Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1992/08/17 00:00

DEFENDAMONOS DE BATMAN

El bebé deforme es arrojado en su propio cochecito por sus angustiados padres...

DEFENDAMONOS DE BATMAN


LO ULTIMO QUE YO SABIA, EN RELACION con ese personaje de historieta cómica llamado Batman, es que era un héroe creado especialmente para el mundo infantil. Que por una razón que jamás se dio, se comportaba parecido a un murciélago. Que cuando no era Batman, era Bruno Díaz, un importante hombre de negocios de Ciudad Gótica. Que su sobrino, Ricardo Tapia vivía con él en su casa, y que se convertía en Robin cuando Bruno lo hacía en Batman. Y que sus archienemigos El Guasón, El Pinguino y Gatúbela eran unos simpáticos delincuentes que por medio de ingeniosas trampas, se la pasaban combatiendo a Batman, fracasando siempre en sus ambiciosos proyectos ilegales.
Sin embargo no recuerdo, entre mis frecuentes idas a cine de los últimos años, una película tan violenta como Batman II.
Para comenzar, la historia del Pinguino, un niño que nace deforme y que termina arrojado al caudal de un río en su cochecito de bebé por sus propios padres, es digna de una investigación penal. (Traten ustedes de explicarle a un niño de cinco años por qué un papá y una mamá botan al río a su hijo, y habrán ridiculizado todos los esquemas de la pedagogía contemporánea).
Pero después viene en la película la explicación del origen de Gatúbela, que haría sonrojar a Jack el Destripador. A esta mujer, que originalmente es una secretaria frustrada y acorralada por la vida, la arroja su jefe desde la ventana de un rascacielos, porque se entera de secretos de la compañía que jamás debió conocer. Aplastada sobre el andén, súbitamente se ve cercada por un ejército de gatos que le lamen los riachuelos de sangre que la rodean, mientras ella pone los ojos en blanco víctima de una fuerte conmoción cerebral.
En estado de evidente demencia, la ex secretaria regresa a la vida imbuida de fuertes instintos felinos, por lo que ni corta ni perezosa, se confecciona su disfraz de gata y directamente se va a buscar a Batman, porque sí, para matarlo, porque sí. (Traten ustedes de explicarle a un niño de ocho años cómo sobrevive una mujer arrojada de un rascacielos, y, más difícil aún, por qué son arrojadas las mujeres de los rascacielos).
Mientras tanto, el bebé deforme ha crecido criado por los pinguinos, y decide salir de las alcantarillas de Ciudad Gótica a buscar a los padres que intentaron matarlo cuanda bebé. Los encuentra enterrados en el cementerio, pero e] impacto que la aparición de este personaje produce en los habitantes de Ciudad Gótica lo convierten en el más opcionado candidato a alcalde.
En plena campaña, El Pinguino comete un acto de atroz canibalismo. Le arranca de un mordisco la nariz a uno de sus asesores, escena que no veíamos en el cine desde aquella magnífica pero aterradora película para adultos que se llamó Expreso de medianocne, en la que un preso en una cárcel de Turquía hace lo mismo con otro que delató su intento de fuga. Durante toda la película El Pinguino mantendrá colgando de su boca un hilo de sangre que lo ayudará a caracterizar a la perfección sus monstruosos instintos.
Pero todavía hace falta la escena en la que El Pinguino, utilizando su paraguas, que es en realidad el parapeto de un arma mortal, dispara ráfagas de ametralladora indiscriminadamente contra una multitud de manifestantes. No sabemos de heridos o de muertos, pero seguramente es una estadística que reposa en la crónica roja de Ciudad Gótica .
En cuanto a Batman, el simpático personaje de tiras cómicas que combate el mal, evoluciona en un siniestro personaje cuyo papel se reduce a tirar patadas cada vez que Gatúbela se las propine, y a dejarse mimar por su mayordomo cuando regresa a su identidad de Bruno Díaz.
Todo esto, mientras permanentemente en la película sicópatas disfrazados de payasos, de arlequines y de colombinas tiran bombas, disparan ametralladoras y secuestran bebés. (Después de esta visión, traten ustedes de explicarles a un niño de ocho años y a otro de cinco que los payasos, los arlequines y las colombinas no son necesariamente iguales a los sicarios de los carteles de la droga) .
Al final, un ejército de aterradores pinguinos que le hacen la apología a los ejércitos nazis se toman a Ciudad Gótica, Gatúbela deja carbonizado al hombre que la arrojó por la ventana, y El Pinguino muere ahogado en las aguas que lo vieron crecer. (Al día siguiente fuimos al zoológico, y los niños se saltaron sospechosamente la exhibición de los pinguinos).
En Colombia la película ha sido calificada como apta para mayores de 12 años, lo que me parece una precaución insuficiente. Porque mientras es evidente que la película resulta aburridísima para los mayores, para los menores constituye una sesión de hora y media de violencia gratuita que utiliza como coartada la supuesta inocencia de un héroe calcado de los sueños de los niños, que por lo menos en el caso de los míos, ya no volverá a acompañar sino sus pesadillas.
Para ponerlo en un término de moda, Batman II nos dejó a los niños y a mí en fuerte estado de conmoción.

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