Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/05/16 00:00

De las malas causas y las buenas razones

La autodefensa lleva a la extinción propia. Así lo plantea Germán Ortiz, profesor de la Universidad del Rosario, que parte de la desaparición del líder paramilitar Carlos Castaño para hablar sobre cómo una mala causa camuflada en una buena razón lleva a justificar acciones violentas ampliando así las dimensiones del conflicto.

De las malas causas y las buenas razones

Un historiador, Crane Brinton advertía alguna vez: "Mientras aquellos que no conocen la historia van rumbo a repetirla, aquellos que la conocen también van rumbo a repetirla". Tal parece que dicha advertencia va a ocurrir en Colombia con la desaparición del escenario político-militar de Carlos Castaño. Independientemente de la veracidad del relato periodístico de un personaje cuyas acciones siniestras marcarán sin duda una etapa reciente del país, sus efectos y popularidad mediática parecen confundir un tanto a la opinión pública, seducida por las muchas razones que dieron origen al 'mito social' que como otros semejantes, transforman con el tiempo sus malas causas por buenas razones, justificando lo injustificable en una sociedad que puede terminar creyendo en lo ejemplarizante de las acciones de guerra donde el conflicto simplemente se degrada sin que nadie pueda hacer algo por cambiarlo.

Pero las malas causas que dieron fuerza a su figura y que impulsaron el fenómeno paramilitar en Colombia a comienzos de los años 80, pueden ser en contexto las mismas que en los 60 darían fuerza a las guerrillas comunistas de las Farc y quizás las que originarían atrás, en los años 40 y 50, personajes tristemente célebres ahora parte de los manuales de historia, perdiéndose sin proponérselo, la poca memoria que nos queda sobre aquella época. Caracterizados por su extrema frialdad y sevicia en las ejecuciones a campesinos liberales y conservadores, fueron apareciendo evidencias de su existencia en los titulares de prensa de entonces y en los cruentos resultados y la particularidad de sus nombres: 'Sangrenegra', 'Desquite', 'Media Vida', 'Capitán Venganza', 'Brincos', 'Chispas', son los apodos de personas que tuvieron la desfortuna de una mala causa en sus vidas para convertirse con buenas razones, en líderes de algunas de las cuadrillas de bandoleros más temerarias que azotaron los campos de La Violencia.

Causas que se encuentran en la incapacidad de un Estado por convencer a los ciudadanos comunes y corrientes que la justicia y la venganza por las propias manos no es otro paso más, que la extinción propia. Que la autodefensa -liberal, comunista o paramilitar según sea la época histórica- no abre otra salida distinta que la de ensanchar el camino a la violencia indiscriminada. Los odios de retaliación mutua no prueban otra cosa que los apuros de un Estado inerme porque sus ciudadanos sienten que nadie les protege y deciden actuar sin consideración legal o moral alguna. Por supuesto, con el tiempo ciertas declaraciones mediáticas parecen legitimar los horrores de la guerra. Lo que no cambia en nada ni la situación de quienes viven en las esquinas de las calles desplazados por las acciones, o sienten que perdieron a sus seres más cercanos y aún nadie las da una buena razón que lo justifique. A su vez es bueno recordar, que pocos de estos personajes de la vieja violencia, sobrevivieron al genocidio partidista. Sus historias quizás se cuenten por los nietos que a su vez debieron leerlas en los textos, porque pocos vivieron para contarlas.

¿Y de las buenas razones?

En cambio, algunos ven en las razones justificadoras un evento informativo para divulgar. Así existen muchas razones para mostrar que lo que se hizo no estuvo tan mal. Se despliega sin consideración social información de fuentes 'oficiales'. Se legitiman declaraciones y declarantes sin advertir a la opinión pública, que quien lo dice puede tener serios reparos de la justicia y sus palabras -ciertas o no- contener implícitamente manipulaciones y falacias que nadie está por contrastar. La credibilidad de los hechos parece provenir tan sólo, del rol y la naturaleza de quien lo dice y no de los hechos mismos como ocurre a diario con la sobreabundancia de fuentes que cuentan historias 'oficiales', las del movimiento por supuesto, y no de los procesos que dieron origen a dichos eventos. Es ahí donde se pierde todo rastro de la memoria que tanto se necesita en Colombia para no olvidar lo que no puede volver a ocurrir.

¿Quién ha reconocido ante los medios de información responsabilidades y pagos por los marranos y las gallinas que le robaron a 'Marulanda' en Marquetalia en 1964 y de lo cual pidió explicaciones en uno de los discursos de inauguración en 1999 en la entonces zona de distensión? ¿Quién se ha preocupado por explicar a la familia Castaño en qué va el proceso del asesinato de su padre y del castigo de los culpables? Peor aún. ¿Nadie le preguntó a 'Chispas' por qué su odio profundo a la sociedad y si eso correspondía al terror que sintió de niño al ser testigo de la violación y la masacre de padres y hermanos? Y así uno a uno habrá que preguntarles a los actores del conflicto, a los cientos de víctimas inocentes e incluso a los nuevos señores de la guerra. Todos necesitan resolver quizás en el perdón pero sobre todo en la reparación, las malas causas que los empujaron a un conflicto social que aún no aprende del valor de la memoria para resolverlo, y se desplaza forzado al de la conveniencia política del olvido, para buscar la tan anhelada paz que muchos colombianos desean.

Este asunto de la memoria es tan importante para cualquier sociedad en el mundo, que quiera dejar en sus generaciones futuras el recuerdo (no el simple recuento) de las víctimas y los victimarios para que dicho asunto no vuelva a ocurrir. No en vano aún se conservan partes de los campos de concentración y exterminio nazi en Alemania no sólo para la curiosidad turística sino porque esos muros representan un llamado de atención a los niños y adultos que se preguntan por qué ocurrió tal holocausto. El único edificio en pie que quedó en Hiroshima luego de la explosión atómica sirve de centro para reunir a sus habitantes cada 6 de agosto y recordar las víctimas de semejante acto. Igual sucede en Camboya donde en el último quinquenio de los años 70 ocurrió uno de los más atroces genocidios de la historia contemporánea con Pol Pot a la cabeza. Hasta el lugar donde fue incinerado su cuerpo con todas sus pertenencias de aseo incluso las más íntimas, se conserva como un pequeño espacio del horror causado por un hombre que asesinó a más de dos millones de personas en tan solo tres años. Y qué pensar de Argentina donde hace unas semanas se abrió en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) un museo a la memoria por los cientos y quizás miles de argentinos torturados y desaparecidos allí. En su discurso de apertura, el presidente Kichner repitió unas palabras varias veces para llamar la atención de su opinión pública: Nunca más. Nunca más, al referirse a esa oscura etapa de la historia reciente de país.

Pero en Colombia la coyuntura informativa y en general el proceso de acercamiento a la solución negociada del paramilitarismo parece no marchar en igual sentido. De hecho todo este asunto de la alternatividad penal que hoy cambió de nombre por aquello de pensar en las víctimas, quizá tan sólo en nombre, ha sido tratado por los medios de comunicación desde los victimarios. Y hablar de un museo de la memoria en el que faltaría espacio para llenarse de piezas y recuerdos de los muchos crímenes de guerra cometidos parece poco menos que extravagante. La obra donada del maestro Botero hace unos días podría ser un buen comienzo para dicho lugar. De lo contrario en medio de tanta trivialización social puede ocurrir si no está ocurriendo ya lo que advierte el escritor Tzvetan Todorov: "Arrojados a un consumo cada vez más rápido de información, nos inclinaríamos a prescindir de ésta de manera no menos acelerada; separados de nuestras tradiciones, embrutecidos por las exigencias de una sociedad del ocio y desprovistos de curiosidad espiritual así como de familiaridad con las grandes obras del pasado, estaríamos condenados a festejar alegremente el olvido y a contentarnos con los vanos placeres del instante".

*Profesor de la ECH de la Universidad del Rosario

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