Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1999/04/12 00:00

DE 1984 A 1999

DE 1984 A 1999

Estaba pensando escribir sobre el incierto futuro del proceso de paz luego del asesinato de
los tres misioneros estadounidenses por parte de las Farc cuando de repente apareció un icono en la pantalla
de mi computador que decía Playball. Cuál no sería mi sorpresa luego del 'doble click'.En un video
desenfocado, una pareja sentada en las graderías solitarias de un estadio se entregaba a los laberintos del
placer sin saber que estaba siendo filmada por el potente zoom de un camarógrafo aficionado. Desconozco si
los amantes furtivos, o sus allegados, habrán recibido estas imágenes para adultos vía Internet pero me
aterra esa remota posibilidad. Videos de este estilo titilan cada día más en las pantallas de computador de los
hogares gracias a la rápida masificación de Internet. Sin embargo, este tipo de información que viaja libremente
por las nuevas tecnologías, está poniendo en peligro uno de los derechos más preciados por el hombre: la
privacidad.Quizás en el caso de esta venturosa pareja no haya habido una violación de su intimidad puesto
que su acrobático encuentro fue filmado en un lugar público. Pero no sucede lo mismo con las cámaras
escondidas en los baños públicos, ascensores, salas de cine, andenes y morrales, que muestran los
actos más morbosos e indecentes y cuyas imágenes luego se comercializan con gran éxito en la televisión o
en el ciberespacio. Esta perversión de la era informática está planteando un problema de fondo sobre el
derecho a la privacidad en las sociedades globalizadas. Hoy por hoy, cualquiera que se conecte a Internet
puede presenciar las escenas más impúdicas y obscenas de gente del común que es grabada sin su
consentimiento. Basta con tener a la mano una tarjeta de crédito. O un pupilo cibernauta que le envíe por
correo electrónico sus descubrimientos más hedonistas. Estamos en la aldea global que hace algunas
décadas anticipó McLuhan. Y, como en aldea que se respete, no hay secretos. Las nuevas tecnologías están
desterrando nuestro derecho sagrado a estar solos. Los celulares nos mantienen sintonizados con el mundo
24 horas; estar conectado a Internet significa permitir el acceso a los archivos personales del computador; los
cajeros electrónicos revelan la hora, fecha y lugar de los retiros; las cámaras de vigilancia están en los lugares
más insospechados; las tarjetas de crédito monitorean nuestros patrones de consumo, y las empresas
fisgonean el correo electrónico de sus empleados. En esta sociedad global y consumista la privacidad se
volvió un concepto anacrónico y anticomercial. Lo preocupante de esta situación es que en el momento en
que el hombre pierde su esfera privada pierde también parte de su dignidad y su libertad queda en
entredicho. Porque en el fondo, el derecho a la intimidad es una manera de proteger la libertad. La libertad
del individuo de poder desarrollar su propia personalidad. Por eso una persona que es fotografiada 20
veces al día por cámaras de vigilancia como sucede en Nueva York es, sin darse cuenta, prisionera de una
cárcel virtual. O de una 'cárcel del alma' _como la bautizó el académico Ciro Angarita_ cuyos barrotes la
conforman las imágenes de las cámaras escondidas, los videos indiscretos, las bases de datos y, en general,
toda la información que pertenece a la intimidad de las personas y que le permite al Poder (gobierno,
empresas, colegios, sindicatos, etc...) vigilar y, eventualmente, castigar a sus ciudadanos. El castigado
podría ser, por ejemplo, un enfermo de sida que es despedido de su trabajo porque su historial médico llega
a manos de su empleador. En este sentido, el vertiginoso crecimiento de Internet ha generado una gran
paradoja. Por un lado, ha democratizado el acceso a la información y ha permitido así que las sociedades
sean más libres, pero por el otro, su falta absoluta de control está empezando a vulnerar unos derechos
fundamentales que, como el de la privacidad, garantizan la libertad del individuo.La temida visión futurista de
George Orwell en la que somos permanentemente observados es hoy una realidad. No por el ojo ubicuo de
un régimen totalitario como lo veía Orwell en su novela clásica 1984 sino por millones de personas en el mundo
que las nuevas tecnologías han convertido en espías involuntarios de su propia intimidad. Por eso, uno de
los grandes retos del próximo siglo es conciliar el derecho a la intimidad con el desarrollo tecnológico. Aunque
no se me ocurre cómo porque, más que a la privacidad, hay que temerle a la intervención del Estado en el
manejo de la información.Mientras algún gurú se inventa una solución sensata, mucho cuidado con lo que
hace por fuera del hogar. Alguien puede estar observando. nEn esta sociedad global y consumista la
privacidad se volvió un concepto anacrónico y anticomercial
asrubino@aol.com

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