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Opinión

  • | 1990/02/05 00:00

    DEFENSA DE DON GERMAN

    El vacío de autoridades del gobierno de Barco habría sido de proporciones monstruosas si un señor llamado Germán Montoya, malo, bueno o regular, no hubiera trabajado en Palacio.

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EL Secretario General de la Presidencia ha sido objeto de un envilecimiento progresivo de su imagen. Y en este " puchero" publicitario de su personalidad, la sal se la hemos puesto los medios de comunicación, y la pimienta los políticos (incluída en esta categoría la fauna de los congresistas) que, de una u otra forma, se han sentido maltratados por el régimen actual.
Pero ha habido una injusticia básica en todo este proceso: el vacio de autoridad del gobierno de Barco habría sido de proporciones monstruosas, como para figurar en el libro Guiness de records, si un señor llamado Germán Montoya, malo, bueno o regular, no hubiera trabajado en Palacio de siete de la mañana a diez de la noche durante los tres años y medio que Barco lleva en el poder.
Es tal el deterioro de su imagen, que cuando se produjo un secuestro grande, el de su hijo, como coletazo de la ofensiva reciente del gobierno contra el narcotráfico, nadie reaccionó en la forma como se debe reaccionar cuando secuestran el hijo del equivalente del vicepresidente de un país.
Hasta ese nivel ha temido que pagar Germán Montoya su función de"pararrayos" del régimen.Pero algún colombiano tiene que ser el primero en reconocer que el secuestro de dos de sus hijos en menos de un año, para no hablar de todo el palo que le ha dado la opinión mes a mes, constituye un precio desproporcionadamente alto para cualquiera que sea el beneficio de ser Secretario General de la Presidencia de Colombia.
Ni otros"pararrayos"~ famosos de la historia contemporánea han pagado precios tan altos. Si mucho, al ex ministro de Comunicaciones, Bernardo Ramírez, lo apodaron el"Goebels". colombiano por hacer el trabajo sucio del régimen Betancur; a Alfonso Guerra, actual vicepresidente español, le adjudican el desprestigio de Felipe González y la caída electoral del PSOE; y a la amante de Lusinchi, Blanquita Ibáñez, el "hombre fuerte" de su régimen, se le atribuye el fin político del ex presidente venezolano.
No puede negarse, eso sí, que detrás del desprestigio de cada "pararrayos" de un mandatario existe un fondo de verdad. Bernardo Ramírez era deliciosamente perverso. Alfonso Guerra es perturbadoramente odioso y Blanquita Ibáñez lujuriosamente atractiva.
También en contra de Germán Montoya pueden decirse muchas cosas. Las dos principales, ciertas ambas, es que ha acaparado funciones que no le correspondían a un administrador de empresas sino a un político. Y que sus hijos deberían haber renunciado a recibir cuentas del Estado mientras su padre fuera el segundo hombre más poderoso del régimen, o don Germán no aceptar su cargo mientras sus hijos continuaran siendo poderosos hombres de negocios.
Pero con respecto a la primera crítica, la gente no es consciente de la sorprendente eficiencia de don Germán. Quienes pasan por su oficina salen con un sí o con un no, lo que en el sector público ya es algo excepcional. Y en general, Montoya hace todo de lo que Barco es incapaz o simplemente desinteresado. Desde recordar el nombre de la Ministra de Obras, hasta escoger el gobierno del Cauca. Y mientras va de una cosa a la otra ha hecho el pedido de compras de la papelería de Palacio, ordenando una transferencia presupuestal, capoteado a varios lagartos del partido, revisando las encuestas de popularidad del Presidente y solicitando la renuncia al Ministro de Gobierno.
En lo que toca con los negocios de la familia, me parece que las acusaciones de tráfico de influencias (me lloverán rayos y centellas del social-conservatismo) no se han salido de las rutinarias, y que en su mayoría se reducen a chismes de pésima presentación .
Crudamente, sus hijos siguieron haciendo lo que habrían estado haciendo si su papá no trabajara en Palacio. Sus negocios con el Estado habrían sido rutinarios de no haberse convertido Germán Montoya en el hombre mas cercano al Presidente.
El Secretario General ha llenado un vacio que ese hombre indescifrable, enigmático y distante que es Barco, ha dejado entre sí y sus funciones. Pero su principal papel ha consistido en asumir un costo frente a la opinión pública que, de no existir Montoya, iría directamente a debitarse de la relativa popularidad que aún conserva el Presidente.
Ante estos momentos difíciles que atraviesa el Secretario General de la Presidencia es oportuno decirlo. Lo que Barco le debe a Montoya, es al país al que le corresponde reconocérselo.
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