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Opinión

  • | 2008/07/01 00:00

    De cautiverio en cautiverio

    A través de la glamourización del secuestro los colombianos calculan su propio valor, tasan a los otros e imaginan las vidas ajenas. Jorge Eduardo Gechem pasó del cautiverio de las Farc a ser cautivo de la curiosidad de sus amigos.

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Hace unos años, cuando los reality shows eran novedad en Colombia y se realizó el reality nacional “La Granja”, alguien hizo un chiste fácil: “Si quieren hacer un reality show sobre la supervivencia en el campo colombiano, podrían prepararles a los concursantes un ataque guerrillero y llevárselos seis meses a caminar encadenados por la selva”.

Se realizaron otros realities, sobre cautivos en otras selvas, mientras que la realidad seguía realizándose por su lado. Pero el cautiverio del espectáculo y el de la realidad fueron encontrando otras maneras de coincidir. Al final del año pasado asistimos al drama del hallazgo de Emmanuel; la trama recurrente de las telenovelas latinoamericanas, la del niño robado de filiación misteriosa, reaparecía en la vida real convertida en asunto de interés público y en historia nacional. Más recientemente, fuimos espectadores de un par de episodios de la vida privada de Jorge Eduardo Gechem Turbay, el congresista que estuvo secuestrado durante seis años por las Farc.
 
La sección “Sociedad” de la revista Semana se ocupaba la semana pasada de la recepción que una prima del ex congresista ofreció con motivo de la liberación de su pariente. Decía la nota que “al homenaje asistieron familiares y amigos del dirigente político huilense, por lo que el reencuentro estuvo lleno de manifestaciones de afecto y cariño hacia él. Aunque algunos de los invitados no pudieron evitar la tentación de preguntarle por la dura experiencia durante el cautiverio, la mayor parte de la reunión se concentró en temas más amables como la felicidad de volver a casa.”

De la página saltaba a la vista una incongruencia, un traspaso violento de la frontera entre el espectáculo y la realidad política. Los temas usuales de la sección “Sociedad” (la boda del hijo de un magnate, la inauguración de la exposición de un artista con buenas relaciones públicas, un coctel en una embajada) quedaban en el mismo plano y al mismo nivel que la libertad de un secuestrado. Sobre este tema, como sobre aquéllos, no había nada qué escribir además de alguna frase de cajón (“manifestaciones de afecto y cariño”) y la correspondiente acta de exclusión: la lista de los nombres de los invitados fotografiados. La ocurrencia parecía tan surreal que por un momento creí que entre éstos últimos estaría alguno de los captores de las Farc.

Tras la sorpresa de encontrar tan peculiar homenaje en las sociales, pensé: “Todo se está volviendo igual a todo”. Luego recordé que la glamourización del secuestro no es algo nuevo. Desde que tengo memoria, he oído a gente que dice “le secuestraron a un hermano” o “el papá estuvo secuestrado” para dar fe de la solvencia, la importancia o incluso la probidad de un tercero. En el exterior, es corriente que ciertos colombianos cuenten que tienen a un amigo, un conocido o un pariente secuestrado para darle a su interlocutor una idea de la clase social a la que pertenecen; para que el gringo no vaya a pensar que quien habla es un inmigrante colombiano de los que salen al mundo a buscarse la vida.

No pude evitar imaginar al ex cautivo Gechem, ahora cautivo de la curiosidad de sus asociados, oyendo las preguntas que, según la nota, los invitados no pudieron evitar hacerle sobre la dura experiencia en cautiverio. ¿Qué le preguntaron? ¿Si le daban poquita comida? ¿Si le daban pesadillas? ¿Y cuáles serían los “temas más amables” que se tocaron en la recepción? ¿Temas como la biodiversidad de la selva colombiana? ¿De qué se habla en una bienvenida a un cautivo, cuando esa bienvenida es el tipo de evento que aparece en las sociales?

Quizás no sea completamente inapropiado que la prensa trate al ex secuestrado como al viajero que regresa de un país fantástico o al enviado que retorna de una corte remota. ¿No es acaso la selva colombiana un país exótico para la mayoría? ¿Y no es la guerrilla, para los festejantes, una corte extraña, de una tierra y un tiempo lejanos? Quizás tampoco sea del todo inconveniente que se reconozca el aspecto espectacular del secuestro. ¿No es el comportamiento de las personas en cautiverio el espectáculo de todos los reality shows?

Tres días después de haber visto la nota de “Sociedad”, encontré la noticia de la separación de Gechem y su esposa. Gechem aparecía zozobrante en un video, tratando de no decir nada al mismo tiempo que intentaba aparentar que daba una explicación. Parece que el país (o lo que suele llamarse “el país” y debería llamarse “los medios”) esperaba que su cautivo rindiera cuentas sobre su vida conyugal como un personaje de la farándula en una revista del corazón. Por cierto, a la luz de este desarrollo, es posible que la experiencia de volver a casa no sea simplemente feliz como asumió el reportero de la sección “Sociedad”.

La ruptura del matrimonio de Gechem entrará a enriquecer el coloquio nacional, sumándose a otros temas derivados del secuestro y alrededor de los cuales giran incontables conversaciones cotidianas, a saber: quién es el más simpático de los hijos de Ingrid Betancourt; quién será, cómo será y dónde estará el padre de Emmanuel; cómo fue que se agrió en la selva la relación entre Ingrid y su amiga Clara, etc.

La convivencia con el secuestro genera discursos que comunican las esferas pública y privada, e influye en la manera como los colombianos calculan su propio valor, tasan a los otros e imaginan las vidas ajenas. Además de ser víctimas y perpetradores del secuestro, somos también sus espectadores.
 
Uno puede opinar que ocuparse de este aspecto del secuestro es trivializar una experiencia extrema, pero también puede opinar que la banalización tiene lugar cuando los medios reducen el espectro de las percepciones con respecto al secuestro a dos posibilidades: la indignación por el cautiverio, manifestada en la plaza pública, y la alegría de la libertad, fotografiada en la casa de una prima.



*Carolina Sanín es novelista y tiene un doctorado en literatura de la Universidad de Yale, Estados Unidos.

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