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Opinión

  • | 2012/11/24 00:00

    Defensa a lo Winnie The Pooh

    No acatar el fallo sería enmendar con otro error las embarradas que cometió la defensa de Londoño y compañía.

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Si el presidente Santos quiere reelegirse debe aprovechar esta derrota en La Haya para replantear su política internacional de cabo a rabo. Y lo primero que tendría que hacer sería deshacerse del inepto equipo de negociadores quienes fueron los verdaderos responsables de esta debacle que dejó sin su mar a los isleños del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Esos negociadores fueron el excanciller Guillermo Fernández de Soto, que fungió como agente alterno y el exembajador Julio Londoño, agente principal. A Fernández de Soto habría que pedirle la renuncia porque le faltó al país de la manera más reprochable. Sabiendo lo que se venía, saltó del barco antes de que se hundiera y aceptó hace un mes un puesto de tercera como representante de la CAF en Madrid.  

A Julio Londoño se le debería pedir la renuncia por mentiroso y por no decirle la verdad al país. No es cierto, como  afirma en El Espectador que la defensa colombiana hubiera contado con la mirada de los raizales del archipiélago. En los años que estuvieron al frente de este litigio el tema de los pescadores y de lo que significaba para ellos su mar no formó parte de los argumentos de la defensa de Colombia. No solo ellos se olvidaron de los raizales sino el país entero. Y esta no es la hora de rasgarse las vestiduras.

Pero además, mientras el  abogado de Nicaragua, Carlos Arguello Gómez se instaló a vivir en La Haya estos 11 años, Julio Londoño nunca vivió en Holanda sino que se dio el lujo de monitorear tan complejo tema desde La Habana donde era embajador. Fernández de Soto estuvo un tiempo en Lima como secretario general de la CAN, tras su salida de cancillería y solo vivió en La Haya algo menos de cuatro años.

Pero tal vez la razón más poderosa para pedir su renuncia es porque ese equipo negociador tomó decisiones en contravía de lo que decían expertos internacionalistas colombianos y extranjeros contratados en el gobierno Samper con miras a preparar la estrategia de lo que había que hacer si se iba a La Haya. Cuando el internacionalista  Enrique Gaviria planteó la tesis del archipiélago de Estado que consistía en proponer que las islas y cayos quedaran encerradas por una línea, de manera que todo lo que quedara dentro de ella pertenecía a Colombia, como ya lo habían hecho en Ecuador con respecto a las Galápagos, Londoño y Fernández de Soto desecharon la propuesta. Si esto se hubiera hecho, seguramente la corte no hubiera desmembrado en la forma que lo hizo el archipiélago de San Andrés. Enrique Gaviria renunció y los que se quedaron, hablo de internacionalistas de la talla de Nieto Navia, de Marco Gerardo Monroy, fueron sacados de taquito. En su reemplazo contrataron a un costosísimo abogado australiano, James Crawford, profesor de Cambridge a quien también habría que pedirle la renuncia pero por malo. No solo su estrategia de defensa fue un fracaso, así Londoño insista cínicamente en afirmar que “ahora tenemos un mar más grande”, sino porque cuando supo que las cosas no iban bien, no preparó a la Cancillería ni al país para el fatal desenlace. Este fue el mismo abogado que en una audiencia ante la corte con fecha de abril del 2012 hizo un símil entre Winnie the Pooh, y comparó la garosidad del osito –a quien le preguntaron si quería crema o miel en su tostada y él contestó que las dos–  con la de Nicaragua, porque quería mar y soberanía sobre el archipiélago de San Andrés. Bueno sería saber cuánto han sido sus honorarios a lo largo de estos años por defender los intereses de Colombia a punta de los gustos gastronómicos de los personajes de Walt Disney.  (Ver documento Winnie the Pooh)       

En 2001 cuando la Corte dice que es competente para dirimir la disputa con Nicaragua y en 2007 cuando falla las excepciones, internacionalistas como Juan Daniel Jaramillo le aconsejaron al gobierno Uribe denunciar el Pacto de Bogotá, un acuerdo que obligaba a dirimir este tipo de disputas en La Haya. Uribe aconsejado por Londoño y compañía no lo hizo y el país perdió la última oportunidad que tenía para proteger ese mar que hoy nos quitaron.  

A la canciller María  Ángela Holguín también le llegó su hora. No porque tuviera alguna responsabilidad en esta debacle sino por la forma como ha manejado el resultado adverso. El gobierno parece dando tumbos, sin saber qué hacer. Un día pide revisión a La Haya, al otro dice que va a denunciar el Pacto de Bogotá y al otro da a entender que va a desconocer el fallo, como lo ha propuesto en mala hora el expresidente Uribe. No acatar el fallo sería enmendar con otro error las embarradas que cometió la defensa de Londoño y compañía.  

Es mejor que recordemos a la canciller Holguín por haber restablecido las relaciones con Venezuela y no por haber acabado con años de tradición en materia del respeto por el derecho internacional.  Ni Winnie the Pooh le desearía esa suerte.
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