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Opinión

  • | 2013/06/05 00:00

    De la homofobia del Congreso a la ceguera del Procurador

    No es de extrañar que la bancada conservadora del Senado sea implacable con las manifestaciones morales que se alejan de su libreto, pero permisivo con la corrupción.

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Cuando aseguramos que Colombia es un país católico, no sólo estamos reafirmando un conservadurismo que heredamos seguramente de una larga lista de personajes oscuros que saquearon nuestras tierras en nombre de un rey que no conocimos, sino que, a su vez, estamos defendiendo los viejos postulados de una doctrina que nos impusieron a punta de lanza, y que ha sido, en gran medida, la causante de los más horrendos crímenes de la historia humana.

De manera que borrar ese lastre de un plumazo como quien borra un tablero, es en realidad una misión casi imposible, pues si hay algo que puede resultar inamovible a la hora de enmarcar un debate son las ideologías. Por eso no es de extrañar que en Colombia hasta los que se precian de ser liberales, resulten conservadores, así como lo es esa otra izquierda que, desde las montañas, pretenden cambiar el rumbo del país con tiros de fusil, secuestros y otras acciones que resultan repudiables para cualquier sociedad civilizada.

El debate que suscitó en los medios de comunicación y en las redes sociales las expresiones homófobas de un ‘digno representante’ del Senado y de un Congreso que rechaza de tajo las uniones entre parejas del mismo sexo, no debería, en realidad, sorprender a nadie, ya que defender el status quo implica defender unos patrones que son productos de unas estructuras mentales que tienen su origen en la Edad Media, un periodo que es definido por Federico Nietzsche como el momento pueril de la humanidad. En otras palabras, el tiempo de la niñez y de la irresponsabilidad, pero sobre todo, el de la incapacidad para deslindar la realidad de la fantasía.

Son estos mismos patrones los que han dividido a las sociedades entre buenas y malas, entre ricas y pobres, entre blanca y negras. Y han alzado enormes murallas de prejuicios que han propiciado numerosas guerras, tanto étnicas como religiosas. La no aceptación del otro es la negación, en primera instancia, de aquello que nos hace diferente, pero, ante todo, el desconocimiento de unos derechos que surgieron gracias a la Revolución Francesa y que a lo largo de los siglos se han ido ensanchando para cubrir esas rendijas diferenciales que van más allá del color de la piel, las manifestaciones religiosas y las tendencia sexuales.

No hay duda de que el desconocimiento de la historia nos lleva irremediablemente a su repetición. Creo que esto es lo que está pasando con los ‘honorables congresistas de la República’ y el ‘inquisidor’ Ordóñez, quienes, más allá de la camándula y su retórica católicista, lo que ponen de relieve en sus intervenciones es la ignorancia manifiesta de unos hechos que marcaron profundamente la historia del hombre. Es desconocer que para una civilización tan avanzada como lo fue la Antigua Grecia, maestros del arte y la filosofía, la mirada sobre las conductas sexuales no insertaban el concepto de pecado. Estas eran parte de un abanico cultural que se extendía a lo largo y ancho de todas las esferas sociales. Por esto, era completamente normal que el gran Sócrates, al igual que Platón y Aristóteles, tuvieran sus mujeres y, al mismo tiempo, se les viera por las calles de Atenas agarrados de la mano de un jovencito. Era tan normal esta situación que, incluso, en los ‘altos estratos sociales’, se habían creado escuelas donde los padres llevaban a sus hijos para que fueran instruidos tanto en el arte de la política del Estado como de los menesteres de la cama.

La aparición del cristianismo en Grecia llegó de la mano de una facción conservadora del gran Imperio Romano, que impuso, bajo la fuerza de la espada, una religión que pregonaba la existencia de un dios único, omnipotente y omnímodo, que odiaba a los homosexuales y que no permitiría por ninguna razón que alguno de estos ‘raros’ entrara al reino de los cielos, pero que se contradecía al asegurar que todos éramos hijos del mismo padre; es decir, del mismo dios.

Es por estas mismas razones que desempeñar un cargo público -cualquiera que este sea- no implica el rompimiento de unas barreras culturales, o la superación de las taras mentales impuestas por una axiología dominante que ha pretendido establecer un orden social único y mostrarlo como si fuera el verdadero. Un orden que, a lo largo de muchos siglos, mantuvo a la mujer amarrada al espacio de la cama y la cocina, donde su libertad tenía igualmente sus límites. Un orden que ha permitido los asesinatos selectivos, la quema de libros, la persecución de opositores en nombre de un dios ‘amoroso’, la justicia primitiva del ojo por ojo y la declaración de guerra a todas aquellas manifestaciones religiosas que estuvieran en contra de los principios cristianos.

No es de extrañar entonces que la bancada conservadora del Senado de la República, sea implacable con aquellas manifestaciones morales que se alejan de su libreto, pero permisivo con la corrupción que florece como hierba mala a lo largo y ancho del país. Tampoco ha de extrañar que sea ese mismo recinto el que haya reelegido como Procurador a un señor que representa todas aquellas razones –o por lo menos un gran número de ellas-- por las cuales se le dio vida a la carta magna de los Derechos Humanos. Un señor que aún considera que su función sigue siendo la misma que desempeñó la Inquisición, y que como tal sigue viendo herejes; sigue quemando libros y, de paso, sacando de la carrera política a todo aquel que piensa distinto; sigue odiando a los homosexuales y cuestionando la independencia de la mujer y el derecho de decidir sobre su cuerpo; sigue mirando la paja en el ojo ajeno pero ignorando la viga en el propio; sigue negando a voz en cuello el holocausto nazi aunque la historia diga lo contrario; sigue actuando con mano de hierro sobre aquellos que manifiestan una posición diferente, pero tratando con guantes de seda a todos los corruptos que tienen el poder de mantenerlo en el cargo.

Esa doble moral de un empleado del Estado que tiene como función la vigilancia de las conductas de los otros empleados públicos, se ha puesto de manifiesto repetidas veces en sus sentencias, que, por cierto, se han constituido en el hazmerreír de los programas de derecho de las universidades del país porque van en contravía de toda lógica y a favor de los intereses de los investigados. Fue esta misma razón que lo llevó a pedirle a la Corte Suprema de Justicia la absolución de Javier Cáceres Leal, un expresidente del Congreso de la República, manilargo, que fue condenado a nueve años de presión por nexos con grupos paramilitares. Sin embargo, esgrimiendo razones contrarias, no vaciló un segundo en firmar la sentencia que despojaba a la senadora Piedad Córdoba de su curul y la inhabitaba por 18 años para ocupar cargos públicos, todo por razones que aún no son claras, pero que resultaron suficientes para un señor que todavía cree, como lo ha manifestado hasta la saciedad la Iglesia Católica, que la única función del sexo es la procreación, y que cualquier otra interpretación más allá de esta es, sencillamente, ir contra la naturaleza humana. Y, por supuesto, contra la voluntad de Dios.

*Profesor de comunicación y literatura de la Universidad Tecnológica de Bolívar. En 2008 obtuvo el premio nacional de ensayo sobre la Matanza de las Bananeras, organizado por la Revista Semana, la Fundación Carolina Colombia y el diario El Universal. Ganador del primer premio del 6º Concurso Nacional de Cuento 2012 RCN-MEN en la categoría docente.
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