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Opinión

  • | 2004/10/03 00:00

    ¿De dónde es usted?

    No bastan tres generaciones de vida, residencia y trabajo en Suiza para limpiar tu origen racial. Si tu 'sangre' no es suiza, no eres suizo

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Como nadie escoge el lugar donde nace, el sitio de nacimiento es un puro accidente: no es una culpa ni un mérito. En este sentido, la nacionalidad de cada cual no debería tener ninguna importancia, pues el suelo no imprime carácter. Así como la astrología es una idiotez (o si mucho, un juego de sociedad) mandada a recoger por los métodos serios de comprobación, así mismo una especie de 'geología' que determina lo que 'somos' según el sitio donde vinimos al mundo tampoco tiene mucho asidero real.

Sin embargo, una convención de los países más civiles consiste en otorgar la nacionalidad según el 'Ius soli' o derecho de suelo: si uno nace en el territorio de un país X, tiene derecho a la nacionalidad X. ¿Por qué? Porque es un criterio cómodo y demostrable: Si a uno lo alumbran en la Cochinchina, entonces 'es' de la Cochinchina. Este criterio no rige en todos los países del mundo. Aquellos que tienen un concepto típicamente racial o religioso de su nacionalidad, la conceden únicamente a los hijos de los nacionales. Así es en Holanda, por ejemplo, pues si un hijo de indonesios nace en Holanda, ese niño no es holandés. O en Israel, donde la discriminación es religiosa: si tu madre es judía, tienes derecho a ser israelí automáticamente. Pero si, como le sucedió a un monje católico, te convertiste a otra religión, ya no tienes derecho a ser israelí aunque tu madre sea judía.

El caso de Suiza es aún más dramático. No bastan tres generaciones de vida, residencia y trabajo en ese país para limpiar tu origen racial; si tu 'sangre' no es suiza, no eres suizo. Lo acaban de confirmar los suizos, por amplia mayoría, en un referendo. A los 'jeunes étrangers', como les dicen, o también los 'secondos' y los 'tercios', es decir, los 'jóvenes extranjeros' de segunda o tercera generación, no se les concede automáticamente la nacionalidad. Si una familia turca emigró a Suiza en 1910, tuvieron un hijo allá en 1920 y este hijo vive y trabaja (como turco) allá desde hace 80 años, los hijos de ese turco nacido en Suiza todavía no son suizos automáticamente. Más o menos sería como negarle aquí la nacionalidad al presidente Turbay.

Hasta no hace mucho tiempo los países discriminaban a las personas en el momento de su nacimiento según la nobleza o villanía de sus padres. Si uno tenía la suerte de ser descendiente de nobles, era noble (sin tener que demostrar en la vida ninguna nobleza de carácter), y si tenía la desgracia de ser hijo de villanos, toda la vida sería villano (por muy ilustre que fuera su intelecto o su valor). Esta discriminación ha desaparecido de casi todos los países civiles. Pero todavía casi todos los países sienten la nacionalidad como una señal de alcurnia. O bien, como en el caso de Colombia y otros países parias, también la nacionalidad puede ser vista por los otros (e incluso por nosotros) como una mancha de villanía, de bajeza y hasta de delincuencia.

Los suizos ven el hecho de ser suizos como un mérito, aunque no se entiende bien qué méritos ha hecho un neonato para ser considerado con un privilegio o con un estigma de nacimiento. Sería bueno saber qué hacen con los niños expósitos. ¿Los clasifican como suizos o no según el color de la piel o una prueba de ADN? Porque en los expósitos no se puede conocer el abolengo de los padres. Los ganadores del referendo en el país alpino tenían un afiche en el que unas garras negras y amarillas trataban de apoderarse del rojo y cruzado pasaporte suizo. También tenían una consigna: "La ciudadanía suiza hay que merecérsela". Supongamos que sea así. Pero en tal caso no se la deberían conceder a nadie antes de los 20 años, a ver si cada adulto se la merece o no. Y revocarla a cualquier edad.

En el mundo actual algunas de las más graves violaciones a los derechos humanos se cometen en razón de la nacionalidad. Se cometen terribles discriminaciones según el pasaporte. Sé de muchas colombianas que al sexto o séptimo mes de embarazo se van para Miami a parir. Al nacer, en vez de Pablo, ponen al hijo Paul y lo envuelven en la bandera de bandas y estrellas. Mandan fotos por mail, llenos de orgullo. Y por ridículo que parezca, la cosa tiene sentido: al menos así están seguros de que Paul nunca será enviado a que 'NO' lo juzguen en Guantánamo. Quizá por esto ya existe un movimiento político en Estados Unidos que intenta eliminar el 'Ius soli', o el derecho a la nacionalidad por nacimiento.

Y al menos así, también, al entrar a Estados Unidos, Paul no tendrá que ser reseñado como un delincuente, con foto de perfil y de frente, más las huellas digitales. Esta humillación no se impone a todas las nacionalidades cuando se entra a Estados Unidos: sólo, digámoslo así, a los villanos, es decir, a quienes tuvimos la mala estrella (o la mala tierra) de nacer en países pobres en un mundo que cree en la hidalguía del suelo. Pero a propósito de esto hay un único país pobre, tercermundista, que ha tenido el valor y la elegancia de devolver el favor. Cuando uno llega a Brasil hay una fila larga de caras largas. Dice: US Citizens. Y a ellos, sólo a ellos, se les obliga a tomarse una foto y a dejar las huellas antes de entrar en territorio brasileño. En este caso creo que Paul y los demás se lo merecen.
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