, que no soy nadie. Que no soy nadie. Que no clasifiqué a ninguno de los eventos sociales de los últimos tiempos: que me blanquearon de la boda de la hija del procurador; del cumpleaños de Luis Carlos Sarmiento; del matrimonio del hijo de Pastrana. Que mi situación social es tan lamentable que ni siquiera perdí plata en InterBolsa, un mérito al que tuvo acceso hasta doña Gladys de Jaramillo: aquella dama de sociedad que invierte todo lo que tiene en operaciones, así sean bursátiles.

Prometí que nunca más me someterían a una humillación semejante, e intenté hacerme socio de un club sofisticado que ayudara a mi ascenso social. Me veía a mí mismo bajo los vapores de un baño turco, sudando a chorros con Marco Tulio Gutiérrez y otras amistades influyentes, y se me hacía agua la boca.

Opté por el Nogal. Más allá de que lo haya presidido el abogado de Petro, me gusta el Nogal porque cuenta con la ventaja de que no somete a sus aspirantes a minuciosos exámenes de admisión: con que su fortuna sea reciente y anden en camioneta con vidrios polarizados es suficiente. Si además tienen diseño de sonrisa y esposa operada, pueden aspirar a un puesto en la junta directiva. El reglamento, además, es sencillo: ni las enfermeras ni los choferes pueden almorzar en lugares reservados a los humanos. Y nunca, óigase bien, nunca, puede un socio hacerse presente en prendas informales.

De hecho, para ingresar por el formulario tuve que pedir una corbata salpicada por costras de sopa que la administración dispone para el indigno visitante que se aparezca en camisa de sport. O en clergyman.

Mientras me anudaba la corbata imaginaba secretamente que la prenda era de Fernando Londoño; que él donaba a la administración del club las que ya no usaba. Era una fantasía, naturalmente: sé que de eso tan bueno no dan tanto. Pero me hacía feliz suponerlo, al punto de que no resistí el impulso de huir del club con la corbata puesta, como un vulgar ratero: quizá sí era de él.

Maldije mi torpeza. “Me gané una corbata, sí, pero perdí la oportunidad de ser socio”, me reproché. Y en el justo momento en que iba a declararme derrotado, tuve una revelación mística y comprendí que no necesitaba ingresar a un club. Porque en Colombia, para coronar la cumbre social, el hombre poderoso organiza sendos homenajes a sí mismo a través del matrimonio de sus vástagos. Y como, a diferencia del procurador, no tengo descendencia en edad de merecer, imaginé que si montaba una fiesta infantil con ocasión del cumpleaños de Paloma, mi hija menor, nacida en la Semana Santa de hace seis años, el principio sería el mismo, y mi ascenso al altillo del poder se daría por descontado.

Soñaba con un evento digno de las páginas sociales. Quería que vinieran ministros y periodistas; magistrados y parapolíticos; generales y esas señoras estilo Ilva Lorduy que uno sabe bien a qué se dedican, pero que absorben la atención de los fotógrafos. Llegué a pensar, además, que algunos invitados podrían ser útiles a la fiesta misma: que los niños podrían ponerle la cola a Simón Gaviria; que Rodrigo Jaramillo haría las veces de mago y desaparecería, ya no acciones, sino otros objetos, algunos de valor; que algún ministro podría hacer las veces de payaso o al menos repartir una piñata de contratos.

En este punto debo hacer un reconocimiento a mi mujer, que me apoyó en todo, como una santa. Con ella elaboramos la lista de invitados basándonos en personas que hubieran salido en las ocho últimas ediciones de la revista Jet Set o en las últimas cinco de Caras; a ellas sumamos algunas que han aparecido en las páginas políticas de El Tiempo y una que otra en las judiciales, qué diablos: eso le daba sabor y a la vez la ponía a la altura de la que organizó el procurador. No nos íbamos a dejar de nadie. Mucho menos de él.

Todo pintaba bien. El menú estaba dispuesto: ofreceríamos una sopa de la cual, como gran novedad, no emergería Luis Carlos Vélez, como me sucedió hace poco: subí la cuchara y, empapado de crema de tomate, ahí estaba él, micrófono en mano, pañuelo en solapa, narrando los hechos:

–Hola –me dijo–: esta es una noticia en desarrollo.

–En desarrollo solo está Pachito, Luis Carlos: bájate de la cuchara y déjame comer tranquilo, por favor.

–Estoy en el lugar de los hechos.

–No hace falta, Luis Carlos, de verdad.

–“Noticia en desarrollo: este hombre se está llevando la cuchara a la boca”.

El hecho es que, para mi completa desolación, el día señalado no apareció nadie. Nadie. Ni siquiera Vicky Turbay. Únicamente Roy Barreras, que no cuenta.

¿Qué hay que hacer para que vengan?, sollocé ante mi mujer: ¿Ser homofóbico y cambiar votos por puestos? ¿Ser expresidente y tener fama de bruto?

A condición de que se fuera para que no repartiera la torta, le regalé la corbata de Londoño a Roy Barreras: entiendo que ya la tiene ubicada en Solsalud. Y una vez cerró la puerta, le cantamos el cumpleaños a mi hija, tristes pero tranquilos.
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