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Opinión

  • | 1983/06/06 00:00

    DE LA MALICIA INDIGENA A LA ESTRATEGIA ESPACIAL

    Cada minuto que pasa estamos más lejos de que los países desarrollados reconozcan taxativamente nuestro derecho geostacionario

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Un ciudadano medio está obligado a saber, por lo menos a medias, qué es la órbita geoestacionaria, pero con toda seguridad ha sido medianamente informado por la falta de precisión de ciertos conceptos que le incumben directamente al tema.

Para comenzar, la órbita geoestacionaria no existe. Lo que existe es un lugar geométrico, situado a 35 mil kms. del planeta, cuya principal y quizás única característica consiste en que todo cuerpo que orbite en esta franja lo hace a la misma velocidad del movimiento de la Tierra y traza de esta manera, la ahora sí bien llamada órbita geoestacionaria.

Colombia comparte, con otros nueve países ecuatoriales, el privilegio de subyacer geográficamente a dicho lugar geométrico, y respaldados por tal circunstancia hemos venido reclamando la soberanía sobre nuestro segmento de órbita geoestacionaria. Pero cada minuto que pasa estamos más lejos de que los países desarrollados, temerosos ante la posibilidad de depender de diez inestables naciones ecuatoriales en algo tan tremendamente vital como la eventual colocación de satélites en dicha franja, reconozcan taxativamente nuestro derecho geoestacionario y estén dispuestos a respetarnoslo.

La tesis de la soberanía, que es la que hasta ahora hemos venido esgrimiendo en compañía de nuestros nueve "socios", ha logrado despertar un interés irreversible sobre el tema pero se encuentra mortalmente estancada en la actualidad. La razón de dicho estancamiento radica, por un lado, en que la soberanía sólo puede reclamarse mediante su ejercicio, y por el otro, en que para poderla ejercitar es necesario poner en órbita un satélite colombiano sobre la franja geostacionaria. El único de los diez países ecuatoriales que, en este sentido, ejerce en la actualidad su soberanía es Indonesia, con el satélite Palapa, llamado así en honor de una fruta que, de acuerdo con la mitología nacional, nadie podía comer hasta que no se unieran las casi tres mil islas que conforman el archipiélago. En el segmento geoestacionario colombiano flota tranquilamente en la actualidad un satélite metereológico norteamericano, y en 1984 será lanzado otro de la misma nacionalidad; esta especie de colonización espacial sobre nuestro segmento geoestacionario que no es agotable pero sí limitado implica el riesgo de que el día en el que Colombia lance su propio satélite, éste podría verse interferido radioeléctricamente por los dos o más satélites norteamericanos que estuvieran en ese momento orbitando; ya, en términos prácticos, tenemos un problema de restricción espacial, que aun cuando es subsanable técnicamente, debe ser controlado jurídicamente mediante una ofensiva distinta o por lo menos complementaria a la tésis de la soberanía.

El lío comienza en el artículo 2 del Tratado de 1967 sobre espacio ultraterrestre, donde se dice que este no es propiedad de nadie. Colombia ha sostenido la sofisticada teoría de que el concepto de órbita geoestacionaria debe sustraerse del de espacio ultraterrestre, porque en esta zona situada a 35 mil kms. del Planeta los fenómenos gravitacionales nuevamente dependen de La Tierra. Eso suena tremendamente convincente, pero el error está en exponer el derecho geoestacionario con un criterio excluyente, enfrentando el potencial privilegio de diez países contra el resto de naciones del mundo.

Si queremos llegar algún día a ejercer la mencionada soberanía hay que trabajar de inmediato en pos de un nuevo orden jurídico espacial que la contemple y que la garantice; ello implicaría, sin embargo, una difícil votación en el seno de las Naciones Unidas donde básicamente requeriríamos votos a favor. Y teniendo en cuenta que la ventaja tecnológica de los países desarrollados los convierte, en la actualidad, en nuestros principales enemigos por tratarse de poderosos y quizás irreversibles colonizadores de nuestro espacio geoestacionario, sería políticamente acertado buscar el apoyo que necesitamos entre los países subdesarrollados a través de los foros internacionales en los que éstos tienen asiento, por ejemplo a través de los No Alineados o del Grupo de los 77, presentándoles la causa de la franja geoestacionaria con el criterio amplio y generoso de que, si bien las diez naciones ecuatoriales se consideran soberanas sobre sus segmentos, a los demás países pobres se les garantizaría un derecho de preferencia frente a los ricos sobre este recurso natural que muy probablemente tendrán que utilizar en un futuro no muy lejano, cuando sus circunstancias tecnológicas y económicas les permitan lanzar su propio satélite.

Dios, en su infinita generosidad, cumplió su parte, al habernos facilitado geográficamente la utilización de la órbita geoestacionaria como el derecho a un valioso recurso natural. Pero ahora los colombianos, en nuestro infinito espíritu leguleyo, debemos ingeniarnos la forma de reclamarlo...
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