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Opinión

  • | 2013/06/25 00:00

    De avenida congestionada a bulevar para la gente

    Cali dicta cátedra al soterrar una avenida congestionada para crear un espacio público peatonal que teje el centro histórico con su río.

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En medio de ese cúmulo de estrés en el que hemos dejado que se conviertan nuestras ciudades, somos muchos los que llevamos años soñando con la posibilidad de caminar tranquilamente al lado de un río que bordee el centro histórico de nuestra ciudad. Si bien, para algunos se trata de un lujo cuyo disfrute es solo posible en algunas de las más sofisticadas capitales europeas, para otros se trata de un sueño que se hizo realidad a ritmo de salsa. 

Sí, así como lo oye, hace solo unas semanas Cali soterró cerca de un kilómetro de la congestionada Avenida Colombia que bordea su centro histórico para crear un ‘Bulevar del Río’ para la gente (ver imagen), y en su inauguración lo celebró, cómo no, bailando al ritmo de un ‘Cali Pachanguero’, para que vea.

Durante décadas, múltiples urbanistas han reivindicado que el centro histórico de nuestras ciudades amerita un tratamiento especial en el que peatones y ciclistas sean los reyes, espacio en el que el automóvil, relegado a un segundo plano, debe entender que se mueve en un territorio que le pertenece a la gente. Hasta la fecha mucho se ha dicho pero poco se ha hecho, todavía nuestros centros históricos a diario se ven agredidos por una horda de autos que, sin dios ni ley, los atraviesan a su antojo y sin pagar por el daño causado. 

Todavía más preocupante es el caso de centros históricos de excepcional valor cultural y patrimonial como el de Popayán, la ciudad blanca de Colombia, en el que su increíble belleza se ve transformada en un burdo escenario de la guerra del centavo entre viejos buses y busetas, amenizado con peatones temerosos de cruzar la calle ante la completa ausencia de pasos de cebra. Al ciudadano de a pie no cabe más que recordarle que el cambio sí es posible y que ya es hora de exigirle al gobierno local que pase de las buenas intenciones a las buenas acciones.

Hace unas pocas semanas Cali empezó a apostarle a ese cambio soterrando una avenida congestionada para crear un bulevar que teje el centro histórico con su río, restando protagonismo al auto en favor del peatón. Pero esto ha sido solo después de un par de décadas en el que el centro histórico y las riveras del río Cali que lo bordea se fueron convirtiendo en territorio de nadie, a la vista de algunos gobiernos locales desenfocados, otros indolentes y otros tantos incompetentes, cosa que hay que decir sin rodeos pues la autocrítica es fundamental en los verdaderos procesos de cambio. 

El reto ahora es seguir reconquistando el centro histórico para el disfrute de todos los ciudadanos, y no solo de los pocos que hacen negocio con las aceras que fueron construidas con los impuestos de todos. 

En el mismo sentido, cabe anotar que del otro lado del río, en el frente norte del Centro Administrativo Municipal CAM, todavía hay un par de absurdos puentes peatonales que hace más de dos décadas se implantaron como provisionales y terminaron siendo una permanente e infranqueable barrera para los miles de ciudadanos con movilidad reducida (adultos mayores, mujeres en embarazo, adultos con niños, personas en situación de discapacidad permanente o temporal) que circulan a diario por la zona. 

Dichos puentes deberían ser derribados como regalo a la ciudad y su gente, si se quiere, bailando al ritmo de un ‘Oiga, mire, vea’ para dar paso, nunca mejor dicho, a pasos de cebra con semáforo y,  ya entrados en gastos, acompañarlos de cámaras caza-infractores por si algún conductor se niega a aprender por las buenas las ventajas de recuperar la cultura ciudadana, al menos en el centro de la ciudad.

Cali está de celebración y hay motivos para ello. Pero, aún siguen las dudas sobre cuándo serán despejadas las sombras que se posan sobre las supuestas irregularidades cometidas en el trámite que hizo posible que en el 2009 se aprobara un paquete de obras a financiarse mediante cobro por valorización por monto cercano a 1 billón de pesos, paquete cuya construcción tiene a la actual Alcaldía en vilo. 

Y no podría ser de otra manera, pues se recibió un amplio paquete de obras por construir pero desfinanciado, sin estudios técnicos de rigor que justifiquen su prioridad frente a otras obras, sin presupuestos ajustados a la realidad y con unas finanzas públicas solo comparables con una olla raspada. 

Así pues, a la luz de las verdades y sin apasionamientos, el merito del Bulevar del Río parece no ser tanto de la administración que lo inició, sino de aquella que en medio de tantas dificultades fue capaz de terminarlo, teniendo en cuenta que este es un país en el que, durante demasiados años, tantas obras han quedado inconclusas y no ha pasado nada.

Los amantes de los récords sacan pecho al decir que el soterramiento de la Avenida Colombia, con sus 970 metros de longitud, se convierte en el túnel urbano más grande de Colombia, cosa que es cierta, así que también felicitaciones por ello. Aunque, honestamente, eso es lo de menos. 

Lo realmente importante es lo que surgió en la superficie, donde la sola existencia de un espacio público agradable y seguro, ha hecho que la gente salga a caminarlo, aunque todavía no haya restaurantes, cafés ni galerías de arte, todo un contrasentido con respecto a lo que dictan los manuales de urbanismo que hoy reposan silenciosos en los estantes.

* Consultor e investigador en movilidad y urbanismo. www.movilidadyurbanismo.com
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