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Opinión

  • | 1989/09/18 00:00

    DEFENSA DE LA INOCENCIA

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Los mayores de edad tienen la mala costumbre de creer que los niños no son más que adultos chiquitos. Algo asi como maquetas de gente en proyectos a escala, de esos que hacen los ingenieros para que uno vea en miniatura la forma del edificio que van a construir.
Por ese motivo, y para desgracia del género humano, los adultos se pasan la vida tratando de obligar a los niños a que hagan las mismas majaderias que hacemos los mayores. Ya una vez escribí, en esta misma página, sobre la tragedia de los genios precoces que recitan de memoria la tabla de logaritmos, los versos interminables de Don Julio Arboleda o las partituras dé Mozart, pero no saben negociar ventajosamente una canica desportillada por tres ranas sucias.
Ahora veo, para mi tristeza, que esos malos hábitos aumentan en lugar de reducirse, y que cada semana es más numeroso el grupo de madres orgullosas porque su pequeño genio, vestido con un corbatin y acabado de peinar, es capaz de distinguir en tres segundos un átomo carbónico de un protón congelado, pero no tiene ni idea de que Don Torcuato sigue remando en su cáscara de nuez.
Héctor Rincón, en una estupenda crónica que publica El Espectador, mete el dedo en esta llaga doliente y dice que a los colombianos nos encanta poner a los niños a que hagan el ridículo, en público o en privado, en una reunión social o en las páginas de los periódicos.
Rincón se lamenta, con abundancia de razones, por el melancólico caso de un grupo de niños y niñas de Cali que se han convertido -con toda la solemnidad que eso requiere - en Presidente de Colombia y su gabinete ministerial. A una edad en que los muchachos se roban el dulce de guayaba en la cocina, o en que andan por ahí, sudando detrás de un barrilete sin cola que se lanza de cabeza contra el mundo, estos pequeños están metidos en las mismas tonterias de sus mayores.
Había que verlos, en los programas de televisión, haciendo una parodia grotesca, que si fuera en chacota resultaria hasta divertida, pero es que escenifican su tragedia con una dolorosa seriedad de cacatúas. El mayor, con una banda presidencial terciada al pecho, leia decretos y discursos tan malos como los que pronuncian los presidentes verdaderos. Sus ministros, con una horrenda apariencia de lacayos, le hacían venias. A los adultos autores del esperpento, los mismos que pusieron a esos niños en semejantes payasadas, les pareció que la idea era tan buena que se trasladaron con ellos a Bogotá, y se dedicaron a intrigar y fregar la pita en las redacciones periodísticas, pidiendo reportajes y alabanzas.
Los ejemplos, por desgracia, son varios. Los genios de nuestra televisión, a riesgo de que se les recalentara con tanto uso el motor de la cabeza, inventaron para los fines de semana, en los horarios de la mañana, un programa repugnante: un noticiero hecho por niños.
Como el asunto va en serio-y esa es la caracteristica más peligrosa de estos casos-los pequeños hacen y dicen ante las cámaras las mismas idioteces que hacemos y decimos los periodistas, imitan los errores, posan de inteligentes y hasta se consideran de mejor familia que el resto de la gente. Como los periodistas de la vida real, ni más ni menos.
Como si en este mundo, de por sí violento y cruel, los niños estuvieran para hacer resúmenes sobre los crimenes, preguntar carajadas a las reinas de belleza o reseñar los indicadores económicos.
Ahora acaban de organizar, para terminar de ajustarle la tapa al frasco, como dicen en mi tierra, un reinado nacional de niñas, con el propósito terrible de elegir a la soberana de la infancia. Personas allegadas a ese evento me cuentan que las niñas se vuelven tan intrigantes como las reinas mayores, son perversas con sus rivales, se llenan el pechito con rellenos, tratan de mostrar atributos que la naturaleza todavía no les ha dado, y, encima de todo, provocan entre sus madres y su parentela las mismas trifulcas celosas que se ven cada noviembre por los lados de Cártagena.
Me autodesigno abogado de oficio para defender a los niños de las maldades adultas. Que no se dejen manosear. Les queda mucho tiempo para perder la inocencia y para aprender las durezas de la vida. Su papel en este mundo es el de darle al género humano un poco de alegría, no el de andar imitando las sandeces que hacen los mayores.
Un niño es una cara sucia con el vestido manchado, no un plátano madurado verde con una banda presidencial en el pecho. Una niña es una sonrisa pura, no una reina postiza desfilando ante un grupo de majaderos. Lo que pasa es que los adultos se desquitan de su niñez perdida obligando a los niños a que se comporten como ellos.
Un niño es esa masita de carne y dientes, lleno de ojos, que se mete en tu cama cuando apenas está despuntando el dia, no ese pequeño adefesio que sale en la televisión dándoselas de reportero y preguntándole a la agente:
"¿ Cuál es su color favorito y su número de suerte?". Un niño es lo mejor de Dios, la obra perfecta de su Creación, la mejor de sus creaturas. Dejen que los niños sean niños, que el pájaro vuele, que la lluvia caiga, que el sol alumbre.
Propongo, como castigo ejemplar, que al niño de Cali que se dejó disfrazar de presidente lo dejemos crecer y después, para que aprenda a no hacerlo más, lo elijamos...
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