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Opinión

  • | 2016/09/19 17:16

    El dogma de Viviane

    Se trata de un dogma, no de un ‘terrorismo mediático’ como catalogó las críticas de la comunidad LGBTI y de los medios, creyendo sacudirse de ellas.

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Señora Viviane, vi su vídeo aparentemente aclaratorio. Sabemos que el número de personas solteras y de parejas homosexuales que desean adoptar es bastante escaso. Eso, sin embargo, le resulta muy difícil presentarlo como argumento complementario. ¿Cuál es su argumento central? Que su proyecto no pretende afectar la realidad familiar de madres o padres solteros ni la de los parientes que también tengan al niño bajo su cuidado. Su proyecto solamente pretende impedir que personas solteras y parejas homosexuales calificadas adopten, sumando obstáculos a los ya innecesariamente contemplados por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). En palabras más sencillas: reducir cada vez más el número de adopciones con el pretexto de que una persona soltera o una pareja homosexual no son una familia ideal, como si las familias heterosexuales lo fueran por el solo hecho de ser heterosexuales. ¿Se da cuenta de cuán ridículo es eso?

En entrevista con W Radio usted sostuvo: “A los menores en condición de adopción se le debe garantizar lo primero: el amor, el afecto, el cuidado, la crianza y la posibilidad de ser formados bajo el rol paterno y el rol materno”. De modo que si una persona soltera o una pareja homosexual le da amor, afecto, cuidado, crianza, salud y educación privadas, y muchísimo más, pero no el patrón de familia que establece la Biblia y los religiosos en general, no son aptos para criar a un niño sin familia. Luego adujo: “Se trata de los derechos de los niños a crecer con un papá y una mamá”, como quien pretende producir el orden mental de una conclusión simplista: que se trata de lo que en Derecho se conoce como el ‘interés superior del niño’; cuando en realidad entraña una connotación religiosa y narcisista: su ‘derecho’ a imponer sobre los niños lo que usted cree es lo mejor para ellos. Eso es lo que usted está defendiendo: su vanidad.

En agosto de 2014, cuando en la Corte Constitucional se gestaba la posibilidad de que personas homosexuales adoptaran, usted expresó: “En mi condición de cristiana, pero además de ciudadana y de demócrata, no puedo aceptar que un tema de tanta trascendencia ética, que toca las fibras más sensibles de las creencias de la nación pueda ser decidida a puerta cerrada por el voto de seis personas”. ¿Sino por los católicos?

No sabe si Dios creó al homosexual o si la orientación sexual es algo contagiable, pero sí sabe que no es honesta con la nación y que solo busca parapetarse en ella, o hablaría de referéndums para la democratización de temas de igual o mayor trascendencia por los cuales no muestra indignación cuando no se consulta la ciudadanía. Entonces, no sé a quién pretende engañar con eso de sumar al referendo las personas solteras para disimular su dogma y así evitar padecer el molde del Procurador Ordóñez. ¿Cómo pretende que los derechos de los niños y los de una minoría sean decididos no solamente por una mayoría sino también por una mayoría religiosa? ¿Qué clase de culto enfermizo a la religión puede ser ese de tal dimensión?

Su parapeto democrático guarda más ingredientes de totalitarismo y de religiosidad que de democracia y juridicidad en conformidad con hechos y ciencia. Los derechos de los ciudadanos, niños o no, homosexuales o no, no pueden ser definidos por mayorías ni minorías y mucho menos por cultos religiosos sino por criterios racionales y empíricos. Si las investigaciones de la Asociación Psiquiátrica de América Latina y la Asociación Estadunidense de Psiquiatría y Pediatría concluyen que la adopción de niños por parte de parejas homosexuales no representa un peligro para su desarrollo y que la homosexualidad ha estado siempre más cerca de un origen biológico que sociológico (en virtud de un proceso bioquímico durante los primeros seis meses de gestación del feto), ¿cuál es la razón o el argumento para entorpecer el amparo de los niños sin familia, que no sea el dogma o el prejuicio?

Mientras el mundo se estremece, esperamos quede desamparada de respaldo constitucional y su actuación democrática desmentida por quienes aún desean proteger la ley de la ignorancia y del intercambio que aviva la continuidad exitosa del oportunismo politiquero (como representar a uno u otro partido según la afinidad de credos).

COLOFÓN I: El ‘castrochavismo’ no se lo creen ni los más capitalistas y odiosos del comunismo: Washington. Esos quienes no pierden tiempo interviniendo o invadiendo allí donde huele a izquierda: desde los desiertos de México y las playas de Cuba y Puerto Rico hasta la punta de Argentina. Curioso, ¿no? Eso de que vean un Acuerdo con una recua de comunistas del siglo XX tan ‘Fine & Dandy’. Esta es la razón por la cual Uribe y quienes a ciegas lo siguen han acuñado –a través del análisis de las mentes racionales– el vocablo ‘uribestia’. Porque lo que dice o vocifera es, a todas luces e insistentemente, no solo una barbaridad sino una barbaridad evidente para el lector independiente, ese que busca la información por sí mismo. El lector responsable en fin.

COLOFÓN II: Que Mario Vargas Llosa, una persona profundamente de derecha, afín a George Bush y a José María Aznar López, también apoye el Acuerdo, deja aún más mal parada a la ultraderecha. Esto no se trata de afinidades políticas, sino de juicio jurídico e histórico o, simplemente, de sensatez. La inmensa mayoría del No cree que el Acuerdo debe tratarse sobre su orgullo o resentimiento, sobre su sentido de venganza o sobre su orientación política. Se ‘caen de nalgas’ negándolo aduciendo veinte sofismas presuntamente jurídicos e históricos; pero demuestran cada vez más que no es nada más que lo anterior. Resentimiento social y recelo político.

* @BustamanZuleta – donquijotebustamante.blogspot.com

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