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Opinión

  • | 2003/05/05 00:00

    Defensa del voto preferente

    Desde hace un par de semanas el debate de la reforma política, en especial del voto preferente, han ocupado el escenario en Colombia. Juan Fernando Londoño, consultor político en Washington, defiende la propuesta que trata de ser abolida por algunos congresistas.

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El dilema de toda reforma política se encuentra en la necesidad de conciliar los objetivos deseables con los resultados posibles. Cuando las reformas se diseñan con base sólo en lo deseable, desconociendo las realidades subyacentes a los procesos de reforma, vienen el desencanto posterior y los efectos imprevistos. Esto fue exactamente lo que pasó en la Constitución de 1991. Por el contrario, cuando sólo se juega en el terreno de lo posible, los resultados no pasan de legitimar un orden preestablecido, como han demostrado experiencias recientes de reforma en las provincias argentinas. Todos quisiéramos que en Colombia funcionara un sistema de partidos organizado y coherente. La pregunta es si se puede pasar del caos actual a un orden total solamente con una reforma. Difícilmente, a juzgar por la experiencia. La posibilidad de tener partidos ordenados y organizados depende de la conjunción de diferentes requisitos que van desde una mayor claridad en su relación con el electorado, con el fin de garantizar la responsabilidad política; hasta una mayor capacidad de que el partido controle a sus candidatos a través de la elaboración de las listas y el financiamiento de las campañas. Pretender que el sistema de partidos colombiano, cuya tendencia a la dispersión se ha agudizado desde la vigencia de la Constitución del 91, por obra y gracia de una reforma electoral, pase a convertirse en un sistema organizado que obligue a elaborar listas únicas es una ingenuidad o una perversión. Ingenuidad, por cuanto quienes creen en ello olvidan que para garantizar el control partidario sobre los candidatos es necesario que se controlen también los recursos de campaña, principalmente los financieros. Mientras cada candidato tenga que conseguir el dinero para su elección, y maneje autónomamente otros recursos políticos como el acceso a medios, no será posible garantizar que el partido sea el dueño de las curules. Perversión, porque conscientes de la incapacidad de controlar sus candidatos, quienes promueven las listas cerradas y bloqueadas realmente lo que quieren es garantizar que los partidos desaparezcan por implosión. Del caos posterior algunos esperan salir victoriosos, pero esta es una apuesta demasiado arriesgada para una democracia como la colombiana. Para pasar del escenario actual, donde los congresistas son los dueños de sus curules y los amos de sus partidos, a uno donde los partidos sean los dueños de las curules y de los congresistas, el voto preferente puede ser el principio de una buena solución. En primer lugar, el voto preferente (VP) permite la dinámica interna, que es la característica principal que ha permitido la supervivencia de los partidos colombianos y ha contribuido a la estabilidad de su democracia. En segundo lugar, el VP, junto con las otras normas de la reforma, genera mayor cohesión, disciplina y organización, al tener que adoptar unas reglas de juego serias. Decidir quien va y quien no va en la lista obligará a que los partidos empiecen a adoptar reglas internas serias. Esto sería un gran adelanto, pues, en el escenario actual, los estatutos partidarios no importan porque igual nadie los acata. Lastimosamente, el lunar de la reforma sigue siendo la ausencia de propuestas claras para el fortalecimiento financiero de los partidos. Mientras la responsabilidad por la consecución de recursos para la campaña sea del candidato, el partido estará siempre en condiciones de inferioridad. El VP, en el contexto de la reforma actual, obliga a los partidos a construir una plataforma común, generando una diferenciación ideológica más clara para la competencia y la posibilidad de rendición de cuentas en la siguiente elección. Igualmente, permite que los diferentes sectores que conviven en nuestra sociedad se expresen al interior de los partidos; los posmodernos que votan en función de la propaganda electoral, los modernos que votan en función de los programas y los premodernos, que votan en función de los beneficios que obtendrán del candidato. La reforma política debe generar las condiciones para que los sectores modernos de los partidos puedan ser los más relevantes al interior de los mismos. Muchas de las críticas que se hacen al voto preferente, radican en su tendencia a la personalización de la política. Esta crítica no se aplica al caso colombiano, pues el país viene exactamente del otro extremo, el del absoluto personalismo. En Colombia los partidos se limitan a "avalar" candidatos en lugar de seleccionarlos y presentarlos responsablemente a la opinión pública. Una reforma política de listas cerradas y bloqueadas puede ser el escenario ideal para algunos, aunque sus bondades también son discutidas en la mayoría de las democracias que las utilizan; sin embargo, en el caso colombiano, su único efecto real sería la explosión final de los partidos. Es dudoso que eso sea lo que más le convenga a una democracia que como la colombiana, se debate en medio de un conflicto y con enormes problemas de gobernabilidad. * Consultor político. Washington. jlondono@jhu.edu.
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