Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/09/25 00:00

De por qué no voy a comprar el libro de Íngrid

La muerte del Mono Jojoy me disipó en algo la culpa de criticar a una víctima. Al menos queda la justicia de que pagó el malvado del libro.

De por qué no voy a comprar el libro de Íngrid

No sabía si escribir esta columna en francés o en español. Lo hice en español porque, una vez estuve frente a la hoja en blanco, así me surgió la primera frase. Y bueno, también porque no sé francés. Eso influyó, lo reconozco. El hecho es que una vez comencé, no pude resistirme a decir lo que sigue: que no voy a comprar el libro de Íngrid Betancourt.

Prefiero ser zar anticorrupción en un gobierno de Samuel Moreno a comprarlo. Lo lamento de verdad. Héctor Abad dijo que estábamos ante un gran tratado sobre la miseria humana. Seguramente. Pero en estas cosas es mejor ser sincero y decir las cosas a tiempo: y no lo voy a comprar.

Reconozco que soy una persona mentalmente inferior a todos ustedes, y esta vez me cuesta trabajo separar al autor de su obra. Y no puedo leerlo. Incluso lo intenté con el capítulo que publicó esta revista, y el único sabor que me dejó es que el estilo es parecido al de Balzac: es pretencioso y caro. Igual al restaurante.

No compro el libro para no dañar el cómic. No lo compro porque ya me sé el final. Y no lo compro porque me conozco a mi gente, y sé que, ante el éxito editorial, el asunto puede desembocar en un gran coctel de lanzamiento, a todas luces deplorable.

Ya veo ese coctel. Es una cosa colombo-gala. Dan queso francés en honor al primer marido de Íngrid y mamona en honor a ella. Yolanda Pulecio cobra el ingreso a la entrada. Llegan todos los ex secuestrados. La hija del Presidente llega con el vestido pastel que usó en la posesión de su papá. Junior Turbay trata de comerse el pastel del color del vestido. Astrid Betancourt le da queso al embajador de Francia. 'El Gordo' Bautista aparece con Angelina y, gordo, ratero y pícaro, miserable gordo crápula y bandido, le roba un beso. Llega el sargento Arteaga con un coatí cargado en el hombro. Llega el presidente Santos con Edward Niño, el hombre más chiquito del mundo, cargado en el hombro. Hay un dummy de Lecompte. El doctor Géchem confirma ante las cámaras que se divorcia. Íngrid habla con Uribe por teléfono delante de los presentes. Doña Yolanda vigila que la llamada sea collect. Jean Claude posa para las sociales al lado del dummy. Entra Clara Rojas con Emmanuel, que canta su éxito Toda la vida y sorprende a la concurrencia porque ya está tan grande como Pachito Santos. Irrumpe Gregorio Pernía empeloto, tapándose la porquería con las manos, como cuando posó para una revista, y reclama una noche de pasión con Íngrid, dado que su ex esposa, Marcelamar, la interpretó. El presidente Santos se enfunda en una camisa de ciclista amarilla que le queda forrada, dice que este es el libro más grande de la historia y pasa la palabra a Íngrid. Íngrid toma el micrófono y se equivoca: en vez de leer el primer capítulo, lee el discurso de aceptación del Premio Nobel. Jean-Claude trata de convencer al dummy de que el nombramiento de su hija no tiene nada de malo. Junior Turbay se reparte el pastel con sus amigos. Repentinamente, los ánimos se caldean. Íngrid se agarra con Clara Rojas. Edward se agarra con el coatí. Y todos hacen el pacto de que lo que pasó en el coctel se queda en el coctel.

No lo compro. Si es una gran joya de la literatura, que la disfruten mis nietas, que lo leerán sin prejuicios. Pero yo no puedo. Y no es nada personal: a Íngrid le reconozco varias cosas. Su valentía, por ejemplo, que brilla en un país lleno de políticos cobardes. Miren a Angelino, nada más. Angelino siempre se amilana. Esto es, se llena de milanesas. A Íngrid, en cambio, no le da miedo nada, ni siquiera enfrentar un juicio con su ex esposo, Juan Carlos Lecompte, que está un tanto varado y ahora reclama la mitad de los bienes de ella, así sea a cambio de la mitad de los suyos. Plantea un gana-gana: está dispuesto a entregar la mitad del dummy de Íngrid, que es lo único que tiene y que ya está descolorido y con manchas de humedad, a cambio de medio apartamento en París. También ofrece no cobrarle los infructuosos tratamientos de láser que se ha hecho para borrar el tatuaje con la cara de su ex, que no quita con nada y que lo tiene cotizando amputaciones.

No lo compro. La muerte del Mono Jojoy, además, me disipó en algo la culpa de criticar a una víctima. Al menos queda la justicia de que pagó el malvado del libro. ¡Cómo celebré la muerte de Jojoy! La emoción que sentí fue tan honda que ni siquiera me la pudo bajar Rodrigo Rivera cuando apareció en la pantalla totalmente sodomizado, es decir, apropiándose de la operación Sodoma, como si fuera su mérito.

No lo compro. No me reparo de lo de la reparación. Si destinan las ganancias a una obra social, lo reconsidero. No es por echarme flores, pero yo también escribí un libro que no vacilo en recomendar: qué libro, señores, qué final. Amplio, como soy, con lo que me gane construiré la escuela Armando Benedetti, para educar al lagarto de las nuevas generaciones, al lagarto del mañana. La doctora Dilian Francisca y Roy Barreras intrigan para ser decanos. Y yo quiero observarlos de cerca. Porque sin el libro de Íngrid a la mano, no tengo otra manera de aprender sobre la miseria humana.

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