Jueves, 19 de enero de 2017

| 2009/11/14 00:00

De por qué no me importa si hay guerra con Venezuela

Soy pacifista. Invito a los dos presidentes a que cada uno acabe con su país, como lo han hecho con gran éxito, para evitarse la fatiga de destruir al otro.

De por qué no me importa si hay guerra con Venezuela

Sé que no es fácil reconocerlo, pero voy a tomar impulso: la verdad sea dicha, no me parece tan grave que haya guerra con Venezuela. No me parece preocupante, de verdad. ¿Qué puede dañar un misil si cae por acá? ¿La Caracas? ¿El Monumento de los Héroes? ¿Mesitas del Colegio? Seamos francos: nadie notaría si cae una bomba en la autopista norte: desde hace 35 años está como si le hubiera caído la bomba atómica.

Sin embargo, cada vez que en una conversación aflora este nacionalismo hostigante que tanto ha promovido el presidente Uribe, frunzo el ceño, como si de verdad me importara lo que fuera a pasar. Bien: no puedo más. Sea éste el momento de confesar que no me importa, y que además no me aguanto el orgullo patrio que se ha exacerbado por culpa de las amenazas de Chávez: no me aguanto esta moda de pulseritas tricolores, no soporto a un funcionario más entonando el himno nacional con la mano en el pecho, no me mamo la proliferación de un montón de fundaciones que uno ya no sabe si son campañas de promoción turística o partidos uribistas de esos en los que todo el mundo termina preso: Colombia es Pasión, Primero Colombia, Vive Colombia.

Digámonos la verdad: en términos generales, Colombia es un país de irresponsables. Pongo por caso el del presidente Uribe, Samuel Moreno y toda esa comparsa delirante que fue a pedir la sede de los juegos panamericanos: ¿dónde querían hacer esos juegos? ¿En El Campincito? ¿En la cancha del Gimnasio Moderno? ¿Dónde pensaban hacer las carreras de natación, las competencias de clavados? El único lugar que se me ocurre es la calle 26, cuando se inunda, porque en el Aquapark de la 68 cada estafilococo es del tamaño de un sapo, y en Colombia los sapos son grandes: el más chiquito es Rodrigo Rivera, para que calculen.

Lo increíble es que sacamos siete votos: ¿quiénes fueron esos descarados? ¿Ya revisaron el listado de Agro Ingreso Seguro a ver si aparecen de beneficiarios?

Esto no lo puede saber nadie, pero no me siento especialmente orgulloso de ser colombiano. Creo con humildad que hay mejores países: países en los que Poncho no sale en todas las sociales, Marlon Becerra no tiene un programa de entrevistas y el Presidente no es un ganadero intenso. Nunca he entendido a los que dicen que lo mejor de Colombia es su gente. ¿Quiénes, concretamente? ¿Marcelo Cezán? ¿Fernando Londoño? ¿El 'Profe' Vélez? Vayan diciendo quiénes, porque si no cualquiera cree que estamos así es por las cordilleras, por el cielo, por los mares: no porque el colombiano promedio se cuela en las filas, se baja dos mantecadas con un masato a las 9 de la mañana y es capaz de votar nuevamente por Uribe porque le parece frentero y macho.

Tengo varias razones para ser inmune al mínimo brote de orgullo nacionalista, pero digo apenas las que surgieron esta semana: el senador Petro se hace la vasectomía después, y no antes, de tener seis hijos; según un estudio, el 52 por ciento de la población es obesa; uno de ellos, el Ministro de Agricultura, dice que si el programa AIS era para buscar beneficios políticos, el Presidente lo debería echar por bruto.

Pues claro que lo debería echar por bruto. Y por miserable. Pero estamos en Colombia, un lugar en el que el galán de telenovelas más famoso, novio de la colombiana más bonita, se llama Lincoln Palomeque: lleva por nombre el apellido de un Presidente americano, que es como si un actor gringo triunfara llamándose Betancur Johnson.

Ahora bien: debo confesar algo aun más grave y es que Chávez no me cae tan mal. Al revés: me cae bien. Chávez, Evo, Correa: todos ellos son los únicos que me hacen reír cuando estoy triste. La gente celebra los 40 años de Plaza Sésamo, pero no se han dado cuenta de esta divertida sociedad de amigos que también hace las delicias de los niños. Deberían sacar una serie animada con todos ellos. Hace meses mis hijas ya no ven Discovery Kids sino Telesur: aplauden cuando sale Fidel en sudadera, se enternecen cuando aparece Correa con sus clergyman andinos, se asustan con Ortega y sus pintas de escolta en festivo y, al igual que le sucede a Jaime Bayly, se desternillan de la risa cuando habla Evo: ¿han oído hablar a Evo? Desarrolló una divertida variante del español que les encanta a mis hijas.

Pero el que más les gusta es Chávez porque canta, habla de su digestión, grita arengas y se pone rojo. En eso es superior al presidente Uribe, pese a que éste ha tenido grandes momentos también, como cuando chapoteaba en los ríos o se ponía un frac tres tallas más grande que la suya.

Soy pacifista. Invito respetuosamente a los dos presidentes a que cada uno acabe con su respectivo país, como han venido haciéndolo con gran éxito, para evitar la fatiga de destruir el del otro. Es más barato y más efectivo. Que sigan cambiando la Constitución, eternizándose en el poder, haciendo populismo.

Pero si los tienta la guerra, adelante. Tampoco es que se pierdan grandes joyas arquitectónicas. En ninguno de los dos países queda Estambul; Roma no es la capital de ninguno. De por medio sólo hay platanales, discos de Ricardo Montaner y cuadros de Gordillo.

De modo que adelante. Y perdonen la crudeza de esta confesión; pero necesitaba contárselo a alguien.

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