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Opinión

  • | 1995/03/06 00:00

    DE LA CANDELARIA A WASHINGTON

    Nuestro embajador en Washington tiene una arrogancia que difícilmente se le aceptaría a un canciller alemán.

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ES DIFICIL ENCONTRAR UNA EPOCA EN la historia en que las relaciones entre Colombia y Estados Unidos hayan sido más difíciles. Seguramente hay casos: cuando se llevaron a Panamá, por ejemplo. Pero no hay muchos más.
La imagen de un embajador americano hablando pestes de Colombia en un foro importantísimo en Nueva York no hace parte de las costumbres diplomáticas entre los dos países. Y mucho menos si el tono del discurso no tiene ese aire personal de los diplomáticos díscolos (caso que también se ha dado), sino que la intervención está llena de expresiones del estilo de "en Washington piensan" o "el presidente Clinton opina", que le dan al asunto un aire mucho más institucional.
El discurso del embajador Myles Frechette no deja duda: el gobierno de Estados Unidos se está distanciando de Colombia de una manera evidente, y eso, de por sí, constituye una voz de alerta tan fuerte como para que en el gobierno colombiano estén disparadas todas las alarmas.
El asunto tiene explicación, claro. Todo el mundo sabe que el problema es el narcotráfico. El final aparente del cartel de Medellín hizo que EE.UU. volteara sus ojos hacia el cartel de Cali, y que empezara a exigir un tratamiento similar al que se le dio a Pablo Escobar y su pandilla (el último tratamiento, no el primero), lo cual es difícil, tanto desde el punto de vista militar como político. Pero esas son disquisiciones sobre un tema que tiene mucho de largo y de ancho. El asunto aquí es que Colombia (justa o injustamente) tiene deshilachado el lazo de unión con Estados Unidos, lo cual convierte el momento en una situación de emergencia.
Todo el mundo parece ser consciente de ese problema, menos nuestro embajador en Washington. El doctor Carlos Lleras de la Fuente -ilustre, inteligente, preparado, querido, etc...- ha mostrado durante toda su gestión una arrogancia peligrosa. Desde el discurso mediante el cual presentó cartas credenciales hasta sus reacciones al discurso del embajador Frechette, el tono de las intervenciones de Lleras insinúan la premisa de que él tiene nivel de canciller alemán. Nada más falso. Colombia es una República de tercer nivel en el concierto mundial por su envergadura (doloroso, pero cierto) y de quinta categoría por su prestigio (más doloroso pero aún más cierto).
Por eso, los calificativos de 'vampiros', 'ridículos' e 'ignorantes' que el embajador le atribuye a los gringos por tener a Colombia en su lista negra son tan ingenuos como peligrosos. Lo que la realidad diplomática está mostrando es que las circunstancias que permitían un cierto manejo de nuestros problemas internos con Estados Unidos han cambiado. La mayoría del Congreso es republicana, y las relaciones internacionales y la ayuda a estos países son dos de los temas de divergencia política estructural con los demócratas. La guerra con Escobar, en medio de todo, hacía algo más fácil la relación con los americanos.
Pero no hay que olvidar que la odiosa certificación de buen comportamiento que exige Estados Unidos fue posible incluso cuando se introdujo la no extradición en la Constitución, cuando se inventó la política de sometimiento y cuando se fugó Pablo Escobar. Eso significa que mediante la diplomacia se puede convencer a los gringos de que con métodos distintos se alcanza el mismo objetivo: luchar contra el narcotràfico.
Y eso sólo se logra con paciencia, con discreción y con humildad. Con una labor de hormiga ante los funcionarios de alta y baja categoría del Departamento de Estado, vendiéndoles con originalidad y astucia la política del presidente Samper, que suponemos honrada y acertada. Pero un embajador de Colombia en Estados Unidos -siempre, pero con mayor razón en épocas de crisis- no puede referirse al presidente de Estados Unidos como se refiere al alcalde un concejal de municipio.
Salvo que el caso sea que empezó la moda de hacer política doméstica a través de las relaciones con Estados Unidos, lo cual sería mucho más grave que un simple caso de falta de tino.
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