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Opinión

  • | 2002/07/15 00:00

    De la utopía a la barbarie

    La elección de Uribe es la expresión del cansancio frente a la guerra y, más aún, la exasperación frente a las guerrillas. Crónica de 20 años de conflicto colombiano.

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Las Farc y el ELN se acercan a la cuarentena. Esta es la edad de la madurez para los individuos y una edad difícil para las guerrillas. Unicamente en Birmania se encuentran guerrillas con una longevidad comparable, aunque hace tiempo que se transformaron en redes étnicas dedicadas, sobre todo, al tráfico de opio y heroína, adaptándose bastante bien al régimen autoritario del país. No todas las guerrillas envejecen bien y no todos los casos de guerra prolongada son muy halagadores. Las dos guerrillas activas de Colombia no han llegado a esos extremos. Si bien es cierto que algunas de sus figuras más importantes, como 'Jacobo Arenas' y 'Manuel Pérez', han muerto de vejez, ellas dan muestras, sobre todo las Farc, tanto de una gran capacidad militar como de grandes ambiciones políticas, incluida la de llegar algún día al poder.

Cayó el muro de Berlín, el maoísmo giró hacia el capitalismo y Fidel Castro reina en medio de un desastre económico. Con un pie en el pasado, la guerrilla tiene la certeza de tener el otro en el futuro: el de la lucha contra la globalización y el neoliberalismo. Les importa poco que la mayoría de los movimientos antiglobalización les volteen la espalda. La creciente preocupación que Estados Unidos manifiesta frente a ellas y el estar inscritas en el catálogo de organizaciones terroristas constituye para ellas la prueba de que van siguiendo en buen sentido el curso de la historia.

Han logrado que la opinión se identifique ampliamente con su relato histórico: el que comienza en Marquetalia y Simacota. Los gobiernos y los medios colombianos, y tras ellos la opinión internacional, han retomado de allí la visión de una "guerra civil que ha durado 40 años". Inclusive la de una guerra que hunde sus raíces en las guerras civiles del siglo XIX, en La Violencia y en la condición crónica del estado de sitio.

Sin embargo las guerrillas actuales tienen muy poco en común con las de los 70. Durante mucho tiempo ni las Farc ni el ELN ni el EPL llegaron a trascender los límites de las zonas periféricas en las que habían escogido implantarse, ni tampoco lograron ser una verdadera amenaza para el régimen. El verdadero salto ocurrió a finales de esa década con la llegada del M-19. Su novedad no sólo obedeció a la fascinación que ejerció sobre las clases medias gracias a sus golpes espectaculares, su populismo y las denuncias sobre la represión. Tuvo que ver también con el hecho de que identificara su acción como una prolongación de los conflictos centroamericanos y con el hecho de que se preocupara más por poner a andar una estrategia móvil de tipo político-militar que por tener unas bases sociales estables. Hasta el día de la tragedia del Palacio de Justicia el M-19 es el que va a dar el tono a la nueva lucha armada.

La otras guerrillas le siguen el paso progresivamente. En un primer tiempo, su consolidación implica la tendencia a ampliar sus recursos económicos más que a redefinir sus objetivos políticos. Las Farc comienzan a sacar ventaja de su implantación en las zonas de cultivos de coca, el ELN renace gracias a lo que les extrae a las compañías petroleras y el EPL aprovecha el desarrollo de la industria bananera. Rápidamente esta estrategia económica se generaliza al tiempo con la extorsión y el secuestro. Sin embargo estas organizaciones no demorarían en reajustar sus estrategias políticas: en 1982 las Farc deciden añadirle el EP a su sigla, duplican su número de frentes y formulan un plan para tomarse el poder en ocho años. También el ELN y el EPL crean nuevos frentes.



Nuevas redes

Este proceso de consolidación de las guerrillas coincide con la formación de un nuevo contexto institucional y político. Aunque el funcionamiento del régimen se mantiene imperturbable el auge de la economía de la droga genera una conmoción profunda. La corrupción corroe la mayor parte de las instituciones, sobre todo a los partidos políticos, que pierden así su capacidad de mantener identidades colectivas.

Los narcotraficantes generan redes poderosas y a partir de 1984, pero en especial de 1987, se lanzan a desestabilizar el Estado de una manera en que jamás lo habían hecho las mismas guerrillas. Aparece una nueva generación de organizaciones armadas ilegales: paramilitares, bandas urbanas, delincuencia organizada, que surgen a veces en franca connivencia con ciertos elementos de las Fuerzas Armadas, de la Policía y de los partidos políticos. El tejido social comienza a deshilvanarse. El resultado: las fronteras entre lo legal y lo ilegal, entre la política y la fuerza se vuelven cada vez más difusas.

El comienzo de los años 90 se ve marcado por una nueva etapa. La caída de los regímenes comunistas y las negociaciones de paz en Centroamérica cuestionan el sentido de las antiguas luchas revolucionarias. La convocatoria a la Asamblea Constituyente, además de que parece abrir nuevas perspectivas políticas, le da la oportunidad de desmovilizarse al M-19 y al EPL y luego a otras organizaciones como el Quintín Lame. En cambio, la ocupación de la Uribe por las Fuerzas Armadas el mismo día de las elecciones a la Constituyente sólo contribuyó a que las Farc se arraigaran en su convicción de que el régimen ni intentaba negociar con ellas ni iba a tener en cuenta sus exigencias de transformaciones sociales.

Pero es a partir de 1993-1994 que la confrontación adquiere el carácter de una verdadera guerra. A la expansión de la guerrilla, sobre todo de las Farc, se responde con la de los paramilitares, la que a menudo se da gracias a la tolerancia, cuando no a la complicidad, de las Fuerzas Armadas. Y progresivamente una buena parte del territorio se ve bajo la influencia ya sea de los unos o de los otros.

Las Farc, y en menor grado el ELN, dejan de dar prioridad a la ampliación de sus 'bases sociales'. Comienzan a actuar en función de objetivos estratégicos, económicos y militares. En el caso de las Farc ?desde entonces en posición dominante?, estos objetivos comprenden el control de polos de producción (coca, minería, agroindustria), de ejes cruciales de comunicación desde las regiones costeras y las zonas de frontera interior, hacia los principales centros urbanos y las zonas clave (como el acceso al Nudo de Paramillo). Simultáneamente se dedican a fortalecer su capacidad de adelantar operaciones militares de envergadura. La militarización de la estrategia de las Farc es uno de los factores que inciden en el cambio de sus relaciones con la población, aunque conservan bases de apoyo relativamente estables en las regiones donde han estado desde hace mucho tiempo, o en aquellas de cultivos de droga donde protegen a los pequeños cultivadores. Pero ahora entran en otras zonas sin preocuparse por el sentimiento de los habitantes, sin buscar ganarlos para su causa, imponiendo su dominio.



Un nuevo actor

Este cambio se acentúa aún más a partir de 1997-98, cuando los paramilitares se proponen implantarse en gran parte del territorio e inclusive tomarse los bastiones de las Farc y del ELN. El resultado global de esta confrontación es el haber convertido a la población civil en rehén. Pues es, en efecto, a través de la población civil interpuesta que se libran los enfrentamientos. Los paramilitares recurren al terror y al desplazamiento forzado de la población; las guerrillas, a atentados dirigidos, sabotajes y secuestros. De los dos lados se niega la 'neutralidad' de la población y de las autoridades locales y se presiona para someterlas.

De aquí en adelante la política se va a expresar en términos de relaciones de fuerzas. La modernización de las Fuerzas Armadas, con los medios de vigilancia de que ahora disponen, ya no permite a las Farc lanzar tan fácilmente operaciones masivas. Pero los paramilitares y las guerrillas actúan de manera constante para desplazar las fronteras. La guerra tiende a presentarse como una de 'proximidades' entre adversarios que si bien es cierto no son simétricos ?los paramilitares tienen el apoyo de narcotraficantes, terratenientes, de miembros de la élite política?, reclutan combatientes con un perfil muy semejante: adolescentes para quienes la violencia es un mercado de trabajo más.

El verdadero problema de la guerrilla no es el de la relación de fuerzas militares, sino el de su credibilidad política. No es que no mantengan objetivos 'políticos'. Las Farc no cesan de repetir que ellas quieren lograr si no "el" poder, al menos "compartirlo". Es decir ?según parece?, quieren obtener un reconocimiento institucional que podría implicar o bien la atribución de autoridad sobre ciertas regiones, o bien la gestión de ciertos recursos oficiales, o incluso su reconversión en fuerza militar oficial. También consideran como éxitos "políticos" la influencia que adquieren por vía militar sobre zonas o autoridades locales. Pero confunden frecuentemente el poder militar con el poder en sentido amplio. El poder y la credibilidad política también supone algún grado de adhesión de la población. A pesar de la dramática situación social que vive el país sólo logran tenerla en un grado muy reducido.

La paradoja es que en los últimos 15 años su crecimiento militar ha ido de la mano con un marcado debilitamiento de su apoyo político. De hecho, las Farc parecen incapaces de esbozar una visión política que jalone el apoyo de la población. Y ello no es solamente cierto en el plano nacional. Incluso en las zonas donde ejercen control no logran siempre que la gente se identifique con sus planes y vote conforme a sus consignas.

Por lo demás, contrariamente a las organizaciones armadas en otros países, ellas no cuentan con el relevo de organizaciones políticas legales que puedan retomar, así sea parcialmente, ciertas de sus reivindicaciones. La exterminación de la Unión Patriótica, la extrema fragilidad del Partido Comunista, la desaparición de A Luchar, las ha dejado sin ningún brazo político. El proyecto de un 'Movimiento Bolivariano' no puede llenar ese vacío: clandestino y bajo la dirección de un miembro del secretariado, se muestra más bien como la expresión del rechazo por parte de las Farc a conceder cualquier tipo de autonomía a una organización política, por muy amiga que sea.



Discurso de conquista

Es probable que las guerrillas sean conscientes de su gran déficit político. Si han aceptado tomar parte en los diferentes 'procesos de paz' y si se implicaron de manera considerable en el de Pastrana es porque éstos les ofrecían salir de su aislamiento y tener acceso a un espacio político. Al igual que los gobiernos, las guerrillas saben que para conquistar a la opinión pública no hay mejor medio que el de tener un 'discurso de paz'. Es lo que hicieron en 1998 y aún después de la ruptura del proceso de paz con Pastrana, lo reiteraron con su afirmación de que ellas no tienen otro objetivo distinto al de la "paz".

¿Cómo dar cuenta de esta incapacidad política? Las Farc y el ELN invocan, obviamente, el caso de la UP y del asesinato de la mayor parte de los dirigentes y militantes políticos simpatizantes de la lucha armada para mostrar que las fuerzas oscuras del régimen han buscado siempre exterminar este tipo de oposición política. Aunque indudablemente cierto, habría que recordar que las Farc no han hecho mucho por favorecer la viabilidad de esos brazos políticos: cuando fue asesinado Bernardo Jaramillo no le profesaban confianza ni a él ni a una buena parte de los militantes de la UP. Así, esa explicación parece insuficiente.

También hay que tener en cuenta la sospecha que las Farc han tenido siempre frente a muchas corrientes de la izquierda. Durante años los movimientos de extrema izquierda han despreciado a las Farc por 'revisionistas' y otras organizaciones armadas se jactaron de ser más genuinamente revolucionarias. Pero muchas de estas organizaciones han desaparecido y sus miembros se han reconvertido en actividades que no tienen nada de 'progresistas'. Colombia está llena de antiguos guerrilleros aplacados. Las Farc, al contrario, ahí están todavía y son las que están amenazando al régimen. De ahí la prepotencia y desprecio hacia quienes pretenden darles lecciones políticas.



Incertidumbre politica

Pero las guerrillas saben también que no pueden ignorar campantemente los sustanciales resultados electorales. En el pasado los grupos de izquierda nunca habían obtenido más del 4 por ciento ni en sus mejores momentos. El éxito del M-19 en 1990, después de haber dejado las armas, no fue duradero. Ni el desmoronamiento de los partidos políticos, ni la crisis social han sido suficientes para hacer que surja un amplio movimiento de oposición.

Lucho Garzón acaba de lograr una cifra honrosa, pero en parte por su rechazo público a la lucha armada. Dicho en otras palabras, la guerrilla tiene pocas esperanzas de poder ampliar sus bases por la vía política 'normal'. Su problema es más bien el inverso: ¿Cómo imponer una representación política que no dependa de las vías electorales? En un mundo donde el referente democrático sigue siendo de gran actualidad eso no es para nada obvio. Esta es otra de las razones de su incertidumbre política.

Además las guerrillas siguen siendo fundamentalmente rurales. Y, aún más, están muy marcadas por su visión rural. Cuando 'Manuel Marulanda' habla de sus luchas las ilustra refiriéndose a sus pollos y marranos. En ello hay en parte un efecto escénico, pero también la muestra de una verdadera sensibilidad. La reforma agraria sigue estando en el primer lugar de las transformaciones sociales que exigen las Farc. Su desafío hacia los dirigentes urbanos y, más generalmente, hacia el país urbano, está lejos de haber desaparecido completamente. El perfil sociológico de los guerrilleros no es urbano, y aunque las guerrillas recientemente han querido mostrar su solidaridad con las clases urbanas reclamando, por ejemplo, el seguro para el desempleo, no han logrado tener en ellas mayor eco.

La transformación de la consigna teórica de la "combinación de todas las formas de lucha" en la fórmula de combinar, de hecho, todos los medios: sobornos, secuestros, control de recursos económicos, condujo aún más a la degradación de aquello que cobija el término 'político'. La política de las guerrillas se reduce cada vez a acumular 'poder'. Amenazando a los alcaldes, tomando a militares y luego a políticos como rehenes, recurriendo al sabotaje. Resulta eficaz en términos militares, pero como política es tan eminentemente prosaica que no puede pretender hacer soñar a nadie.

En el plano internacional, ya las guerrillas tenían un espacio político muy reducido. Este puede llegar a reducirse todavía más, no sólo por el 11 de septiembre, sino porque las Farc sigan repitiendo que ellas están exentas de acogerse a las normas del D.I.H. con el argumento de que sus propias normas son equivalentes, se exponen a aislarse de las corrientes antiglobalización que, muy frecuentemente, resultan ser las más apegadas al nuevo derecho mundial.

La incapacidad de la guerrilla para hacer gestos concretos durante los tres años del proceso de negociación ha logrado alejarla de la opinión. Frente a los avatares de una verdadera negociación, a los inevitables debates y tensiones internas que ella habría implicado, a las dificultades para precisar el 'poder' al que ambicionan, han dado la impresión de que han optado por prolongar la guerra como si con ella fuera posible sustituir la política. Han demostrado efectivamente que están en capacidad de amenazar e incluso de paralizar la vida económica del país por medio de atentados y sabotaje. Probablemente ello contribuye a su convencimiento de que tienen más por ganar a través de estos métodos que por medio de negociaciones.

A veces parecen convencidas de que gracias a una injerencia torpe de Estados Unidos podrían mejorar su imagen política, presentándose como los bastiones de la soberanía nacional. Hasta la presente este cálculo no ha demostrado tener mayores posibilidades de éxito.



Contra el reloj

El fracaso del proceso de paz se traduce en un costo muy elevado para la guerrilla. Asistimos en este momento a una polarización sin precedentes de la opinión en su contra. Muchos sectores expresan sin disimulo sus simpatías por los paramilitares a pesar de que las cifras muestran que éstos han cometido muchas más masacres y han provocado un mayor desplazamiento forzado que la guerrilla. Pero la opinión cuestiona ante todo a la guerrilla, que fue incapaz de parar su chantaje a pesar de que el gobierno la reconocía plenamente como interlocutora. La amenaza del secuestro y la extorsión parece cernirse potencialmente sobre todo el mundo.

La elección de Alvaro Uribe es la expresión de un movimiento de opinión que manifiesta el cansancio frente a la guerra y, más aún, la exasperación frente a las guerrillas. Es la prueba de que una cierta retórica de la paz está ya agotada. Queda por ver hasta qué punto le será posible al nuevo gobierno trazar estrategias para reducir el alcance del conflicto en medio de la profunda crisis social que atraviesa el país sin afectar lo que queda de espacios democráticos.

La guerra civil de 40 años no deja de ser un mito y Marquetalia pertenece a una historia lejana. Pero puede que estemos en vísperas de una guerra civil de verdad. Con el debilitamiento del ELN, las Farc han conseguido el virtual monopolio de la actuación armada contra el Estado. Se han vuelto una de las pocas guerrillas de impacto mundial por su participación en las redes del narcotráfico, lo que implica que se trataría de una guerra civil bastante internacionalizada. Se dice con frecuencia que la guerrilla, contrariamente a los gobiernos, tiene el tiempo de su lado. Ya no es el caso. Más bien se está abriendo una carrera de velocidad. Al sacar parte de las autoridades locales parecería que están buscando asegurarse un poder de hecho sobre parte del territorio antes de que el gobierno y Estados Unidos encuentren una respuesta. Pero la apuesta de las Farc puede ser una ilusión. Ninguna organización armada puede prescindir de apoyos políticos para imponer sus objetivos.

Ojalá el gobierno y la comunidad internacional se den cuenta de que, para hacer frente a la situación, tienen que poner el tiempo de su lado, buscando resolver los problemas económicos y sociales de largo plazo, y no únicamente cambiar la relación de fuerza militar. De lo que no hay duda es de que, inclusive si aconteciera un día una negociación exitosa, se necesitarán décadas para llegar a la pacificación del país.
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