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Opinión

  • | 2011/12/03 00:00

    De los anales de la historia a los de Chávez

    Especulan con una metástasis. No importa: el cáncer de Chávez ya se propagó por Argentina, Bolivia y Nicaragua.

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Admiro al presidente Santos por los innegables logros que ha conseguido su gobierno: en menos de dos años, quemó la carrera política de Riverita, sacó de la televisión a José Gabriel Ortiz y nos enseñó a querer a Chávez. Y todo eso me gusta.

Y me gusta al punto de que ahora defiendo al presidente de quienes lo critican porque viaja tanto como Pastrana. Vamos a respetarnos. Primero que todo: para que semejante comparación pueda darse, es preciso hacerle a Santos la lobotomía. Segundo: sí, quizás no sea común que un presidente se traslade a Turquía, Londres y Caracas, todo en menos de 15 días, pero ¿a dónde querían que fuera, acaso? ¿A Chía? ¿A Manizales? ¿Al Eje Cafetero por La Línea? Yo también me hubiera largado a Londres: allá, al menos, no hay trancones; a la Universidad de Oxford no se le ocurre levantar un muro para que se inunden los demás y la BBC no transmite el Show de Suso.

Con todo, y aunque el país está infernal, el presidente tuvo la gallardía de hacer escala en Bogotá y de asistir al evento de la urna centenaria: un cofre que abrirán dentro de 100 años y al que llenaron de aburridos papeles en lugar de meter objetos que de verdad representaran a la Colombia de hoy: la inyección de Jéssica Cediel, el turbante de Piedad, un mechón de Leonel Álvarez y a Pachito Santos, qué diablos, para salir de él.

Criticar a los funcionarios públicos porque viajan me parece una tontería. Hace poco, por ejemplo, el senador conservador Carlos Emiro Barriga -no olviden su apellido, que después lo necesitaremos- empujó una ley para que los congresistas puedan obtener el pasaporte diplomático. En un primer momento rechacé semejante idea: pensaba que esos privilegios debían estar reservados a embajadores de verdad, a diplomáticos honorables como un Jorge Noguera, un Salvador Arana, un Carlos Arturo Marulanda. Pero después reconsideré mi posición. Y ahora creo que el problema no es que los congresistas salgan del país: el problema es que regresen.

Lo mismo sucede con Santos, y por eso aplaudo cada uno de sus viajes, incluido el que hizo a Caracas para reunirse con Chávez: un viaje al que Uribe le puso tantas trabas como las que se ha metido el futbolista Wílder Medina este año.

Pero al pobre Uribe todo le sale mal. Ya lo rechaza hasta la oposición venezolana, a cuyos miembros enseñó que los valores democráticos no tienen precio y que, cuando lo tienen, equivale al de una notaría.

A veces me dan ganas de decirle que cargue el megáfono y se vaya allá, a Venezuela, a hacer oposición: que les enseñe a los chavistas que un buen gobernante no transmite consejos populistas por televisión, ni se cree el Mesías del pueblo, ni cambia la Constitución para quedarse en el poder.

Y no lo digo por ofender a Chávez, quien ahora es de mis mejores amigos. Ni siquiera me importa que se parezca al villano de Austin Powers: ¿en qué momento el mandatario venezolano se convirtió en Mr. Evil? ¿No es eso grave para la región o, al menos, para la película?

Lo pregunto con toda consideración, porque, como salta a la vista, no es fácil tomarle el pelo a Chávez en estos momentos. Tampoco echarle en cara la inflación que padece, ya no digamos la economía venezolana, sino él mismo. Tiene llantas hasta en la nuca. Ya le quedan los calzoncillos de Alan García. Juan Piña es un esqueleto al lado suyo. ¿Nadie teme que se estalle? ¿No puede el Pincher Arias darle un subsidio para drenajes, por caridad? ¿A eso se referían cuando hablaban de la expansión chavista? ¿A que el comandante retiene más líquidos que Lucho Garzón en una fiesta?

Siempre he admirado a Chávez, y por eso me dolió verlo tan disminuido en su cumbre con Santos: es verdad que cantó, sí, pero sin el vigor de antes. Era como si, al igual que Sansón o que el excanciller Bermúdez, concentrara toda la gracia en el pelo.

Recuerdo los días aciagos en que la prensa informó que el comandante padecía de un cáncer de recto. Apareció en Cuba súbitamente flaco, con 12 kilos que acababa de perder no tanto por la enfermedad, como por el efecto sauna de ponerse la chompa de la sudadera en el calor de La Habana. Desde entonces, somos muchos los que oramos por la recuperación de ese recto. De ese prohombre. De ese gendarme de la libertad que es Hugo Chávez, cuyos enemigos utilizan su enfermedad para desatar, ay, una lucha intestina. Otra.

Ahora esos mismos medios especulan con la amenaza de una metástasis. No importa: de todos modos, el cáncer de Chávez ya se propagó por Argentina, Bolivia y Nicaragua. Y si aparecen nuevas masas, él sabrá qué hacer, porque, ante todo, es un gran agitador de masas.

Pase lo que pase, el comandante ya ingresó a los anales de la historia, más allá de que, tras su paso por el poder, a Venezuela no le quede historia. Ni a él, anales. Por eso, celebro la astuta cercanía que busca con el presidente Santos, quien tan pronto como miró la hinchazón de su colega exclamó: "¡No me crean tan pendejo!". Es una expresión que ahora utiliza bastante. También la dijo cuando Rafael Orozco ganó en Yo me llamo. Pero disimuló su impresión porque Santos sabe que no somos nadie para criticar la barriga de Chávez. Finalmente, para barrigas impresentables nosotros también tenemos a Carlos Emiro: les advertí que no olvidaran ese apellido.
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