Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/07/29 21:37

La diputada de Santander, o la homofobia

¿De dónde nace la idea de que la homosexualidad es una peste de la que hay que escapar de su alcance?

David Bustamente (*)

Este lunes, en la Asamblea de Santander, tomó lugar un “debate” sobre la Ley 1620 de 2013 que pretende promover un modelo de convivencia escolar propicio para la «formación y el ejercicio de los derechos humanos, la educación sexual y la prevención y mitigación de la violencia escolar». Uno de los diputados de la Asamblea, Ángela Hernández (Partido de la U), estableció que la comunidad LGBTI, y asimismo el Ministerio de Educación Nacional (en cabeza de la ministra Gina Parody), pretenden “colonizar las instituciones académicas con normas homosexuales”. Luego, que “si en Colombia hubiera tantos padres de familia interesados en que sus hijos crecieran en medio de estas costumbres o prácticas, creen colegios LGTBI a ver cuántos padres matricularán allí a sus hijos para que sean orientados en esta tendencia”. 

Señora diputada: no entre en pánico ni difunda la ignorancia en razón del pánico. Ni el artículo veinte del Manual de Convivencia pretende hacer de los niños homosexuales ni la homosexualidad es contagiosa (como tampoco la heterosexualidad). Primero, porque no es una patología; segundo, porque es una condición biológica (como la heterosexualidad). Sus declaraciones demuestran “un gran enjambre de ignorancia”, como con exactitud sentenció uno de los representantes de la comunidad LGBTI, Máximo Castellanos. Su desconocimiento frente a la homosexualidad constituye la fuente de sus miedos y remediarlo le ahorraría enarbolar tanta sandez, e irresponsablemente.

1. La Asociación Americana de Psicología (APA) y Estadounidense de Psiquiatría (APA) retiraron la homosexualidad del DSM IV (Diagnostic & Statistical Manual of Mental Disorders) en 1973 tras haberla descartado como enfermedad, patología o trastorno, siendo que para que una condición pueda ser calificada de tal modo, debe revestir problemas psíquicos, por un lado, y sociales, por el otro. Es decir: la condición debe reportar una disfunción en el individuo. En Colombia la única disfunción que la homosexualidad presenta es la discriminación o el «bullying» –nacido de la ignorancia– de que es objeto (Sergio Urrego, 1997 – 2014). Tenemos 43 años de atraso en un conocimiento que en gran parte del resto del mundo es común y medio milenio de una mentalidad aún medieval caracterizada por un miedo irracional (reforzado por la religión). 

2. Según los estudios de los científicos Simon LeVay, Dick Swaab y Glenn Daniel Wilson (de las Universidades de Cambridge, Ámsterdam y Canterbury, respectivamente); del académico Qazi Rahman (del Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia del London King’s College); y del neurocientífico colombiano y paradigma en neurociencia en Colombia Ernesto Bustamante Zuleta (exdirector científico del Instituto Neurológico de Colombia y profesor emérito de la Pontificia Universidad Javeriana), se comprueba que durante los primeros seis (6) meses de gestación del feto se radica en la estructura hipotalámica del cerebro un «gen homosexual» aún no identificado que aflora en la pubertad. Se lo expondré de un modo muchísimo más sencillo, sin embargo: usted puede excitarse con una persona del sexo opuesto espontáneamente mientras con una persona del mismo sexo nunca. Lo mismo le sucede –en el sentido contrario– a un homosexual. Tanto la erección del pene como el endurecimiento del clítoris es una respuesta bioquímica. Si la excitación sexual dependiera de nuestras voluntades, no de nuestras naturalezas, ninguno tendría inconveniente en sostener relaciones sexuales con un hombre o con una mujer, según el caso, y, ahí sí, respondería a una costumbre o práctica cultural.

Después de todo, ni a usted, ni a mí, ni a nadie debe importarle la orientación sexual de las personas, sean niños o adultos. ¿Por qué le preocupa tanto? En Colombia la biología pareciera ejercer el papel de una especie de “demonio” que ha trastocado todas las razones sociales encerrando lo racional en clósets mientras afuera se acepta solo lo aparente. Desde luego que son cosas “del demonio” –como sostienen algunos, señora diputada–, porque solo “el demonio” no acepta las cosas como la naturaleza o Dios las ha creado y así engendra culpas en la sociedad que censura la homosexualidad contraria a la palabra que se desborda en labios de religiosos e ignorantes en general. Desde niño se deposita en la psiquis del homosexual un sentimiento de culpa o forma de locura que lucha devanándole los sesos durante toda su adolescencia entre una esencia que clama expresarse con libertad y una crítica social o religiosa que reclama culpas y exige cambiar «esencias» por «apariencias» para poder “vivir”, no en la felicidad personal, sino en la “paz” que exige la crítica social y la religión. El prejuicio no es nunca solamente un error de juicio: es y ha sido siempre, a todas luces e insistentemente, un solemne atropello.

El espíritu de la ley

El artículo 20 de la Ley 1620 de 2016 solo pretende orientar al individuo sobre la sexualidad en una sociedad donde los mitos y prejuicios que giran en torno a la atracción natural entre personas del mismo sexo los lleva a quitarse la vida. Señora diputada: las leyes y las expresiones de funcionalidad para el propósito al que son expuestas (espíritu) parten de la historia de vida de una sociedad o nación. Es necesario saber cómo fueron los gobiernos o las situaciones en que se vivió para comprender por qué las leyes fueron redactadas de una u otra manera, qué acciones pretendían evitar, prevenir o castigar y cómo los aspectos concernientes en la sociedad pueden haber cambiado y se necesite modificar la ley, enmendarla o dejarla sin efectos. Las leyes surgen a partir de tales acontecimientos cuando recogen los insumos que la sociedad va creando a través de la historia.

En este sentido, parece no tener claro: (a) el espíritu de la Ley 1620 de 2013; (b) el artículo 20 de dicha Ley; (c) el marco científico antes explicado; ni (d) recordar que a falta del cumplimiento con una reglamentación semejante se produjo en el Colegio Gimnasio Campestre de Bogotá un «bullying» que llevó a un joven homosexual a quitarse la vida. ¿Cuántos más tendrán que quitársela? La vida o el derecho a vivir en paz de estas personas no puede seguir esperando por la madurez de usted y del Procurador General de la Nación. Por eso no extraña que su mismo partido político (Partido de la U) haya pedido abrir una investigación en su contra por discriminación. Es que, ¿acaso podría faltar una razón de otra índole?

El periodista y crítico estadounidense Henry Louis Mencken –generalmente conocido como el «Sabio de Baltimore»– solía decir que “la única emoción permanente del hombre inferior es el miedo a lo desconocido, complejo o inexplicable; lo que quiere, por encima de todo, es la seguridad”. Un anónimo, por su parte, afirmó, sin temor a equivocarse, que “mantenerse en lo conocido por miedo a lo desconocido equivale a mantenerse con vida, pero no a vivir”. Por mi parte, considero que la comprensión es la sabiduría que invalida el prejuicio o, en este caso, la homofobia. Señora diputada, documéntese e impugne las leyes y conceptos verdaderamente nacidos del capricho, la mezquindad, la intolerancia y el oportunismo político.

*davidbustamantesegovia.blogspot.com

@BustamanZuleta

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