Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1990/10/08 00:00

DE UN SOÑADOR A UNA DAMA

Me pregunta usted si todo lo que escribo sobre San Bernardo del Viento es verdad. Depende de lo que sea la verdad para usted.

DE UN SOÑADOR A UNA DAMA

"El sueño es un componente de la realidad, tan esencial conmo el café y el pan del desayuno"
(Plinio Apuleyo Mendoza)

Querida Elvira:
Me escribe usted una carta, muy bella y tierna, pero desgraciadamente breve, desde las tierras ardientes de Fundación, en el Magdalena, para preguntarme muchas cosas. Es como si usted quisiera hacerme una radiografía. Y yo, que no tengo nada que ocultar, me someto con gusto a su intervención quirúrgica.
Me pregunta usted, en primer lugar, si todo lo que escribo sobre San Bernardo del Viento es verdad. Depende, señora mía, de lo que sea la verdad para usted. Hay gente muy práctica que únicamente le hace caso a la realidad. Son las personas pragmáticas, las que se ufanan porque tienen los pies puestos sobre la tierra y se burlan de los idealistas.
Yo, por el contrario, creo que la verdad está en todas partes, que los animales hablan, que no hay mujeres feas, que en el fondo del mar los hipocampos hacen el amor con las sirenas, que Dios es el supremo rector del universo, que la gente es buena por naturaleza, que la ambición, como decía Machado, tiene manos porque la codicia tiene garras.
Como puede ver, querida Elvira, vivo de ilusiones. El otro día fui a almorzar con un amigo mío, que usa uniforme, y él me dio este consejo: "A la verdad, sólo la verdad. Pero agrégale algo de fantasía, porque todavía quedamos soñadores en el mundo". Eso es lo que he tratado de hacer toda mi vida. Quiero seguir esas palabras al pie de la letra, como si fueran mi consigna personal, el emblema de mi escudo.
Pregunta usted si es cierto, como lo escribí algún día, que las gallinas deben dormir en nidos de hierba fresca para que los huevos de las arepas sean apetitosos. Le confieso, con cierto rubor de verguenza, que eso no es verdad. Son locuras mías que usted no debe leer al pie de la letra. Pero es que yo, amiga mía, sufro con un mundo en el que las gallinas puedan dormir en paz, a pierna suelta, y de ser posible en un colchón de plumas, si no fuera mucha crueldad. Y en el que los hombres -especialmente los ancianos y los niños no tengan que pedir limosna para comerse un huevo. Los soñadores, doña Elvira, somos así: nos preocupa la comodidad de las gallinas, el futuro de los colibríes, el esplendor de una mañana de verano, un rosicler, la tristeza de la lluvia, la puesta del sol entre el cielo amarillo de un atardecer en Cartagena.
Vamos a la parte más difícil de su carta: quiere saber usted si he vuelto a San Bernardo del Viento. No. Me niego rotundamente a hacerlo. ¿A qué vuelvo? ¿A comprobar, para que sufra mi pobre corazón, que los amigos que recuerdo con tanto cariño ya están muertos o son unos ancianos achacosos? ¿O que las novias de la infancia no eran tan bellas como me las imagino? ¿O que los alcatraces se acabaron hace tiempo? ¿O que tumbaron los almendros sombreados de la plaza, donde íbamos a jugar beisbol con una bolita de caucho? Prefiero seguir pensando que todos son con o eran aquella mañana brumosa en que me fui en el bus sin regreso del destino.
Oigame una cosa, querida señora: no he regresado a recoger mis pasos en San Bernardo del Viento porque me niego, tercamente, a someter a la poesía de la nostalgia aun careo terrible con la realidad. Los careos se hacen en los juzgados, no con el alma.
En estos casos, aunque duela reconocerlo, siempre pierde la poesía, de la misma manera en que la crisálida es fugaz y siempre pierde su pelea con la luz del día.
Pero no vaya a creer usted, de ninguna manera, que soy ajeno a los acontecimientos y avatares de la vida cotidiana en San Bernardo del Viento. Mi madre me mantiene al día por la vía telefónica, mis tías me escriben cartas extensas y hermosas sobre los vecinos, y algunas comadres que me quedan en el pueblo me mandan, de vez en cuando, bocadillos de guayaba marca "La Estrella", de los que produce higiénicamente doña Prisca Rabeles de García.
La vida es muy cruel, señora, y generalmente perversa. soñemos, alma, soñemos, como en el verso clásico. Nunca doy consejos porque esa es una tarea apostólica, que tiene cierto aire de arrogancia, pero permítame decirle una cosa: trate de levantarse temprano, cuando apenas esté saliendo el sol, y verá, en el verano ardiente de Fundación, cómo los rayos de la mañana traspasan la gasa de la neblina. No hay visión que se le pueda comparar. Es un sueño...

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