Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/06/16 00:00

Debates, encuestas y fútbol

Como en el fútbol, no importa qué digan los debates, ni las encuestas, importa un apoyo fiel al partido político: ¡Hasta el último minuto!

Julián Cubillos

Antes de conocer los resultados de la primera vuelta electoral, las expectativas crecían como espuma cada vez que iba a presentarse un debate presidencial en la televisión. Esa espuma se alimentaba de la creencia en que los debates influyen en la intención de voto de la población y que esta influencia, a su vez, se refleja en las encuestas posteriores a esos debates. No es nada claro, sin embargo, qué parte de los debates es la que influye en la intención de voto, pues era de esperarse que los candidatos que mejor argumentaran puntearan de principio a fin en las encuestas. Pero ese no fue el caso.

Siendo que pocas personas negarían un desempeño superior por parte de Petro o Vargas en esos debates: ¿por qué, entonces, nunca obtuvieron ellos una mayor preferencia en las encuestas? Es esta una pregunta justificada, que parece apuntar a que, en efecto, este buen desempeño no tiene una importancia significativa. Pese a la fuerza de esta sospecha, sin embargo, muchos medios de comunicación y todas, todas las firmas encuestadoras siguen defendiendo la creencia en que los debates sí cambian la intención de voto de los ciudadanos. Por supuesto, siendo la audiencia el objetivo de su negocio, cómo podrían defender lo contrario.

Desde un punto de vista intuitivo, esta creencia parece ser cierta; atendiendo a los hechos, sin embargo, creo que necesita de algunas precisiones. Si bien un debate –como toda intervención pública que haga un candidato– sí puede cambiar la intención de voto de un ciudadano, en una democracia no ilustrada, como la nuestra, esto suele darse por lo bajo y no por lo alto. Porque cuando un ciudadano vota a partir de criterios más emotivos que racionales, únicamente cambiaría su voto si percibe un desempeño desastroso por parte de su candidato, más que a raíz de un excelente desempeño por parte de otro. ‘Desastroso’, para el votante emotivo, no se refiere a un conjunto de malos argumentos –falacias o mentiras que, difícilmente, podría detectar–, sino a algún tipo de afirmación, acto, gesto o actitud que, definitivamente, suscite en él una respuesta emotiva altamente negativa. Algo medianamente extraordinario, entonces, tendría que pasar en un debate para que un ciudadano le retire su voto a un candidato; cosa que no suele ocurrir.

Es este uno de los aspectos que, en las democracias no ilustradas, más revela la inutilidad de los debates a la hora de influir en las encuestas: Al buen estilo de un mundial de fútbol y como si Colombia estuviera participando en él, el reducido público que conforma la audiencia de un debate apoya a su candidato de una manera visceral hasta el último minuto.

Pese a esto, los defensores de las encuestas aún pueden seguir defendiendo que en ellas no solo influyen los debates sino muchos otros factores; factores tales como las campañas publicitarias, por ejemplo. Es este un punto más fuerte, uno que, sin embargo, también debemos poner en consonancia con el rotundo fracaso que sufrieron las encuestas frente a los resultados de la primera vuelta.

Pierre Bourdieu, el filósofo y sociólogo francés, defendió alguna vez que “la opinión pública no existe”. Con esto, Bourdieu apuntaba a poner de relieve que la opinión de las personas nunca es del todo acabada y que, mucho menos, puede ser puesta en datos concretos. Con él, creo que este sentido de la inexistencia de la opinión pública, además, está muy estrechamente relacionado con el tema de las encuestas.

Se tiende a creer que las encuestas son el reflejo de la opinión pública; se presume, así, que ellas obedecen a la intención de voto de los ciudadanos. Esta creencia parece ignorar que una encuesta es similar a una fotografía y que, como tal, su resultado depende de quién es el fotografiado, de quién la toma, dónde, en qué condiciones –de qué y cómo se pregunta, por ejemplo, o de cuándo se toma– y también, por qué no, de quién la encargó. Además, se pasa por alto que, como las fotografías y como cualquier otra imagen, las encuestas suelen retenerse en la memoria por un pequeño periodo de tiempo.

Creo que el rotundo fracaso de las encuestas, frente a los resultados de la primera vuelta, se explica muy bien a partir de este último ítem. Debido a que la Ley de Garantías –impulsada por el Consejo Nacional Electoral (CNE)– prohibió la publicación de sondeos una semana antes de los comicios, los ciudadanos llegaron a las urnas sin un referente fresco de encuestas. Llegaron, así, sin la presión inmediata de saber cómo estaban las apuestas. Los resultados, completamente inesperados hasta por el mismo candidato ganador, señalan que hasta el momento en que entró en vigencia dicha ley las encuestas no estaban simplemente registrando la intención de voto de la población, sino que más bien estaban moldeándola, generándola.

Haciendo eco, entonces, de la lapidaria frase de Bourdieu, pienso que una democracia no ilustrada como la colombiana es el mejor ejemplo de que la opinión pública, realmente, no existe y que, más bien, es creada por la gran influencia de los intereses de las encuestas. Ellas no son producto de una opinión pública ya establecida; todo lo contrario, eso que llamamos ‘opinión pública’ es el resultado de las encuestas. Aquí tendríamos que concluir que, como bien dice el dicho, Vicente va para donde va la gente (con el ganador), pues quizás, como Vicente, el común del votante emotivo carece de opinión. En buena hora, entonces, el CNE ha establecido esta Ley de Garantías.

La última encuesta señalaba que Santos doblaba a Mockus en intención de voto. Este jueves en la noche se trasmitió el último debate presidencial en televisión. A Santos, quien no deja de entender y de aprovechar muy bien cómo funciona la emotividad del grueso de la población votante, se le ocurrió hablar ahora de ‘viejitos en acción’ y, con seguridad, sabrá mostrar como suyo el triunfo del Ejército en lo que respecta a la última liberación de rehenes; Mockus, quien luce ya mucho más claro y aguerrido, intenta desacreditar a su contendor y despertar a los abstencionistas. En mala hora, pues estos últimos –no menos emotivos que el resto de la población votante–, ya tienen su atención completamente centrada en Sudáfrica 2010. Es curioso que hasta el mundial de fútbol haya estado en contra de una oportunidad histórica para la democracia colombiana.

Pero, aunque escéptico, admiro y apoyo por completo el trabajo del Partido Verde en esta recta final. Por un lado, hay que luchar hasta el último momento para lograr el mayor número de votos, no solo en procura de hacer más digna la probable pérdida sino también de cara al trabajo de una fuerte oposición y de la consolidación real de un partido; trabajo que apenas comienza. Por otro lado, siendo que las encuestas no importan ya, cualquier cosa, por qué no, podría pasar el próximo domingo 20 de junio.
¿Por qué todas las características de una democracia no ilustrada tendrían que jugar en nuestra contra? No señor, al partido político, como al equipo de fútbol, se les apoya fiel y visceralmente hasta el último minuto. Y si se pueden conseguir más hinchas, pues ¡bienvenidos sean!

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.