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Opinión

  • | 1983/04/25 00:00

    DE AGUSTIN LARA AL GRUPO MENUDO

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Pertenezco, para toda la vida y sin tiquete de regreso, a la generación del bolero. No sólo por prosaicas y elementales razones de edad, sino, especialmente, por otros dos motivos. Provengo, en primer lugar, de esa esplendorosa región del Mar Caribe donde el mundo huele a sol y sal, donde el bolero auténtico tiene sus territorios soberanos, donde las muchachas de los pueblos costeños-que tienen un inconfundible aroma de azaleas y flor de verano-se bañan en la calle con una totuma y jabón de monte, cantando mientras se suben la falda hasta esa peligrosa altura en que terminan los muslos:
Solamente una vez en mi huerto brilló la esperanza...
Y, como si fuera menester una razón adicional, soy un romántico de pies a cabeza, de alma y corazón. Si los formularios de la declaración de renta exigieran que el contribuyente defina su vida, yo pondría que la mía ha sido un largo bolero, un bolero interminable en el cual se suceden sin cesar las lágrimas y la risa, la agonía y el éxtasis, el dolor y el placer.
El personaje favorito de mi vida ha sido Agustín Lara. Hasta el punto de que cuando era estudiante de bachillerato, en esa época en que los románticos creemos que el mundo nos concede el derecho a definir nuestroí futuro, yo quería ser pianista para conseguirme empleo en un barcito de mala muerte, vestirme con un smoking de seda azul brillante y golpear las teclas bajo una bombilla mortecina al tiempo que los enamorados bailaban suavemente y yo cantaba con dulzura:
Cantando quiero decirte lo que me gusta de ti...
Nada de eso fue posible. Nunca aprendí a tocar en el pianito de juguete que me regalaron mis hermanas y, como decía Ninón Sevilla en una vieja película de rumberas y cabrones, "la vida en su avalancha me arrastró". Mi admiración por el viejo Lara, fiaco y con su maravillosa cicatriz de chulo arrabalero, lejos de menguarse ha aumentado con los años. Era un verdadero filósofo coronario, un pensador del corazón, el hombre que amaba por todos nosotros, que sufría nuestras penas, que compartía nuestras ilusiones. Con su voz de perro apaleado, con su voz quebrada y fea, Agustín Lara sigue sonando por allá lejos, en las entretelas de mi alma perdido pero no olvidado en esa telaraña que el tiempo le va tendiendo, como una trampa, a los recuerdos.
Ahora la cosa es diferente: hace frio en Bogotá y es una tarde gris de marzo. El taxi en que viajo se enreda en una congestión de tránsito. Todos los carros pitan al mismo tiempo.
-El grupo Menudo, señor-me dice el taxista, con un tono de resignación-. Están haciendo una grabación ahí en la esquina...
El gentío se arremolina en desorden. Son muchachos y muchachas, casi niños, y todos ellos llevan puestos sus uniformes escolares. Hay faldas a cuadros y chaquetas con botones dorados. Algunos gritan, cerrando los ojos, con una histeria que no pueden disimular. Los demás empujan, se abren paso a empellones, arrojan al aire sus cuadernos y sus libros de geografía o de botánica.
-¡ Parecen maricas !-explota el taxista, que ha perdido la paciencia, haciendo cabriolas con el timón.
He oído la misma palabra en los últimos días, y la he visto escrita en varios artículos de prensa, a raiz de la visita de Menudo a Colombia: sesudos análisis, profundas investigaciones, minuciosos estudios para averiguar qué es lo que son estos chicos: músicos, farsantes, homosexuales, simbolos eróticos, productos de la sociedad de consumo o-de todo se ha visto-armas del imperialismo yanqui para continuar colonizándonos culturalmente.
Me parece que en este caso se ha caido en el vicio de buscar el ahogado rio arriba, de confundir el fondillo con las témporas o la gimnasia con la magnesia. Lo único que demuestra este fenómeno, a pesar de todos los esfuerzos de sociólogos y sicólogos, es que el corazón humano sigue siendo el mismo, gracias a Dios y a Agustin Lara. A pesar de la maldad humana, a pesar de las Islas Malvinas y el ayatola Jomeini, a pesar de la angustia existencial, todavia queda gente que tiene quince años. Lo menos importante de todo es que ese corazón lo mueva el Grupo Menudo, que es una especie de Beatles del subdesarrollo. Lo hermoso es que todavia late. Está vivo.
No hay ninguna diferencia: mientras estos sardinos arman un tumulto para ver a sus ídolos, y para oírlos, muchos catanos como yo llegaremos esta noche a casa, y al momento de poner la cabeza sobre la almohada empezaremos a tararear: Mujer alabastrina tienes el, perfume que fascina...
Y seguiremos, como los quinceañeros, llevando por la vida nuestro corazón a cuestas. Lo único que ha pasado es el tiempo. Y el tiempo, por fortuna, será siempre el mismo para quienes creemos que cada mañana nace una rosa nueva. Y una nueva ilusión nos espera a la vuelta de la esquina... -
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