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Opinión

  • | 2013/07/30 00:00

    De ministro luminoso a presidente titilante

    Juan Manuel Santos comenzó con gran apoyo popular y hoy no sobrepasa el 40 % de la favorabilidad.

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Al hombre lo conocí en Cartagena de Indias. Yo trabajaba por entonces para un periódico de la ciudad y una mañana temprano se produjo un revuelo en la sala de redacción. La puerta se abrió y apareció aquel señor enfundado en una guayabera blanca. Era pequeño. De cabellos abundantes pero ordenados.  Pasó por cada uno de los cubículos extendiendo su mano y sonriendo como lo hubiera hecho una de las candidatas al Reinado Nacional de la Belleza. 

Decir que lo conocí es un error. Cuando me extendió la mano, sentí su delicadeza. Era una mano de oficinista. Delgada y blanca. Estaba seguro de que no había levantado más peso que el de un bolígrafo. Sabía que había sido periodista, ministro durante el gobierno del presidente César Gaviria y que ahora, en 1997, su nombre sonaba para ser presidente de la República. 

Fue la primera vez que lo vi. Y el recuerdo que conservo de aquel fugaz encuentro estaba relacionado con el olor de su colonia. Me pareció buena gente. Al fin y al cabo no tenía motivos para no serlo. Había nacido en el seno de una familia bien. Había estudiado en el exterior y tenía la posibilidad de llegar a ocupar la silla presidencial. Lo volví a ver un par de veces caminando por las callecitas de la ciudad en compañía de algunos políticos locales y un grupo numeroso de guardaespaldas. Una mañana de 2006, lo vi nuevamente, pero esta vez en el norte de Bogotá, montando una bicicleta montañera, escoltado por un escuadrón de seguridad que simulaba divertirse.

Ya por aquel entonces se desempeñaba como ministro de Defensa. Su cabello había empezado a ceder y su rostro se hizo popular en los noticieros de televisión dando partes de guerra o anunciando nuevas medidas de seguridad cada vez que un frente de las Farc destrozaba una población en el sur del país o volaba un tramo del oleoducto Caño Limón-Coveñas. Tanto así que para algunos medios se había convertido en el rostro visible del gabinete del presidente Uribe. Lo anterior era respaldado por lo que se consideraban los más fuertes golpes a las estructuras internas de los grupos armados. 

Durante sus años como ministro, las Farc perdieron grandes espacios de territorio conquistado a los largo de más de 40 años. Asimismo fue abatido ‘Raúl Reyes’ en un polémico bombardeo en territorio ecuatoriano. Cayó Tomás Medica Caracas, alias  ‘Negro Acacio’. Perdió la vida ‘Martín Caballero’ mientras buscaba refugio en su guarida de los Montes de María. ‘Iván Ríos’, miembro del secretariado, ante la presión del Ejército, fue asesinado por uno de los suyos. Igualmente, fue uno de los artífices de la famosa ‘Operación Jaque’, que trajo a la libertad a un gran número de secuestrados por las Farc, entre los que se encontraban la excandidata a la Presidencia de la República Ingrid Betancourt y tres contratista norteamericanos.

Esto proyectó ante el país su imagen de hombre fuerte y lo catapultó como un posible sucesor de la Casa de Nariño. Su luz parecía iluminar la política nacional a pesar de que la prensa había empezado destapar los llamados falsos positivos, una serie de crímenes extrajudiciales que el Ejército había ejecutado y que se había convertido en una enorme mancha que dejaba mal parado a Colombia en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario. La olla podrida, sin embargo, no mermó su popularidad, y la acogida entre los nacionales se disparó cuando la Corte Constitucional dejó fuera del ruedo la segunda reelección de Álvaro Uribe.

Para algunos analistas, lo que representaba el entonces candidato Juan Manuel Santos era la continuación de las políticas impulsadas por Uribe Vélez a lo largo de sus ocho años en el poder. Es decir, la denominada ‘seguridad democrática’, cuyos vectores habían sido encaminados a la terminación del conflicto por la vía militar. 

Lo anterior, tomó mucha más fuerza cuando se divulgó la noticia de la muerte de ‘Manuel Marulanda’, quien, al parecer, había sufrido un infarto cardiaco durante un bombardeo de la Fuerza Aérea a uno de sus campamentos. La euforia desbordó sus cauces y muchos periodistas afirmaron que el fin del conflicto armado estaba cerca.

Para otros, darle un voto de confianza al exministro era no solo estar de acuerdo con la exterminación militar de las Farc, sino con todo lo negativo que representó ese esfuerzo, que iba desde los falsos positivos, pasaba por el revuelo de las ‘chuzadas’ y terminaba con las diferencias políticas con los países vecinos, más concretamente con Venezuela, cuyo presidente había amenazado públicamente con enviar un par de Sukhois a cielo colombianos.

Desde entonces, el odio hacia el chavismo se convirtió en política nacional, exacerbó los ánimos de la patria conservadora y Santos se convirtió en el presidente número 59  de la República de Colombia. Pero como las lunas de miel no son eternas, las diferencias entre el nuevo mandatario y su antecesor se hicieron evidentes desde ese 7 de agosto de 2010, pues Juan Manuel Santos prometió recomponer las relaciones con Hugo Chávez y le mandó un mensaje a las Farc de mano tendida y corazón amplio, ya que las llaves de la paz, dijo, las había amarrado al bolsillo de su pantalón.

Luego vino la muerte del ‘Mono Jojoy’ en un bombardeo en el sur del país. La exposición de su cadáver ante los medios y el show de los comandantes del Ejército dando las explicaciones pertinentes sobre el hecho, hizo pensar nuevamente a los colombianos que el final de las Farc estaba a la vuelta de la esquina. La persecución que se ejerció durante más de un año sobre ‘Alfonso Cano’ dio sus frutos aquel 4 de noviembre de 2011 cuando un Juan Manuel Santos -emocionado por la victoria- se dirigió a su pueblo para anunciar la muerte del enemigo. Este hecho le sumó varios puntos a su imagen y un 80% de los ciudadanos le renovó su voto de confianza.

Dolido quizá por el triunfo de su exministro, quien al parecer no había cuidado bien los huevitos de la ‘seguridad democrática’, el  expresidente inició una campaña de desprestigio contra su pupilo. Desde su trinchera de Twitter soltó las aves de mal agüero y creo incidentes tan bochornosos como las famosas coordenadas donde los hijos de Marulanda, “en un gesto de buena voluntad”, liberaría a un grupo de policías secuestrados semanas atrás.

Hoy, ad portas de concluir un mandato y postularse para otro, la popularidad del presidente Santos no alcanza el 40 %. Las Farc asesinaron la semana pasada a veinte militares en una emboscada que repudió el país. Las protestas, en varias regiones del territorio nacional, son un lugar común y se han constituido en el alimento diario de los noticieros y periódicos. Para llenar la copa de la paciencia, desde La Habana, el ‘Ejército del Pueblo’ ha prometido apoyar las protestas con hombres y fusiles. Y desde la otra orilla se escuchan, a voz en cuello, los gritos de quienes piden al gobierno que se pare de la mesa de diálogos. 

Al presidente Santos, como aseguró Juan Gossaín Abdallah en una entrevista, se le ha notado dubitativo, lanzando acusaciones a diestra y siniestra como un ciego que, además, ha perdido el sentido del oído y empieza a experimentar el temor natural de no poder cruzar la calle. En su caso, la no concreción de su promesa de alcanzar la paz para los colombianos.

*Profesor de comunicación y literatura de la Universidad Tecnológica de Bolívar.
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